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PALABRA EN LA VOZ DE UN HOMRE 
20 de Marzo
Por Manuel Requena

Muchos entre la gente, que le habían oído estas palabras, decían: «Este es verdaderamente el profeta.» Otros decían: «Este es el Cristo.» Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?»Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de él.

Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?» Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre.» Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos.»

Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?» Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta.»

Y se volvieron cada uno a su casa (San Juan 7, 40-53).

COMENTARIO

¡Cómo hablaba aquel hombre! Era una voz diciéndose a sí mismo en la Palabra, modelando El alma que se atrevía a escucharlo. «¡Yo soy lo que os digo, desde el Principio!» al fin, Desde Dios al hombre, desde la gracia al pecado, desde la razón a la locura en la que os han metido (Jn 8).

La oratoria humana de Jesús en su voz era natural, sin impostación, y por eso alcanzaba tan rápido el corazón, entendimiento y alma. Era tan bella su expresión y tan mágico su timbre, que llegaba a todos los estamentos: soldados, pueblo llano, judíos y griegos. Algunos no conocían la Ley interpretada por los fariseos, —y eran malditos para ellos por eso—, pero sabían encontrar los sabores auténticos de la voz humana cuando dice la verdad y rechazarla -aunque fuesen órdenes- cuando está mintiendo como los sacerdotes a los soldados. En Jesús, su voz, su Palabra, sus manos, sus ojos, sus acciones, todo Él era Verbo de Dios que nos salva.

Es la diatriba permanente de Jesús con su entorno. Los que tienen un alma sencilla, aún llenos de dolores y miserias, lo entienden y aceptan, pero los que se creen santos ontológicos, lo rechazan. Su propia mentira será muralla infranqueable. Jesús se proclama la vida y ellos querían su muerte. ¡Ni siquiera sus hermanos creían en Él!  Las palabras que decía, y la forma de decirlas, aun siendo tan claras, no podían salir de un humilde carpintero nazareno.

El misterio es que a Jesús solo pueden llegar los que el Padre les da la humildad y la alegría de la escucha. Como Nicodemo (Jn 3) o la Samaritana (Jn 4). Los fariseos no pudieron soportarlo y ordenaron detenerlo, pero ¡qué sorpresas tiene la vida cuando Jesús y la fe entran en ella!, hasta los guardias quedaron en aquel asombro admirativo que es el primer paso del amor «¡Jamás nadie ha hablado así!» Los que los habían enviado, en ese tiempo acaparaban todo el poder político, jurídico y religioso de su ley. Eran el ideal de toda tiranía, aunque ellos mismos estuviesen sometidos a Roma, potencia extranjera. En ese ambiente de tensión, decir la verdad como la decía Jesús, llegando al corazón y a la razón humilde que mira primero a las personas, conquistaba al pueblo.

Jesús es distinto a sacerdotes y políticos de turno. Es siempre vino nuevo en odres nuevos. Incluso el pueblo llano al que gusta dirigirse tendría que cambiar muchos pellejos viejos: su forma de juzgar a las personas o adorar a Dios. Por eso discutían: “Este es el Cristo… y otros: ¿Es que el Cristo va a ser de Galilea? A veces juzgamos y despreciamos a la gente por su origen. ¿Es que yo voy a tener un hermano de otro color de piel, o de otra cultura? ¿Es que Cristo va a venir de África o de Sudamérica, teniendo nuestra Europa tanta gente limpia y preparada? ¡Y mucho menos de los árabes, que al Padre le llaman Alá! O de los judíos que le llaman Yahavéh. El gesto del papa Francisco en Irak ha sido muy dicente.

Mirando solo el lugar de nacimiento, nos quedaríamos sin conocer la luz del corazón humano, la que nos hace iguales ante Dios, capaces de conocer su Verdad y escuchar su voz. Si miramos con ojos de ‘ver’, y oímos escuchando, enseguida veremos que también nuestro Cristo hermano es de Bet-leem, la “casa del pan” nuestro de cada día, el que pedimos al Padre. Es la Eucaristía, la Acción de Gracias que nos hace hermanos por todo el mundo. Aunque tengamos tantos idiomas y lenguas, podemos decir lo mismo: ¡Padre nuestro!

Nicodemo, personaje entrañable para Juan, fariseo y magistrado, cristiano y hombre de Ley mosaica, tenía el oído del corazón abierto a Jesús. Seguramente lo escuchaba escondido entre la gente, y le gustó tanto, que fue de noche a verlo. Juan dedica el capítulo 3 de su Evangelio a su atrevimiento nocturno. Hoy lo vuelve a sacar en su defensa, y al final lo pone en el Calvario con su amigo José de Arimatea gestionando el entierro. Cien libras de mirra y áloe llevó cumpliendo el salmo “a mirra y áloe huelen tus vestidos…”.

José y él, fueron los primeros que se untaron de la sangre y el agua del costado de Jesús al bajarlo de la Cruz. Incluso su madre, Juan y las mujeres, “solo vieron”; pero bajarlo, limpiarlo y ungir con sus óleos al Ungido, fueron ellos, José y Nicodemo. Quedaron así untados de su gracia, preparados para vivir eternamente en el Evangelio.

Muchos años después, nuestro S. Juan de la Cruz iría también, cual Nicodemo, en una noche oscura de su alma al encuentro de unción con el amado. La Palabra prendida al viento de su voz, al Evangelio, traspasa nuestras noches y días buscando el corazón abierto por la escucha y anidar. ¡Quien se atreviera!

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