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“No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos” 
05 de Diciembre
Por Mª Nieves Diéz Taboada

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande» (San Mateo 7, 21.24-27).

COMENTARIO

El capítulo siete del evangelio de san Mateo es un compendio de las más esenciales enseñanzas de las predicaciones de Jesús, hasta el punto de que las frases que las definen han quedado, no solo en las enseñanzas religiosas, sino que, la mayoría de ellas, han pasado al acervo popular. Comienza con el “No juzguéis y no seréis juzgados” y después: “No deis a los perros las cosas santas”. “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”. “Lo que queráis que hagan con vosotros hacedlo a los demás”.  “Entrad por la puerta estrecha, porque angosto es el camino que lleva a la Vida”. “Guardaos de los falsos profetas”. “Por sus frutos los conoceréis” y por último en el evangelio de hoy nos previene de que: “No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”.

En el texto del capítulo 7 del evangelio de san Mateo, que se presenta para la liturgia de hoy, se ha eliminado el conocido párrafo en el que los aludidos responden extrañados: “Muchos me dirán aquél día: Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre expulsamos demonios y en tu nombre hicimos milagros?” E impresiona la durísima respuesta de reprobación y condena del  Señor para aquellos que un día parece que fueron sus seguidores y amigos: “Jamás os conocí, apartaos de mí gentes de iniquidad”.

Comentaremos, pues lo que se nos presenta hoy para la meditación: No es suficiente la acción religiosa, los rezos, los actos de piedad, la asistencia a las celebraciones litúrgicas ni  la participación en la habitual vida de la Iglesia ni la actividad en asociaciones religiosas ni los actos de apostolado. “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre”.

En principio nos desconcierta y conmueve, pero profundizando llegamos a la conclusión de que es la postura interior de identificación con la voluntad del Padre lo que dará valor a esas acciones, porque el orgullo, la vanidad, el deseo de mando, el afán de imponer se introducen en toda acción humana y desvalorizan las obras. Muchas veces nos cobramos, nos ponemos medallas, nos sentimos halagados por el reconocimiento de otros; actuamos para sentirnos buenos, para que nos admiren, para imponer nuestros criterios, para sentirnos superiores, más preparados y mostrar autoridad a otros. Ya hemos tenido nuestra paga. Ni siquiera la oración de petición, que se reduce a veces a un cómodo interés, recurriendo a “Dios mi amigo” para pedir soluciones a problemas materiales, “no me lo negará a mí que soy de los buenos, los religiosos, de los de misa diaria, de los suyos”…

Nada de lo que hacemos para nosotros mismos va a tener la calidad que Dios nos exige, sino tiene como fin último la adhesión total a la voluntad del Padre celestial. Y Jesús promete: “El que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos, y embistieron contra ella pero no cayó porque estaba cimentada sobre roca”.

La gracia que pedimos a Dios para que nos perdone, nos acoja y nos salve se nos da gratuitamente y este sentimiento de gratuidad tiene a su vez que regir nuestra vida religiosa, no sacar de ello más ventaja que cumplir la voluntad del Padre y la identificación con Jesús, que resumió así toda su vida hasta la soledad y la muerte en la cruz.

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