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El Dios del amor, no de los negocios 
27 de Octubre
Por José Manuel Mora Fandos

IEn aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (San Lucas 19, 8-14).

COMENTARIO

Desde la constitución del pueblo de Israel hubo siempre la tentación de la idolatría: desconfiar de la providencia divina y preferir pactar con los ídolos; es decir, entendérselas con alguien con quien poder negociar, entregar poder para recibir poder… y evidentemente el amor desaparecía en semejante relación. Visto con calma, es un desatino mayúsculo, basado en un autoengaño y un engaño sobre quién es Dios. Esta tentación tiene otras formas, como se muestra en la parábola de este domingo: el fariseo es presa del mismo engaño, toma a Dios por un dios con el que se puede negociar, si uno o una trae suficientes méritos a la negociación. Y así, el fariseo bajó del templo no justificado, sin santidad, es decir, sin Dios en él. El Catecismo de la Iglesia Católica (2559) previene esta actitud y ayuda a reconsiderar la base de la oración:
¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26).
Buenas preguntas para reemprender una y otra vez, como el publicano, el camino de la santidad.

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