Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, abril 23, 2021
  • Siguenos!

¡PALABRA DE DIOS! 
08 de Abril
Por Manuel Requena

Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpad y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo.»

Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.”» Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas (San Lucas 24, 35-48).

COMENTARIO

La Palabra y la fracción del pan siempre lo traen vivo, en carne resucitada ante la fe. «Estaban hablando entre ellos» la Noticia de Jesús, lo que les había pasado en el camino, y apareció de nuevo Jesús en carne y hueso resucitado. En los campos, en el camino, en la mesa, en la casa abierta por la generosidad o en salas cerradas por el miedo, qué bueno es contarnos la experiencia que cada uno tenga de Jesús. ¡Cuando se habla de Él aparece! Aunque lo vea solo el corazón.

El encuentro con Jesús resucitado se realiza en la Palabra que Él, los profetas y Salmos de Israel habían predicho sobre la cumbre de la humanidad: su muerte, resurrección y vuelta al Padre. Los de Emaús, ahogados por la caminata de ida y vuelta, ardiendo su corazón con el kerigma, dieron la Noticia y testimonio ante los once. Y entonces ocurrió de nuevo: ¡apareció vivo el hombre que había muerto!

“Con otra figura” –la de todos los sacerdotes de la Iglesia-, se sentó a su mesa en Emaús, y desapareció al compartir su primera Eucaristía tras la muerte. Parecía que se hubiese escondido en la sustancia invisible del pan y la palabra que les compartía en el camino. Por eso cuando hablaban de Él, apareció otra vez, al alcance de su vista y de sus manos. Vivo, con una textura orgánica más interesante y atrayente que cuando solo veían carne y hueso, porque ya no era detectable solo al tacto de sus manos, y a la luz de sus ojos, o en el terciopelo inconfundible de su voz, sino que todos aquellos signos de presencia inundaban el corazón de su luz y su fuego, haciéndolos uno con Él.

Es el tesoro cristiano para siempre: “Mi Paz con vosotros”. Y brotó su PAZ de comprensión en la Palabra viva que Él había anunciado. “Estas son aquellas palabras mías”. Es la clave de todo su Evangelio. Él es su palabra y su palabra es Él. Lo que estaban viendo y sintiendo los discípulos era el Kerigma, la Palabra hecha carne, muerta, resucitada y anunciada, que se convierte en PAZ del corazón.

Como el nuevo fenómeno era difícil de entender para aquellos pescadores, y la fe, antes de ser fe madura, necesita nuestra rutina de la carne, Jesús se comió un pescado ante ellos. Fue como una acción de gracias con pescado, en la que Él consagró de nuevo su Palabra: ¡Estas son aquellas palabras mías…! Lo que veis, oís, tocáis y coméis conmigo, son el contenido real y esencial de mi palabra, ahora y cuando vosotros la proclaméis ante todos los hombres y digáis: «La paz con vosotros»!” Ni más ni menos que «mi paz os dejo, mi paz os doy» ¡Qué falta nos hace hoy!

Dice Juan (Jn 20,22), que les sopló allí mismo, como había soplado su ‘nefes’, su espíritu de vida, en las narices del Adán de barro, pero Lucas solo cuenta el resultado del soplo: “Abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras”, y les infundió así la vida del hombre definitivo. El que conocía el fruto del árbol del bien y el mal, ahora tiene ya el sabor del árbol de la vida, el Evangelio de muerte y resurrección en las manos de Dios hecho Palabra. Y es que encontraron la fuente de aguas vivas no solo en las heridas de manos y costado de Jesús, sino en la realidad de su Palabra que trasciende la muerte. Por eso hablamos aún con Él y de Él en la anámnesis perfecta del amor.

Hoy tenemos la misma Palabra y el mismo fuego que tuvieron los once y los de Emaús. Aplicando el oído a las voces, las luces y el calor del corazón cuando ‘comemos’ en la mesa del Evangelio, y masticamos y rumiamos con los dientes de la fe su tuétano. Será con seguridad alimento de alegría, ungüento de júbilo. La experiencia de la fe a muchos parece locura de ‘beatos’, pero el don de la piedad, lo ve claro cómo el agua clara de su PAZ.

Y «María la madre de Jesús, y sus hermanos» estaban con ellos, juntos, orando siempre. Es la Iglesia en la que entramos nosotros, hermanos de Jesús, hijos de María. Crecer en la oración de fe nos hace más cercanos, cuerpo suyo para resucitar en su Palabra y ‘verlo’ como se ve un ‘tú sabes que te quiero’.

¡Ahí nos seguiremos viendo! En la nueva tierra de la alegría y el regocijo (Is 64). Si la muerte te ha robado alguien querido, cercano, y en la oración de fe sobre la tristeza de su pérdida, o de tu propia enfermedad, sientes alegría y júbilo de paz al hablar de Jesús, al nombrarlo y llamarlo con la esperanza de un reencuentro sano en la nueva vida, puedes estar seguro, eres un buen cristiano. ¡Aunque hayas pecado o comido carne algún viernes de cuaresma! Eso tiene arreglo.

Añadir comentario