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Pablo, el prisionero de Cristo 

Uno de los rasgos esenciales que caracteriza a los primeros cristianos es que tenían conciencia de haber sido llamados por Jesucristo, para brindar un servicio a todos los hombres mediante el ministerio de la predicación del Evangelio (Mt 28,18-20). Puesto que ésta es una nota característica de la incipiente cristiandad, debemos fijarnos en uno de estos primeros discípulos que brilla con luz indeficiente. Nos referimos al Apóstol de los Gentiles: Pablo de Tarso.

luz de los gentiles

Efectivamente, Pablo tuvo la certeza de que el Evangelio que había recibido del Señor Jesús (Ga 1,11-12) era inseparable de la misión recibida: anunciar a todo hombre la riqueza inescrutable que es Jesucristo (Ef 3,8). Sabía muy bien que no hay comunión con Jesucristo si ésta no se da también con su Evangelio; es decir, que la pasión por su Señor se corresponde con la pasión por su Evangelio.

Enorme tuvo que ser la experiencia de Pablo. El reconocimiento de la divinidad de Jesús en los pliegues de su Evangelio hizo de él un hombre de fe según la Verdad, pues aquí es donde descubre paulatinamente el rostro de Dios. De ahí que considere su predicación como un culto espiritual a Él, como nos lo confiesa en su carta a los Romanos: “Dios, a quien doy culto en mi espíritu predicando el Evangelio de su Hijo, me es testigo de cuán incesantemente me acuerdo de vosotros… “(Rm 1,9). En su introducción a esta misma carta nos muestra el sello identificador que Jesús ha grabado en su alma al llamarle a su servicio: el haber sido escogido por Él en y para su Evangelio (Rm 1,1).

Con esta impronta grabada en su alma —que nos recuerda al fuego que Dios encendió en lo más profundo de sus entrañas a Jeremías (Jr 20,9)—, Pablo acomete la misión que ha recibido recorriendo gran parte de Asia Menor y Europa. No hay barrera que pueda hacer frente a su celo evangelizador. Ha sido alcanzado por Jesucristo (FIp 3,12), de ahí que nada ni nadie es lo suficientemente fuerte como para interponerse o doblegar su pasión por la misión recibida.

Contrasta la prudencia de los mediocres, la de aquellos a los cuales el Resucitado llama tibios (Ap 3,15-16) con la “imprudencia” propia de los alcanzados por Dios, con la que Pablo se olvida del ayer y del mañana; vive según el hoy. Un hoy en el que se siente impulsado a abrazar a todo hombre que Dios pone en su camino, a todo aquel que encuentra allí donde su Espíritu le envía. Sabe que cada predicación es un gesto de amor de Dios que atrae a los seres humanos hacia su calor.

¡ay de mí si no anunciare el Evangelio!

Los ejemplos que podríamos enumerar acerca del periplo evangelizador del apóstol son incontables en cuanto al número e inabordables en lo que respecta a su profundidad. Aun así nos atrevemos a sondear el corazón de Pablo bajo la luz de lo que es una de sus catequesis más sublimes y magistrales. Estoy refiriéndome a la que impartió a los presbíteros de Éfeso en Mileto y que constituye una especie de testamento espiritual, en su despedida, camino a Jerusalén.

A lo largo de su predicación, Pablo les comunica su marcha a Jerusalén. No sabe a ciencia cierta lo que le va a suceder en esta ciudad, pero éste es su testimonio: “… solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios” (Hch 20,23-24).

Centrándonos en el texto, oímos a Pablo decir a sus oyentes que, aunque no tiene conocimiento de la suerte que correrá en Jerusalén, sí sabe, que le esperan, en cualquier ciudad, por su condición de apóstol, toda clase de persecución y también la cárcel. ¿Ha perdido Pablo el sentido común? Su vida tiene sentido en la medida en que termine su carrera. Debe llevar a cabo el ministerio de evangelización; que no ha buscado él, sino que lo ha recibido del Señor y que valora como don inapreciable. Pablo ha conocido dos calidades de vida: la rutinaria, aquella que reiteradamente es siempre “más de lo mismo”, y la otra alternativa de vida, que ha acogido por su adhesión a Jesucristo, que le dirige hacia horizontes cada vez más amplios. A ésta se refiere el apóstol en su despedida a los presbíteros de Éfeso. He aquí su gran descubrimiento: siendo proyectado hacia el infinito, puede posar sus pies en la perennidad e imprimir en ella sus huellas. Esta es la vida a la que Pablo se  abraza, y que se ofrece como alternativa a todo hombre. Él mismo nos dice: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia… ” (Flp l,21).

libre entre cadenas

Este ministerio Pablo lo ha recibido gratis, como los demás apóstoles (Mt 10,8). Expone así su vida porque sabe que Jesús cuida a todos aquellos que viven abrazados a su Evangelio. Hace suyas las palabras del Señor Jesús, que se preocupa de las aves del cielo y los lirios del campo; se inclinará con solicitud hacia él, que indudablemente, vale más que los animales y las plantas (Mt 6,25).

No hay muros que puedan acallar las melodías que nacen de unas entrañas en fiesta como son las de Pablo. Entrañas acariciadas por Dios que ha puesto su morada en él (Jn 14,23). Ningún apóstol sueña con ser libre. ¡Lo es! Desde su libertad no conoce en su ministerio más frontera que la del espíritu de Dios, es decir, ninguna.

La grandeza de Pablo, cuya vida es el Evangelio, culmina en el testimonio que nos ofrece en su segunda carta a Timoteo, desde la cárcel Mamertina de Roma. En ella se refleja a un Pablo que presiente estar en el atardecer de su vida. Escribe no como prisionero, sino como hombre libre y vencedor. Ha llegado a la meta, ha vencido. Así, comenta: “Porque yo estoy a punto de ser derramado en sacrificio. Y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” (2Tm 4,6-7).

El apóstol siente que ha llegado a la meta. De la mano de su Señor Jesús ha podido caminar sobre el mar de todo tipo de persecuciones, y dificultades. Hace partícipe de su victoria a su hermano en el Evangelio, Timoteo: le asegura a él la misma victoria que él mismo está ya proclamando y disfrutando: “Y desde ahora me espera la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación” (2Tm 4,8).

Para profundizar en la figura de Pablo, aconsejamos leer el libro “Llamada y misión de Pablo”, del P. Antonio Pavía, publicado por Editorial San Pablo.

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