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Padre bueno, Amigo Incondicional 
21 de Septiembre
Por Jesús Esteban

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido’. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’. Le respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña’. Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: ‘Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros’. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: ‘Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. El replicó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”». (Mt 20, 1-16)


  1. Tratemos de caminar despacio por el texto desbrozando algunos versículos. Es una parábola que solo la narra San Mateo. Leyéndola toda de corrido, nos llama la atención que justo el final del capítulo anterior, hablando el Señor del desprendimiento de las riquezas, se cierre con esta sentencia: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros» (19,30), versículo que la reciente versión oficial de la Conferencia Episcopal Española lo pone como cabeza de esta parábola de la viña, versículo que, además, se repite y cierra también la narración de la parábola (20,16). Esto nos da pie para dos consideraciones: por un lado, ese versículo parece como un pegote al final del evangelio de hoy, que San Mateo se ha permitido añadirlo ahí porque le venía a la mente el episodio de Pedro que se encaró un poco con el Señor, aduciendo que ellos habían dejado todo y que, por tanto, era natural tener la pretensión de ser de los primeros en el Reino de los Cielos. San Marcos, buen conocedor de Pedro por ser su discípulo, lo recoge mejor (aunque también se encuentra en los paralelos de los otros dos sinópticos), y concluye el Señor con esa misma sentencia: «Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros» (Mc 10,28-31). Por otro lado, no faltan códices (ver, por ejemplo, nota al pie de página en la Biblia de Jerusalén) que, al final del texto evangélico de hoy, añaden al último versículo otra sentencia de Jesús —«Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos»—, que sería otro parche más tomado del final de otra parábola, la del banquete de bodas (Mt 22,14).
  2. Más homogéneo y limpio ahora el texto, hemos de decir en seguida que esta parábola no ha gozados, a veces, de buena reputación y —seamos sinceros— también a nosotros mismos nos ha surgido un grito acallado de repulsa, porque parecía que en el episodio se cometía una injusticia. ¿Cómo es posible que todos reciban el mismo jornal, incluso los que han trabajado solo unas pocas horas, en comparación con los que han estado currando todo el día, soportando, además, «el peso del día y el bochorno»? No dejan de tener su razón los que protestan. Los sindicatos lo tienen claro: a igual trabajo, el mismo salario; a más trabajo, mayor salario…, por no llegar al extremo de que «la tierra es para quien la trabaja». Algo no rula aquí y eso ha servido para que la mentalidad anticlerical se afiance en su rechazo a la Iglesia. Pero ¿es que acaso es esta una parábola para adoctrinar sobre la justicia social, la justicia distributiva, la mercantil… o aquí el Señor está poniendo el foco de luz en otra enseñanza muy distinta? ¿No estaríamos confundiendo, quizás, la religión con un contrato de trabajo, donde, por ejemplo, a cambio de un sueldo justo yo me comprometo a ir a misa todos los domingos? Debería, pues, funcionar mucho mejor un buen Departamento de Recursos Humanos para que el sindicato de turno no tenga nada que reprochar, dado que habría un salario justo pagado por un jefe-patrón justo.
