Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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No te fíes de mí 

Seguimos fijándonos en el de al lado, en los de fuera, en los que no tienen “chrisma”; denunciando y maximizando sus mundanidades y forjando con los adobes del maniqueísmo y del humanismo una perfecta Babel farisea, donde los ateos, paganos, agnósticos y publicanos no deben acceder. La cuestión es que, si no tienen el oído abierto, la premisa “el que tenga oídos que oiga” tal vez no vaya dirigida a ellos, sino a quien se le ha dado la gracia de oír y no oye. “El Señor me ha dado entendimiento —me ha abierto el oído— y yo no me he resistido ni le he vuelto las espaldas” (Is 50,5), confirmado por el salmista: “En cambio, me has abierto los oídos. Por eso he dicho: Aquí estoy para hacer tu voluntad” (Sal 40,7-9).

los de dentro y los de fuera

Pocas veces Jesucristo acusa a los de fuera, los publicanos, o a los poderes establecidos, los romanos. Pocas veces inculpa y condena a los ateos, agnósticos, escépticos, nihilistas y gentiles; más bien denuncia el fariseísmo y juzga muy duramente a los de dentro, a los que “cumplen la ley”, a los que no matan, ni se van de prostitutas, ni se emborrachan, ni pegan a sus mujeres, a los que cumplen religiosamente con el precepto dominical, dan el diezmo, hacen oración y ayuno, dan limosna y son bien vistos por el pueblo. Y no solo eso, sino que satisfacen los 613 preceptos de la ley mosaica: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias”. (Lc 18,9). ¿Quién es el justificado: el que cumple la ley y se ensalza juzgando a los demás, o el pecador que no puede ni mirar al cielo por el peso de sus culpas, pero en su angustia suplica piedad? Jesucristo nos dice que el segundo.

¡Oye!, ¡que nuestro padre es Abrahán! ¡Cuidado,  no me juntes con la chusma incrédula! Pero el maligno, ¿no hará más daño en el interior, allí donde socava los cimientos y las estructuras terminan cediendo? “Vosotros sois la sal de este mundo, pero si la sal se desvirtúa…” (Mt 5,13). La conspiración del mal anida en lo interno, oculta entre el bien y la apariencia donde la repercusión hacia los de fuera es piedra de escándalo. Los que “cumplen la ley” van a lapidar a la adúltera; no hay discernimiento, no hay perdón, no hay misericordia, solo cumplimiento. ¿A quién les dice Jesús “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”? ¿A los de fuera, a los publicanos, a los incrédulos, a los ateos, o más bien a nosotros?

Es más fácil creer en Dios que amarlo. Por el contrario es más fácil amar a Satanás que creer en él. ¡¿Cuándo nos creeremos que “nuestra lucha no es contra la carne y la sangre (humanidad) sino contra los espíritus del mal (ángeles superiores al hombre) que habitan en este mundo tenebroso” (Ef 6,12-13)?!

volver atrás

Para resucitar hay que saber morir. El hijo pródigo, sufre, muere, padece la transgresión y se agarra a su carne hasta que le hace discernir su error. Pasa por un instante el “kairós”, y se puede producir la “teshuvá”, el retorno, se agarra a la conversión, al “pesaj” de Dios liberando al hombre de la esclavitud. Un grito se oye en Ramá, como aquel en la nona desde la desesperación “¡Elí, Elí!, ¿lemá sabactaní?”, desde la muerte, desde el infierno, desde la demostración de la impotencia. ¿Hemos experimentado alguna vez “si Dios no aparece, me muero”, o siempre hemos tenido nuestro espacio reservado donde queremos mostrar a todos que sólo entra Dios, pero en el que en realidad vive a sus anchas es Satanás? ¿No seremos más bien el hijo mayor, que estamos dentro pero sojuzgando a los de fuera? Por eso, aquella frase del hermano mayor “…ese hijo tuyo” nos denuncia la incapacidad para disfrutar del perdón; Nos preguntamos: Perdón ¿de qué…?, si hemos estado siempre al pie del cañón, en la casa del Padre, obedeciendo, manteniendo correctamente los preceptos… Si eso es verdad, ¿por qué condenamos a nuestro hermano pequeño?

Podemos caer de nuevo en la inquisición, pues el exceso de celo puede convertirnos a los cristianos en los jueces más implacables y en los acusadores más virulentos. ¡Cuidado!, pues, al acercarnos a la perfección demoníaca, a una fe orgullosa, indudable y segura de su salvación, pero humillante y despreciativa con los pecadores. La orgullosa seguridad y presunción de ser “ovejas entre lobos”, nos puede convertir en “ser lobos disfrazados de ovejas”.

