Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, julio 5, 2020
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Ojos de Jesús 

 

Cada uno somos un punto de referencia del reino de Dios, necesario para trazar el perfil completo del cuerpo de Cristo. Si tuviésemos limpio el corazón, no solo veríamos a Dios, (Mt, 5), sino al mundo y al hombre como Él lo ve. A veces se nos va la onda de la gracia, surge del subsuelo de nuevo la Ley, como un volcán de juicios que aún arde en nosotros, y condenamos, y condenamos, y condenamos. Pero ver al mundo con los ojos de Dios, es otra cosa. Es dejar que brote en nosotros y se haga visible, palpable, la luz de su misericordia !Hasta la muerte en cruz!

El remedio contra los desafueros del martirio que están sufriendo los hermanos, es la cruz. El desarme de las ideologías que no ven más allá del bienestar del cuerpo, la cruz. El cambio auténtico, del odio por amor, también la cruz. La esencia de su cruz no es el dolor, sino la entrega. Él entregó todo lo que tenía, y lo sigue entregando. A nosotros nos toca recibirlo, para esenciarnos en su acción de entrega, y dar a los hermanos que sufren hasta la madre que nos parió. Mucho más la madre patria, la madre tierra, la madre fortuna, la madre iglesia…

Es fácil decirlo, y parece un tópico cristiano que suena a catecismo repetitivo, sonsonete piadoso, pero es la Verdad. Mientras no tengamos como nación fundamental el nacimiento en el Espíritu Santo, no habrá nacionalismo firme. Mientras no nos creamos que todos los hombres de esta tierra tenemos una sola patria, un solo Padre, un solo Señor, no cesará el dolor, la guerra, la muerte, ni el abuso del hombre por el hombre, en esta insaciedad que nos domina. Con el sello del Espíritu, todos somos emigrantes hacia la patria eterna. ¡Quien tuviese el tesón y el coraje de los que se juegan la vida cruzando desiertos, mares y fronteras, para buscar el cielo que creen en nosotros! ¿Lo tenemos?.

“Yendo por esos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré las fieras”, decía el ilustre peregrino de la Cruz. El encuentro ocurrirá seguro, y sin remedio humano, cuando Él venga de nuevo, ya en gloria. Esa es nuestra esperanza, y será el auténtico cambio climático desde el frío del odio, al calor del amor ¡Que se inunde la tierra!.

                                                                                                                                                                                              Manuel Requena

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