  3. Todo esto desenfoca el sentido de la parábola. Desde muy antiguo la llamada a trabajar en la viña del Señor se ha interpretado aplicándola a las diversas etapas de la historia de la salvación, desde Adán y Eva (los primeros que fueron llamados) hasta nuestros días (nosotros somos los últimos), o, también, aplicándola a las etapas de cada hombre: unos son llamados de niños o jovencitos, otros en la madurez de su vida, otros en la vejez y otros incluso en los últimos minutos o instantes antes de morir. Lo que está claro es que (vayamos hacia la mitad del texto) ya no se enfatiza la llamada a trabajar en la viña cuanto el pago del salario al final de la jornada. Y es aquí donde empiezan las quejas, las decepciones y las protestas. La mayoría se fija en esto y no en las dos cosas principales: una, la libertad y generosidad del «amo», que ha ofrecido a cada uno un salario justo y acordado (v. 15: «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»); y, otra, el rechazo del que protesta (vv. 13-14: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete»). Subrayemos el «Yo soy bueno» y este «vete», que deja mudos y mohínos a los de cualquier talante sindicalista protestón, porque están fuera de onda: aquí se habla de un «Amo» que invita a todo el mundo a cualquier hora del día (de la historia), de cualquier raza, ideología, condición social… a trabajar en su viña, a dedicarse en algo que lo lleve al Reino de los Cielos (hay un denario para cada uno). Por eso, a aquel que no está de acuerdo y protesta se le dice «¡Vete!», se le echa fuera de la viña: es una amenaza muy seria, porque quien se quede fuera de la viña —¿qué sentido tiene ya su vida?, ¿a dónde va?—, puede abocar a las tinieblas exteriores, donde será el llanto y crujir de dientes: «El Señor guarda a los que lo aman, pero destruye a los malvados» (Sal 145,20). Con mucha frecuencia se critica a Jesús a lo largo de los evangelios porque es bueno, generoso, compasivo, misericordioso con los pobres, con los pecadores, con los enfermos y endemoniados, con los marginados, con los huérfanos y las viudas… y ¿vamos a ser nosotros tan puros y justos, tan exactos y cumplidores, tan justicieros, tan «sindicalistas», que no le vamos a dejar a Dios que sea Dios, que sea bueno el que es el «Bueno»?: «¿Por qué me llamas bueno? —le contestó Jesús a aquel hombre rico—. No hay nadie bueno más que Dios» (Mc10,18): «El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus creaturas» (Sal 145,9).  Esta parábola no nos cuenta una arbitrariedad en las relaciones entre amo-siervo, patrón-trabajador, sino que quiere resaltar el bondadoso corazón de Dios, que nos abre gratis las puertas del Reino de su Padre, para entrar en el «descanso» (la fiesta del eterno banquete celestial), después de todo un día (toda mi vida) de trabajo.
  4. Habrá, pues, que trabajar en la viña para recibir el denario. Y hoy día, en esta sociedad donde abunda el paro, ¿qué trabajo voy a desempeñar yo en la viña?, o ¿prefiero, acaso, apuntarme al paro porque ya estoy mayor, estoy enfermito, estoy solo…? ¿Quién ha dicho que aquí no hay trabajo? Jesucristo, en esta parábola, nos ofrece un puesto de trabajo en su viña: trabajar por su Iglesia. No vale escaquearse: el bautismo conlleva el trabajo perpetuo en la viña del Señor, como aquella profetisa Ana, que, a sus «ochenta y cuatro años, no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día» (Lc 2,37). Hay mucho tajo en esta viña, no solo yendo de misionero a otros mundos, sino también misionando en nuestra ciudad, en nuestra parroquia, incluso en nuestra propia familia y vecindario… Hay falta de pan, es verdad, pero sobre todo del Pan de la Palabra; habrá que colaborar con ayudas económicas y materiales, cierto, pero también con un consejo acertado, con el consuelo de acoger y socorrer a los pobres, de acariciarlos, como dice el Papa Francisco, porque así se toca también a Jesucristo… Que si a la hemorroísa le bastó tocar la orla del manto de Jesús para ser curada, ¿qué gracia no recibiremos tocando al mismo Jesús?
  5. Nadie puede eximirse de alguna forma de apostolado y, si no sabe cuál o cómo, que le pregunte a su párroco… No sabré, tal vez, si al final habré trabajado bien en la viña del Señor, aunque sea como obrerito de ultimísima hora; lo que sí puedo saber desde ahora es si he puesto alma, vida y corazón en ello: recibiré entonces aquel denario que el Señor tenía pensado regalarme incluso antes de que me llamara al trabajo: «Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4).

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