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Ojos para ver a Dios 
13 de Mayo
Por Antonio Pavía

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mi, hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mi. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mi, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré». (Jn 14,7-14)

Este Evangelio nos recuerda el ruego que aquellos griegos que habían acudido a Jerusalén con motivo de la Pascua, formularon a los apóstoles: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Felipe y Andrés se lo dijeron a Jesús quien, en su respuesta, nos dio a conocer que todo aquel que cayese en tierra como el grano de trigo (Jn 12,24…) llegaría a verle, y no sólo a Él sino también al Padre.

Me ha parecido bien traer a colación este pasaje a raíz de la bellísima promesa que Jesús proclama en el Evangelio de hoy: “El que me ha visto a mí ve al Padre”. Es cierto que nuestro corazón y nuestra alma necesitan ver a Jesús resucitado, vencedor de la muerte, la suya y la nuestra; la cuestión es que no hay atajos para ver su gloria.

Primero hemos de hacer la experiencia de todo discípulo de Jesús que nos viene explicitada por Pablo, quien se enorgullece de poder participar de los sufrimientos de su Señor. “…Y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a Él en su muerte” (Flp 3,10…).

En Pablo y, por supuesto, en todo discípulo de Jesús que ha llegado a su madurez, vemos el grano de trigo del que hablaba Jesús. Se llama seguir los pasos del Maestro, del Señor. Es entonces cuando por Él, podremos ver a su Padre, a nuestro Padre.

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