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Padres y madres en la fe 

Este ser habitado por Dios tal y como Él mismo lo expresa y promete es la mística en su dimensión real y total. A  la luz de todo esto, podemos entender que algunos fenómenos que acompañan a los místicos, como éxtasis, voces internas, levitaciones, etc., pueden  verdaderamente venir de Dios, mas no por ello definen la mística ni son esenciales a ella.


Los místicos son seres humanos que por la Voz-Palabra, a quien han dado hospedaje, Dios les ha hecho confidentes de sus secretos, les ha abierto su intimidad. Es una relación de amantes o, si se prefiere, de amigos, como nos dice la Escritura con respecto a Moisés: “Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Éx 33,11). Es la amistad que nace de la Voz inmaterial, como inmaterial es nuestro cara a cara con Él. Es justamente esta inmaterialidad la que da consistencia al Amor porque supone el crecimiento de los sentidos inmateriales del espíritu. Amor que alcanza su plenitud con Jesucristo, quien llama amigos a sus discípulos porque les hace partícipes de la Voz que Él mismo oye del Padre: “No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15).

Partícipes, por el Hijo,  de la voz del Padre, los discípulos extienden por el mundo   las semillas que ponen al hombre en contacto con Dios. Dicho esto, lanzamos la pregunta: ¿Hay mayor mística que esta de vivir abrazando en el alma  la Palabra, acariciando el Misterio? No es mi intención hacer escalafones cuanto que tomemos conciencia de que un místico es una persona normal y corriente que ha buscado y encontrado a Dios en el tesoro de la Palabra; es la unión que le lleva a la contemplación. O dicho en términos de la Escritura, Dios revela sus secretos a los que le aman (Sl 25,14). O qué decir de este texto de los Proverbios acerca de los verdaderos buscadores de Dios que son conocidos con el apelativo de rectos: “Dios abre su intimidad a los rectos” (Pr 3,32b).

La unión del alma con Dios, la contemplación amorosa de su Misterio no sólo desde los sentimientos sino, y sobre todo, desde su misma Sabiduría grabada a fuego en su plenitud por el Resucitado (Lc 24,45), nos revela que la mística es un don de lo alto, y que, a la vez, está al alcance de todos puesto que es componente esencial del discipulado. No hay acepción de personas en Dios  (Hch 10,34), y menos aún -si se puede hablar así- en lo que respecta a abrir caminos para que cada uno encuentre el suyo con objeto de unirse y vivir en y con Él. Recordemos que cuando Jesús llama a sus discípulos, lo hace en primer lugar para que “estuvieran con Él”. Fruto de su estar con Él nace el envío al mundo con la misión de predicar el Evangelio: “Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar… (Mc 3,13-14).

Todo aquel que vive en esta tensión tan fascinante como liberadora por acariciar su cercanía con Dios, quien a su vez se ha hecho Emmanuel –Dios con nosotros, con él-,  se sabe siempre en camino. Sin embargo, al tiempo  que es consciente de que no ha llegado al final, también lo es de que está en la fase de  crecimiento, a la que le ha llevado su fidelidad a Dios que es quien le impulsa a continuar su andadura, como nos dice Pablo (Flp 3,12-15). En cada etapa se sabe vencedor, acreedor de la corona de la vida (2Tm 4,8), que no es otra que la explosión cósmica de su existencia en Dios. Explosión que viene precedida por lo que podríamos llamar una antífona de entrada, robada –la comunión de los santos nos lo permite- del corazón místico del salmista: “¡Señor Dios mío, cuánto amo la belleza de tu Casa!” (Sl 26,8a). Palabras brotadas del corazón de nuestro hermano y amigo y que alegóricamente podríamos traducir: ¡Dios mío, amo la belleza infinita que tú eres! En tu Gloria, tu Rostro, tu Misterio…, la amo, y con los labios temblorosos de mi alma susurro alborozado: ¡por fin he llegado a mi Fuente!

Es necesario hacer referencia a los místicos del pueblo santo de Dios, a los numerosos hombres y mujeres israelitas que nos han enriquecido a lo largo de los tiempos con la insondable riqueza que Dios sembró en sus almas. Todos ellos y ellas son una gran e inapreciable bendición de Dios para el mundo entero. No fueron hombres y mujeres especiales, no llevaron un patrón de vida diferente al  de su pueblo. Unos fueron reyes, otros pastores; unos ancianos, otros apenas unos muchachos. Hombres y mujeres de distinto rango y  formación. Todos tuvieron, no obstante, algo en común: dejaron que Dios excavara en lo íntimo de su ser hasta hacer brotar su propio y personal pozo de aguas vivas, con las que saciaron la sed de eternidad de su pueblo y de los pueblos todos (Si 23,34).

Todos ellos y ellas son padres y madres nuestros en la fe. Padres y madres también de la mística, la real, la verdadera, sin excluir los fenómenos sobrenaturales a los que no les dan mayor importancia, pues bien saben que no son un fin sino un medio, y en cuanto tal, prescindibles. En la existencia mística -digo bien existencia y no experiencia porque es un existir en Dios- sólo hay un aspecto que no es prescindible…: su “colaboración” con Él en la excavación de su interior hasta dar con lo que podríamos llamar el Alma de su alma, su Hontanar. Al decir colaboración estoy afirmando que estos hombres y mujeres de Israel confiaron en Dios con todo su ser hasta el punto de que “dejaron, dieron permiso” a Dios, para hacer y hacerse en ellos y en ellas.    Actitud pasiva y también activa que Pablo nos definió admirablemente de este modo: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy;  y su gracia no ha sido estéril en mí…” (1Co 15,10).

Son ellos y ellas. Tienen nombre. Nos parece innecesario hacerlos constar. De todas formas, y sin ninguna intención de establecer orden alguno de importancia, y sólo para manifestar nuestro reconocimiento, también nuestra gratitud y cariño pues deudores de ellos somos, abrimos nuestros labios y dejamos volar algunos de ellos: Moisés, Débora, David, Judit, Jeremías, Esther, Daniel, Oseas…, ¿a qué seguir si todos ellos tienen su nombre escrito en Dios, en su libro de la Vida, en su Espíritu?

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