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Nueve hombres 

“Un Caballero de Cristo es un cruzado en todo momento al hallarse entregado a una doble pelea: frente a las tentaciones de la carne y la sangre, a la vez que frente a las fuerzas espirituales del cielo. Avanza sin temor, no descuidando lo que pueda suceder a su derecha o a su izquierda, con el pecho cubierto por la cota de malla y el alma bien equipada con la fe. Al contar con estas dos protecciones, no teme a hombres ni a demonio alguno.”

Siendo el año del señor de 1118, los cruzados occidentales gobiernan Jerusalén bajo el mandato del Rey Balduino II.

En la primavera, nueve caballeros, con nuestro admirado Hugo de Payns a la cabeza, y a similitud de los ya existentes “Caballeros del Santo Sepulcro”, fundan, como ya comenté anteriormente, una nueva orden de caballería, con el beneplácito del rey de la ciudad.

Es, por tanto, cuando la Orden de los Templarios, mi orden, ve la luz. La Orden por excelencia. La orden a la que yo, Xacobo de Griñón, español pero, ante todo, cristiano y, sobre todo, templario, me he dedicado en cuerpo y alma siguiendo la llamada del Señor. La Orden de los Templarios vio la luz al igual que yo la pude ver cuando, siendo muy joven, quizá apenas con diecisiete años, vi entrar majestuosamente a ese grupo de caballeros vestidos de blanco, con semblante serio pero sereno, mirada fija al frente y con el alma pendiente de Dios. Estaba colocado en una de las almenas del castillo de Griñón, en el que mi padre, como gran noble y gobernador de la ciudad y de toda su comarca, vivía como vivieron sus antepasados más de cien años antes.

Ya me habían hablado de la Orden de san Juan (los Hospitalarios), que en los tiempos de la primera Cruzada servían en un pequeño hospital que hubo en Jerusalén, llamado el Hospital de San Juan. Éste estaba a cargo de un grupo de monjes que seguían la regla de San Benito. Durante esos terribles días en que la Ciudad Santa fue asediada por los cristianos de la Primera Cruzada, Gerard, el que presidía la comunidad, y su pequeño grupo de hermanos prestaron una valiosísima ayuda tanto a cristianos como a musulmanes, proporcionando todo tipo de ayuda y caridad a los heridos. De hecho sus acciones no pasaron desapercibidas y fueron corriendo de boca en boca las buenas acciones de ese grupo de monjes que, en el frente de batalla, servían a Dios sirviendo al herido, al hambriento, al necesitado. Se estableció una nueva regla y cada uno de sus miembros prometió fidelidad en presencia del mismísimo Patriarca de Jerusalén. Una gran Cruz Blanca en el pecho y con una larga capa negra fue como se consideró su vestimenta oficial.

Cuántas noches no habré soñado yo con vestir esa indumentaria y dedicarme en cuerpo y alma al servicio del más necesitado en las tierras donde el Señor pasó su vida terrenal… De hecho, ya lo tenía hablado con mi padre. Partiría a Tierra Santa y me haría hospitalario.

Pero todo cambió cuando vi a ese grupo de caballeros que, con capa blanca como la nieve y una gran cruz roja sobre el pecho, no sólo entraron en la fortaleza de mi padre, si no que irrumpieron al galope en mi corazón.

Creo recordar, pues así me lo contaron, que aun no habiéndose hecho oficial la existencia de los caballeros Hospitalarios, les aparecieron unos “rivales” en la Orden de los Templarios, la cual estaba destinada a convertirse en la más poderosa y celebrada de las órdenes cristianas. Cuidar de los enfermos estaba muy bien, pero combatir por ellos era algo que tenía un atractivo especial, un atractivo que apelaba con más fuerza a los ideales del siglo XII. Los peregrinos no sólo necesitaban cuidados, si estaban enfermos o heridos, sino que necesitaban protección ante el ataque de ladrones y musulmanes durante su largo viaje hasta Tierra Santa.

El primer Maestre (que no Gran Maestre, como se repite a menudo erróneamente) Hugo de Payns, nació en un noble caserío cercano a Troyes hacia el año 1080. Con una sólida educación cristiana y un hábil manejo de las armas, sintió desde muy joven la misma vocación de monje que de soldado.

Probablemente se alistó en la Primera Cruzada antes de haber cumplido los veinte años, enrolado quizá entre las tropas del conde Hugo de Vermandois, hermano de Felipe I, Rey de Francia. Es durante dicha cruzada de desbordante fe, cuanto el joven Hugo se da cuenta de que es posible aunar sus dos vocaciones con la creación de una nueva orden religioso-militar, la primera de estas características, destinada al servicio en Tierra Santa. En medio de aquel ejército cristiano, no tardó en encontrar otros ocho compañeros que participaran de su ideal y concepción de la vida.

Concibieron, por tanto, la idea de lo que sería un valeroso y noble proyecto: organizar un grupo de guerreros que no sólo se dedicarían a los rigores de la vida monástica, sino que abrazaría también la causa de la defensa de Tierra Santa y de los peregrinos que viajaran de Joppa a Jerusalén y de ahí al río Jordán para visitar los santos lugares.

Fue una idea que el Rey Balduino vio como una oportunidad sobre la cual se apoyaría una potente fuerza de combate permanente con la que podrían contar los gobernantes de Jerusalén en sus constantes luchas contra el poderío islámico. Una organización así no sólo proporcionaría el coraje de los caballeros, sino también el respaldo necesario que significaría el mantenimiento de una organización sistemática en Europa.

Es significativo señalar la donación por el Rey Balduino II de Jerusalén como sede para la nueva orden, y de ahí su denominación, de la mezquita blanca de al-Aqsa, en el Monte del Templo. Creo necesario indicar que en esa época, se identificaba dicha mezquita con el emplazamiento exacto del Templo de Salomón y, por ello, no es fácilmente explicable cómo a una recién fundada “policía de caminos” —tal era la función principal de los Templarios en sus comienzos— le fuera donado semejante emplazamiento, donde cabían sobradamente varios millares de caballeros, teniendo en cuenta que solo eran nueve hombres…

Nueve hombres, mis primeros nueve hermanos… Eso fue todo lo que pudo crecer su número hasta después del Concilio de Troyes, en 1127-1128. Colocaron sus manos entre las del Patriarca de Jerusalén y tomaron los votos monásticos de castidad, pobreza y obediencia. Pero, ante todo, ese pequeño grupo juró también abandonar la lucha mundanal y combatir sólo al servicio del verdadero Rey, Jesucristo. Mientras que los caballeros laicos podían combatir por su Príncipe, o por su dama…, los seguidores de esta nueva Orden sólo conocerían el servicio de Jesús y de Su Madre, la Virgen María.

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