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Palabras y obras 
25 de abril
Por Francisco Jiménez Ambel

Se apareció Jesús a los Once y les dijo: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre,  hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos". Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. (Mc 16 15-20)

Muchas veces los Evangelios nos ponen delante, por boca de Jesús, que las palabra pueden quedar en eso, en meras palabras huecas, flatus vocis. Por lo que sólo cobran importancia o autenticidad cuando van seguidas de acciones. Lo decisivo es que al hablar le siga el obrar. Traspuesta esta advertencia diferenciadora entre palabras y obras, que no es un sofisma diletante sino un abismo tremendo, llama la atención en el Evangelio de hoy un claro reparto de papeles: a nosotros, como discípulos, nos compete el anunciar y creer, y a El le corresponde el corroborar la predicación con señales sobre-naturales.

Ahora bien, lo que la gente verá será las dos cosas: las palabras y las obras, el pregón y las señales. Y aunque lo innegable son los hechos, lo que acontece, las obras, la experiencia, incluso los milagros; sin embargo lo importante es la lectura o ;descodificación de tales prodigios. Claro que es asombroso expulsar demonios, pero también es difícil valorar en toda su densidad este fenómeno (la existencia del demonio y su concreta expulsión de un poseso por haber creído a los mensajeros de Jesús), pero eso sólo es posible creyendo y haciéndose bautizar. Y sanar enfermos, y sobrevivir a los venenos,etc.

Lo que quiero decir es que los propios discípulos habían pasado por el trance de la no comprensión, de tener asumida una interpretación equivocada de la trascendencia de unos hechos insólitos. También nosotros, a uno que nos sacia de pan, pasamos a nombrarlo nuestro rey. Y con patética seguridad nos adherimos a la consigna: Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo;. ¿Que más se puede pedir? Si ha sido capaz de improvisar una solución imposible a nuestras necesidades, no hay que dudar más. Es este. Las promesas se han cumplido. Bueno es el Innombrable, bueno es su Enviado, buena ha sido la espera y maravillosa es su llegada: nos asegura el pan, a todos. Bienvenido;este mesías. Pero es el propio Jesús el que los desengaña y nos denuncia. Habéis venido aquí porque os habéis saciado de pan, no porque hayáis visto señales. Os habéis desentendido del Poder que está operante y presente en el pan que os repartí. No habéis entendido nada. Y eso es grave porque ahora os toca a vosotros hacer lo mismo. También realizareis y experimentaréis asombrosas señales, pero tales operaciones van más allá de su contenido material; su función esencial es que la gente os crea, que la gente dé crédito a vuestro testimonio: que Yo soy el Enviado del Padre. Tal es su voluntad, simple pero enorme, inconcebible. La obra que Dios quiere es esta: que creáis en el que él ha enviado. (Jn 6 29)

Paradójicamente la fe es una obra, no una palabra o un pensamiento. Y es la obra que Dios quiere. Hacemos bien en buscar Su voluntad. Desconcertados por la realidad de la que no logramos alienarnos, nos interrogamos una y otra vez cual será la voluntad de Dios sobre nuestra vida. Pero la respuesta es inmediata; que creamos en Jesucristo, resucitado de la muerte, que creamos también a los que afirma: hemos visto al Señor. El que crea y se bautice se salvará: el que se resista a creer será condenado. El asunto es claro, se puede creer y ser bautizado o aferrarnos a nuestro montaje existencial y ofrecer resistencia a creer, con el efecto (menospreciado) de la condenación. No hay término medio. Y la condenación no la anula la displicencia, es necesario salir de ella, surgir mediante la creencia y el bautismo que la sella. La increencia es de suyo una condena; la tristeza, el sinsentido, la violencia, la desesperanza, la muerte, la deshumanización. El anuncio de la resistencia a creer es una denuncia dura, y eso no sienta bien. Al Bautista le costó la cabeza. A Jesús la crucifixión. Y tras la resurrección de Jesucristo, a Esteban la lapidación. Se la había ganado a pulso al decir: ¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres.(Hch 7 51)

Desde luego, la Historia enseña que resulta mas tentador matar a los profetas que hacerles caso. Pero también es más fácil limitarse a disfrutar de los milagros que creer de veras (haciéndose bautizar) que Jesucristo ha resucitado.

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