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Padeció y… ¿fue sepultado? ¿Hay pruebas? El clavo de Yehohanan y la conversión de Cornelio 

Padeció y fue sepultado“. Hay quien ha negado que Jesús fuera sepultado, quien defiende que su cuerpo fue tirado o abandonado de cualquier manera, que se perdió, y que por lo tanto no había “cuerpo” que echar de menos ni tumba vacía.

Pero en su libro sobre la muerte y resurrección de Jesús, Un latido en la tumbaAntonio Macaya Pascual analiza el contexto y ve claro que todo apunta a que, como dicen los Evangelios, el cuerpo de Jesús logró ser sepultado. En el libro lo explica con abundancia de notas. Nosotros recogemos aquí el texto principal de su argumentación.

 

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Jesús… ¿en una fosa común?

¿Y si echaron el cadáver de Jesucristo a una fosa común? ¿Por qué no?

De hecho, los romanos abandonaban los cadáveres de los delincuentes que habían cometido delitos tan graves como para ser crucificados. Otras veces los arrojaban a una fosa común. Si los romanos negaban la sepultura a los condenados a muerte, parece lógico que hicieran lo mismo con Jesús.

Judea, la excepción

Lo que pasa es que resulta que hubo una excepción bien curiosa. Hubo un lugar y un momento en que los romanos no se atrevieron a actuar así. Hubo un lugar y un momento en que los emperadores romanos decretaron que se respetaran las costumbres sagradas  por las que siempre había que enterrar a un difunto, fuera quien fuera. Esa excepción curiosa tuvo lugar en la época y el lugar en que vivió Jesús, tal y como explican Filón de Alejandría, Flavio Josefo y escritos de Qumran: en Judea, «incluso los malhechores crucificados son enterrados».

Y eso es porque enterrar a los cadáveres es uno de los preceptos más importantes del judaísmo. Por eso muchos judíos se quedaron en la zona de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre, porque no pueden dejar ningún cadáver judío insepulto.

El clavo de Yehohanan

Lo sabemos también con ciencia cierta porque, a diferencia de otros lugares en que hubo ocupación romana, se han hallado tumbas con condenados a muerte de la época de Jesús, lo que demuestra que no siempre dejaban insepultos esos cadáveres.

Tenemos tibias de verdad, peronés, mandíbulas, y cráneos de verdad, huesos reales de condenados a muerte reales que fueron realmente sepultados en tumbas de tiempos de Jesús: entre ellos, el famoso Yehohanan de Gig’at ha-Mivtar, cuyo pie está atravesado por un clavo, y el famoso Matatías.

El hueso de Yehohanan ben Hagkol, fue encontrado en un osario en Gig’at ha-Mivtar, al norte de Jerusalén, en 1968, y se encuentra en el Museo de Israel de Jerusalén. Mide 12 x 8 cm.

Consta, además, que los romanos tenían la peculiar costumbre de colocar siempre en un sepulcro a los crucificados que habían sido atravesados con una lanza, como Jesús lo fue.

José de Arimatea

Los Evangelios tienen muchos otros detalles sobre el entierro de Jesús, el hombre más importante de la historia en general y de nuestra historia particular. Demasiados. Nadie aporta tantos cuando está inventando una historia. «En el lugar donde fue crucificado había un jardín (karos), y en el jardín había una tumba nueva en la que nadie había estado» (Jn 19, 41). Era «excavada en la roca» (Mt 27, 60; Mc 15, 46), con la entrada baja (Jn 20, 11), cabrían unas 5 personas (Lc 24, 3.10), y «se cerraba con una gran piedra rodante» (Mt 28, 2; Mc 15, 46). Lo cerraron y aseguraron «sellando la piedra» (sfraghísantes ton líthon) (Mt 27, 66).  Al día siguiente pusieron a unos soldados a custodiarla.

Los cuatro Evangelios dicen que Jesús fue enterrado por un hombre llamado José. Tres de ellos dicen que lo hizo con permiso de Pilatos.

