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No te quedes lejos, que el peligro está cerca – Salmo 21,1-19 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?;
a pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.

Dios mío, de día te grito, y no respondes;
de noche, y no me haces caso;
aunque tú habitas en el santuario,
esperanza de Israel.

En ti confiaban nuestros padres;
confiaban y los ponías a salvo;
a ti gritaban, y quedaban libres;
en ti confiaban, y no los defraudaste.

Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;
al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
“Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere.”

Tú eres quien me sacó del vientre,
me tenías confiado en los pechos de mi madre;
desde el seno pasé a tus manos,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
No te quedes lejos, que el peligro está cerca
y nadie me socorre.

Me acorrala un tropel de novillos,
me cercan toros de Basán;
abren contra mí las fauces
leones que descuartizan y rugen.

Estoy como agua derramada,
tengo los huesos descoyuntados;
mi corazón, como cera,
se derrite en mis entrañas;

mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar;
me aprietas contra el polvo de la muerte.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.

Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.

¿Qué cristiano familiarizado con la Escritura no se conmoverá con la lectura de este salmo? Aunque no la menciona explícitamente, como otros salmos, en él está presente toda la obra de Cristo; todo lo que encontramos en los salmos, en cuanto a experiencias individuales del hombre, o en cuanto a bendiciones para el pueblo o para toda la tierra, tiene su fundamento aquí. En efecto, este salmo se caracteriza por poner ante los creyentes al propio Cristo en su infinito sufrimiento, sin el cual todos los otros no habrían tenido ningún sentido ni ningún efecto a nuestro favor, a saber, el sufrimiento de ser abandonado por Dios.
De este salmo podemos afirmar que constituye el centro moral del libro de los Salmos, pues nos muestra la obra del Señor Jesús, la que hace posibles todas las bendiciones contenidas en el resto del libro y el cumplimiento absoluto de la Ley: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). Nos encontramos en presencia de lo que está en el corazón mismo del pensamiento de Dios con respecto a su gloria y también con respecto a nuestra bendición: los sufrimientos de Cristo durante sus últimas horas en la cruz. ¡Con cuánta frecuencia nos olvidamos de este tema central para ocupamos en cosas superficiales! Obviamente se trata de un tema difícil de meditar, pues exige el más ejercitado y el más serio estado de alma. Las bendiciones de Dios tienen su debido lugar y, de hecho, constituyen una preciosa fuente de aliento y consuelo; sin embargo, no podemos perder de vista que todas las bendiciones que recibimos de Dios no son más que el fruto de este sufrimiento.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
El primer versículo de este salmo lo escuchamos de la misma boca del Señor en la cruz. Es uno de los más profundos, maravillosos e insondables versículos de la Escritura. El evangelio de Mateo nos enseña con precisión que Jesús exclamó así, con fuerte voz, cerca de la hora nona. El Espíritu Santo incluso ha conservado para nosotros esta frase en la lengua en la cual fue pronunciada, como para subrayar su importancia: “¡Elí, Elí, lemá sabaqtaní!” (Mt 27,46)
Ante este grito, el corazón del creyente solo puede responder de una forma: “¡Lo hiciste por mí!”. Este Jesús torturado hasta el extremo, “despreciable y deshecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se vuelve el rostro” (Is 53,3), estaba mostrándonos lo que hace en nosotros el pecado, desde el más insignificante de los pecados, o la más pequeña desobediencia, hasta pecados que causan horror. Nosotros nos sentimos inclinados a atenuar el mal porque nos olvidamos de Dios, pero Cristo, justamente porque no lo olvidó, tuvo que vérselas con él en las condiciones que expresa este salmo.
¿Es Dios un dios justo?¿Cómo puede serlo castigando a su Hijo de esa manera?; sin embargo, precisamente de esa manera nos estaba mostrando la medida absoluta de su justicia: “Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo… ” (2 Cor 5,19). Él fue cargado con nuestros pecados; Él, que era perfecto, a quien jamás había alcanzado mancha alguna, no solo llevó el peso de nuestros pecados sino que fue hecho pecado para que Dios condenara “el pecado en la carne” (Rom 8,3). Él, fue tratado como el mal lo merece, no a los ojos de los hombres, sino a los de Dios; “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él” (2 Cor 5, 21).
¿Cuál era la fuerza que sostenía al Señor al hundirse en este abismo? ¿Cómo pudo asumir esas tres horas de tinieblas en las que debía ser desamparado? No podía apoyarse en Dios, Él, que en los evangelios declara que su alimento era hacer la voluntad de su Padre y cuyo gozo era obedecerle (cf. Jn 4,34). En Getsemaní, Él llama a su Padre “Abba, Padre”; en la misma cruz, tanto antes como después de las tres horas, Él habla a su Padre. Pero durante las horas de la cruz la única fuerza para su corazón, lo que había sido su apoyo incluso debía faltarle. No podía contar con sus discípulos; no podía contar con nada ni nadie. ¡Tal fue el desamparo de Jesús! Sin embargo, tenía una cosa, una sola cosa para sostenerle y para llevarle allí: la potencia de su amor, su amor por Dios y su amor por los hombres.
desde el vientre materno tú eres mi Dios
Se encuentra aquí revelada de una forma definitiva y absoluta, la potencia del amor divino. El resto no importa: “…en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia …” (Heb 12,2). El gozo del amor del Padre actuando en Él es el mismo gozo que encuentra el cristiano cuando de alguna manera tiene levantada la cruz y se enfrenta al sufrimiento, sea éste el que sea: enfermedad, angustia, soledad, violencia, etc., pues sabe que “en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó” (Rom 8, 37).
Leemos en la escritura: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo” (Cant 8,7); esto se cumplió en Jesús crucificado, amor ardiente que las olas del juicio que pasaron sobre él no pudieron apagar en su corazón.
Siempre nos llama la atención y nos escandaliza en lo más profundo de nuestro corazón el sufrimiento de los inocentes; por eso tantas veces cerramos los ojos y tratamos de evadirnos de él. Sin embargo Cristo, el Justo, el inocente entre los inocentes, debía adquirir para Dios, por su sangre, hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, y hacerlos reyes y sacerdotes (cf. Ap 5,9s). Se trataba precisamente de la salvación de aquellos que, por sus pecados, eran la causa de esas horas terribles, pues nosotros estábamos también presentes, por nuestros pecados, en esa escena única, de modo que no podemos contemplarla sin comer hierbas amargas (Éx 12,8), con el sentir de los sufrimientos que hemos costado al Señor, pues “Él ha sido herido por nuestra rebeldía, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados” (Is 53,5).
¿Cómo rechazar, cómo decir que no a aquél que nos amó hasta el extremo de esta manera?, ¿cómo no alabarle, glorificarle y darle gracias en todo momento? (cf. Sal 33,2); no solo cargó con nuestras culpas y perdonó nuestros pecados, sino que abrió para nosotros las puertas del cielo, que nuestros pecados habían cerrado, y recuperó gratuitamente para el hombre el plan que Dios había establecido en el principio, “por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,4).

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