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Pan para todos 
3 de diciembre
Por Horacio Vázquez

«En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino”. Los discípulos le preguntaron: “¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?”. Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?”. Ellos contestaron: “Siete y unos pocos peces”. Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas». (Mt 15,29– 37)


El 3 de agosto pasado, solo hace tres meses, recé con vosotros el misterio inefable de la misericordia de Dios en el comentario de la primera multiplicación de los panes y los peces, que el apóstol Mateo nos relata (Mt 14, 13-21), y lo hice entonces bajo el título de “Un Picnic Divino”.Y en este 3 de diciembre, apenas iniciado el tiempo de Adviento, cuando la humanidad clama esperanzada con el grito de San Juan que culmina, cierra, resume y compendia todos los libros de la Sagrada Escritura, “Ven, Señor Jesús”, quiere el azar que tenga la oportunidad de volver sobre el tema, para buscar en el ejemplo de su vida una reflexión que sirva de estímulo a nuestra devoción.

La primera idea que nos sale al paso es la fe de aquellos hombres y mujeres que llegan hasta donde está Él, le oyen predicar, y le siguen por los caminos de Galilea sin consideración a su cuidado, tal como Jesús envió a los setenta y dos discípulos a predicar, “sin bolsa, ni alforja, ni sandalias…”,y no reparan en el cansancio del camino, o en el frío de las noches, o en el no comer, ansiosos como estaban por escuchar sus palabras de vida. Y no van solos, le llevan a sus enfermos, a los mudos, lisiados, ciegos y tullidos, a los que transportan como pueden y con grandes sacrificios, tomándolos en sus brazos, o cargándolos sobre sus hombros, o arrastrándolos en improvisadas camillas, y los ponen a los pies de Jesús para que los cure, llenos de confianza, porque saben que es un hombre bueno y que tiene poder para sanar.

Jesús los reconoce, valora su esfuerzo, sabe de la confianza con la que lo siguen, y no quiere despedirlos en ayunas porque teme que desfallezcan en el camino. Brota la ternura en el corazón de Jesús, se siente amado por los que le rodean, y quiere curarlos a todos, quiere alimentarlos, quiere devolverles ese amor como solo Dios puede hacerlo, porque el signo visible es que el hambre de los que estaban allí se sacia, y los cuerpos de los enfermos se curan de las heridas. Pero la sanación más profunda y verdadera es la que se opera en el alma de los circunstantes. Y de esta misma alegría de ver la misericordia divina generosamente derramada en los enfermos que sanaban, los ciegos que veían, y los tullidos que andaban, nació la plegaria compartida de los que daban gloria al Dios de Israel, y reconocían a Jesús como su enviado.

Esta es también la invitación que se nos hace para practicar la caridad con nuestros hermanos, y que así, estos vean a Dios en esos mismos actos de amor. Hay también aquí un claro enfoque teológico al Dios providente que nos da del alimento que necesitamos, como antaño lo hizo su enviado, el profeta Eliseo, con la ofrenda de veinte panes de cebada y de trigo tierno con los que dio de comer a cien hombres hasta que se saciaron, y sobraron panes,  y como luego, el Señor de la Alianza, atendió a las necesidades del pueblo de Israel en el desierto con el maná que caía del cielo como rocío, y como ahora hace Jesús, multiplicando por segunda vez los panes y los peces que sus discípulos llevaban para el camino, para que comieran más de cuatro mil hombres sin contar a las mujeres y los niños.

Pero el alimento que ahora nos proporciona Jesús es solo indicativo del que va a ser nuestro alimento definitivo, porque Jesús quiere que el alimento de la verdadera vida, sea su mismo Cuerpo y su misma Sangre, que se ofrendará para el perdón de los pecados en el sacrificio de la Cruz. Y es aquí precisamente, que el evangelista nos deja el esbozo casi gramatical de lo que será la institución de la eucaristía en la Última Cena, cuando dice, como también dirá en esa noche santa: “Tomó (los)pan(es y los peces), pronunció la acción de gracias, lo(s) partió y lo(s) fue dando a los discípulos…”. 

Danos, Señor, el Pan de Vida.

Horacio Vázquez

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