Tal vez es más cristiano dudar de nuestra fe, de nuestra bondad, de nuestra fidelidad, de ser cristiano realmente, incluso de nuestra salvación, que exhibirnos con la excusa de declararnos partidarios de Dios ante los hombres. Ser cristiano es un encuentro con el resucitado, no una doctrina aprendida, pues como dice Tertuliano: “No podemos ser cristianos si no hacemos la virtud sin esfuerzo”. El humanismo correcto y perfeccionista nos invita a cambiar la mística por la moral, la cruz por la norma y la gracia por el esfuerzo y a transformar los acontecimientos y la actuación de Dios en hechos controlables y previsibles que, en realidad, no nos alteran y, a veces, ni nos rozan.

Miramos y juzgamos duramente a los de fuera y nos olvidamos de la moral de la misericordia. Vemos muy clara y nítida la brizna en el ojo del otro, pero… ¡y la viga de nuestro ojo! “Si en nuestros ojos —pues decimos que vemos—  hay oscuridad, ¡cuanta oscuridad habrá!” (Mt 6,23). Miremos más bien la miseria de nuestra vida, la ruina de nuestros propósitos, el fracaso de nuestra piedad, la frustración de nuestras enmiendas, nuestros pecados, más que los de los demás, esos pensamientos que sólo nosotros conocemos, concupiscencias que nos hincan en el polvo de la impotencia, y que la gracia viene, muchas veces a pesar nuestro, a levantarnos cuando ya no podemos ni clamar, porque Dios sí alza del polvo al desvalido. Mostrando la debilidad suscitamos la indulgencia y la compasión, pero el hombre religioso seguro de su fe y control de sí mismo, provocará la mayor de las repugnancias.

no podemos amar

Aunque queramos, no podemos amar a Dios sin amar al prójimo, sería una teocracia farisaica, como tampoco se puede amar al prójimo sin amar a Dios, lo que se convierte en un humanismo ateo. Estas son las dos grandes tentaciones en esta generación. La del que desea someter el mundo a Dios porque le escandaliza la libertad, y su justificación es la ley; y la del que desea fabricar un hombre nuevo perfeccionado por la técnica, pero sin contar con Dios. Puede parecer una paradoja, pero querer ser el principio del bien puede ser el origen del mal. La idolatría por erradicar el mal se puede convertir en un ídolo mayor, en una religión de la humanidad, en el becerro de oro del humanismo, donde Dios ya no es necesario.

No se puede perdonar desde la altura, desde la distancia. El auténtico perdón se realiza cuando el que perdona sabe y experimenta que es aún peor que el perdonado y que lo único que le salva es la gracia de Dios. Conoceremos nuestra santidad en la medida en que nos creamos inferiores a los demás. “Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2,3). San Francisco reconoce ante un condenado a muerte que sin la misericordia de Dios habría sido un criminal incluso peor que él: esto hace al reo convertirse, mirar a Dios y no compararse con el otro. Y San Felipe Neri le dice a Dios: “Señor no te fíes de mí, que te la juego”.

no te fíes de mí, Señor

Quien confía en sí mismo, hace vano a Dios, le exilia de su vida. El que no confía en su inteligencia, en su bondad, en sus proyectos, se muestra humilde frente al Maligno; éste sabe que, entonces, el que va a pelear es el Señor y se retira hasta una nueva ocasión. Pero el que se apoya en sí, tendrá que luchar contra el mal y el mal lo vencerá. La auténtica humildad no está en abajarse —ya nos abaja la vida—, sino en dejarse levantar por Dios. Dios actúa, aparece, lucha donde nosotros no podemos: “No, no te soltaré hasta que no me bendigas” (Gn 32,26).

¿Quién puede estar seguro de que ama a Dios, para juzgar a los que creemos que no lo aman? Una de las grandes angustias del cristiano es precisamente la de dudar constantemente de su amor a Dios. Dice Santa Teresa: “…y lo que no se puede sufrir, Señor, es no poder saber cierto que os amo, ni si son aceptos mis deseos delante de Vos”. Y la Madre Teresa de Calcuta dice: “Piensan que mi fe, mi confianza, que mi intimidad con Dios, mi unión a su Voluntad, deben absorber mi corazón, ¡Si supieran! Si supieran que mi alegría es sólo la máscara tras la que oculto el vacío y la miseria…” ¡Que distancia de estos pensamientos a nuestro fariseísmo!

Si yo puedo, Dios se retira y me deja hacer, y aparece el Maligno con el que me tengo que aliar para conseguir los objetivos, pues mi humanidad no puede con un ser espiritual. Mas si yo no puedo ni dar un paso sin errar —“¡Señor, que me hundo!”—, aparece Jesús tomándome de la mano.  “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? Yo tampoco te condeno”.

Imputamos a los de fuera creyendo que nosotros estamos dentro, pero “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios” (Mt 21,28). Tal vez la Nueva Evangelización no esté dirigida a los ateos y publicanos, sino a las “ovejas de Israel”, a los que Dios ha llamado a su Casa y estamos recostados mirando por la ventana —como las antiguas porteras— y juzgando y maldiciendo a todo el pasa.

El que condena se alía con Satanás, acusador y mentiroso desde el principio; el que justifica y olvida se sube a la cruz con Cristo para decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

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