Dicen también que José era rico y de un sitio desconocido llamado Arimatea. Que era un miembro del Sanedrín, institución muy conocida y culpable de la muerte de Jesús (Mc 14, 55.64; 15, 1).

El modo en que José se dirige a Pilatos para pedirle el cadáver de Jesús y la respuesta del gobernador son idénticas a las que vemos en otras crónicas sobre el modo de hablar con un procurador romano, y hay montones de papiros con respuestas como la de Pilatos: que alguien certifique su muerte antes de enterrarlo.

El entierro de Jesús encaja perfectamente con la mentalidad judía de la época. No se podía enterrar a Jesús en cualquier tumba. Era un condenado a muerte y ponerlo con otros difuntos suponía impureza legal. Por eso lo enterró en un sepulcro nuevo de su propiedad, fuera de la ciudad, como manda el Talmud.  Si el proceso había sido iniciado por el Sanedrín, éste era el que debía ocuparse de sepultar al condenado (Sanhedrin 6, 5), pero no en un sitio de honor ni con su familia (Semahot 13, 7), y sin lamentaciones públicas (Sanhedrin 6, 6). Todo encaja perfectamente con el entierro de Jesús por parte de José de Arimatea. Sólo al cabo de un año se podía trasladar el cadáver a la tumba familiar (b. Qiddusin 31b). Éstas, y muchas otras normas no hubieran existido si de hecho no se sepultara a los condenados. Y todas encajan perfectamente con la historia de Jesús.

La conversión de Cornelio

La simplicidad de la historia,  la ausencia de reflexión teológica o apologética, y la acumulación de tantos detalles históricos y geográficos hacen inverosímil que el entierro de Jesucristo después su muerte no sea un hecho histórico. Nadie involucraría a gente muy famosa de una institución como el sanedrín. Demasiado conocida y demasiado involucrada en la historia que estamos juzgando.

Inventarse esta historia hubiera traído problemas. Por ejemplo, en su momento hablaremos de Cornelio, un centurión romano que se convirtió en el año 39 dC… Si la historia de José de Arimatea es un invento, y no pidió permiso a Pilatos para enterrar a Jesús (Mc 15, 44), es imposible que Cornelio se convierta. Posiblemente, en el año 33, Cornelio conocía a Pilatos. Cornelio conocía a los 10-12 centuriones que habría en Palestina en el tiempo de la crucifixión. Para comprender la conversión de Cornelio, necesitamos que los cristianos le expliquen una historia coherente con lo que él sabe por otras fuentes. Por ejemplo, algo así: «Como bien sabes, tu gobernador permitió el entierro y un centurión supervisó que Jesús estuviera muerto y luego fuera enterrado».

El sellado de la tumba de Cristo en Resucitado [Risen] (2016), de Kevin Reynolds.

Es imposible que Cornelio pensara en convertirse en cristiano si Jesús no había sido enterrado. Es imposible que un centurión romano que vivía en Cesarea Marítima no fuera a Jerusalén o que no tuviera conocimiento de lo que allí sucedía. Es imposible que no manejara información de los soldados que crucificaron a Jesús o de los que custodiaban el sepulcro. Si hubiera llegado a sus oídos que habían echado a Jesús a una fosa común, Cornelio no hubiera aceptado el mensaje que le dicen los cristianos. Al revés: les tomará por farsantes y quizás sienta la necesidad de tomar represalias contra ellos.

Bajo mi punto de vista, es muy determinante el que, si el cuerpo fue arrojado a una fosa común, los judíos lo hubieran dicho. Del mismo modo que difundieron que «hacía magia» o que se había robado el cuerpo y, sobre todo, que no se creían que le hubieran visto vivo, también hubieran dicho por activa y por pasiva que estaba en una fosa común. Trifón se lo hubiera echado en cara a Justino, los Toledoth Iesu lo hubieran recogido por escrito, y el centurión Cornelio no se habría convertido.

Conclusión: el conjunto de datos hace muy razonable que enterraran a Jesús y muy irrazonable que no le enterraran. Prácticamente nadie niega que realmente metieron su cadáver en una tumba.

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