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Opus Dei, 70 años en México 

La institución fundada por san Josemaría cumple 70 años de estar presente en México. En efecto, don Pedro Casciaro fue el encargado de traerla, llegando, para quedarse, el 18 de enero de 1949. Lo único que traía a tal efecto era una imagen de la Virgen del Rocío, regalo del fundador. Con la perspectiva que otorgan siete décadas de distancia, podemos comprobar que esa semilla, simbolizada en una imagen de María y en la vida entregada de un sacerdote, ha dado fruto abundante en el país.

No se trata aquí de hacer un panegírico ni una hagiografía, tampoco una enumeración estadística del número de colegios, universidades y obras de asistencia social promovidas por dicha institución. Para eso ya está Wikipedia o la página web de la Obra (como la llamamos coloquialmente quienes la miramos con afecto). Sino de reflexionar sobre la oportunidad de su mensaje para el país  en el momento actual, ya que, como todo en esta vida cuando se mira con ojos de fe, es providencial.

Por ejemplo, esta semana los mexicanos nos hemos encontrado con la sorpresa de tener una “Cartilla Moral”, difundida por el gobierno como una estrategia para hacer frente a la crisis moral que azota el país, reflejada en la corrupción, la delincuencia y el narcotráfico. No es el lugar para decidir si es función del estado educarnos moralmente; sí puedo afirmar que el documento, firmado por Alfonso Reyes, en sí mismo es muy valioso. A todos nos hará bien leerlo. La cuestión es que refleja una situación triste, dolorosa: el colapso moral de una nación. Que sea la estrategia adecuada para enfrentarla, o un feliz primer paso, o una bomba de humo, solo la historia lo dirá. Pero, en este contexto de necesitar una renovación moral y unos valores firmes, el mensaje del Opus Dei es providencialmente actual. A sus 70 años en este país mantiene toda su vigencia, toda su actualidad y el frescor de la novedad. Casi, diríamos, está sin estrenar.

Me explico. Hace tiempo un buen amigo ateo me hacía considerar cómo un país mayoritariamente católico, como lo es México, y sustancialmente religioso (pues la mayoría de los que no son católicos son evangélicos practicantes) es, simultáneamente, uno de los que  sufren un mayor índice de corrupción, violencia y delincuencia. Su observación iba en la línea de evidenciar cómo la religión no sólo es independiente de la ética, sino que incluso puede ser nociva moralmente, pues no pocos narcotraficantes o corruptos compaginan sus fechorías con manifestaciones externas de religiosidad. En cierto aspecto no le falta razón, ya el Concilio Vaticano II ha denunciado la falta de coherencia entre fe y vida en los católicos como uno de los pecados más graves en nuestro tiempo.

Precisamente ahí entra a tallar el mensaje del Opus Dei, que en expresión de su fundador quiere ser “una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad”. Si la enfermedad es grave, la medicina debe tener la virtualidad de hacerle frente. ¿Cuál es entonces el mensaje que goza de palpitante actualidad? ¿Cuál es la medicina discreta, silenciosa pero eficaz? Podría resumirse en tomarse a Dios en serio: buscar la coherencia entre lo que se cree, lo que se piensa, lo que se dice y lo que se vive. Un desafío nada fácil, todos tenemos la experiencia interna de sufrir, en mayor o menor medida, una fragmentación entre esas dimensiones existenciales. La Obra sencillamente ayuda, a quienes se acercan a ella, a que poco a poco vayan integrando esas cuatro dimensiones, constituyendo así, con el impulso de la gracia, una “unidad de vida, sencilla y fuerte”, en expresión de san Josemaría.

Respondiendo entonces al desafío de mi amigo ateo, los altos índices de corrupción, violencia y delincuencia no son consecuencia de ser, en líneas generales, un país católico; sino de que los católicos no vivimos como tales, no hay una coherencia entre lo que confesamos y lo que vivimos. Para suturar esta ruptura está el mensaje del Opus Dei y la ayuda que la Obra presta a quienes se acercan a ella.

San Josemaría tuvo la visión de que en cuanto los católicos  tomáramos a Dios en serio, se produciría la más radical revolución pacífica de la historia. Esa revolución está todavía por hacer en México; la Obra lleva 70 años intentando ser uno -nunca el único, faltaba más- de los detonantes que la produzcan, y con ella, esa “colosal medicina” para tan grave enfermedad. Si uno a uno, esa mayoría católica comienza a ser coherente con su fe en todas las dimensiones de su vida, corrupción, violencia, delincuencia, rupturas familiares y muchas cosas más comenzarían a reducirse decidida y drásticamente. Por ello, a 70 años, podemos decir que hay mucho hecho, pero que está todo por hacer, estamos, en expresión del fundador, “comenzando y recomenzando”.

P Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

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