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Papa en Panamá: el Calvario de Jesús se prolonga hasta nuestros días 

Fue una oración a Dios Padre, la que pronunció el Papa Francisco en su alocución al finalizar las catorce estaciones del Vïa Crucis. El Papa recorrió en las realidades de los hombres y mujeres sufrientes de hoy, el Calvario de Cristo.

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano

Tras el encuentro con los jóvenes privados de la libertad en Pacora, y una vez de regreso a Panamá en el Campo de Santa María la Antigua, el Papa dio inicio al Vía Crucis con los jóvenes. Al encaminarse tras los pasos de Jesús hacia el Calvario, el Pontífice recordó a los jóvenes que “caminar con Jesús será siempre una gracia y un riesgo”:

“Es Gracia, porque nos compromete a vivir en la fe y a conocerlo”. “Riesgo, porque en Jesús, sus palabras, sus gestos, sus acciones, contrastan con el espíritu del mundo, con la ambición humana, con las propuestas de una cultura del descarte y del desamor”.

En el Vía Crucis que fue acompañado por sugestivas coreografías, los jóvenes – 400 mil según los organizadores – rezaron y reflexionaron por la vocación y el discernimiento, el ecumenismo, los mártires, los indígenas, la ecología, los migrantes y refugiados, las víctimas de los desastres naturales, la esperanza, la violencia contra la mujer, la reconciliación  y la paz, la corrupción, las madres, el terrorismo, el aborto y  la misión.

El Vía Crucis de Jesús se prolonga hasta nuestros días

En su alocución, tras las catorce estaciones, Francisco habló del Vía Crucis de Jesús, un camino “de sufrimiento y soledad”, que continúa hasta nuestros días.

“Ha sido difícil reconocerte en el hermano sufriente”, rezó Francisco a Jesús. “Hemos desviado la mirada para no ver, nos hemos refugiado en el ruido para no oír, nos hemos tapado la boca para no gritar”. Siempre es la misma “tentación”, advirtió, porque “es más fácil y pagador ser amigos en las victorias y en la gloria, en el éxito y en el aplauso”. Es “fácil”, dijo el Papa, “caer en la cultura del bullying, del acoso y de la intimidación”.

Niños sin nacer, mujeres maltratadas, jóvenes privados de futuro

“Padre, hoy el vía crucis de tu Hijo se prolonga en el grito sofocado de los niños a quienes se les impide nacer y de tantos otros a los que se les niega el derecho a tener infancia, familia, educación; que no pueden jugar, cantar, soñar…” Así empezó la plegaria del Papa al Padre con un repaso de lo que en nuestros días es el Vía Crucis de Cristo.

Un Vía Crucis que se prolonga “en las mujeres maltratadas, explotadas y abandonadas, despojadas y ninguneadas en su dignidad”, “en los jóvenes a quienes se les arrebatan sus esperanzas de futuro por la falta de educación y trabajo digno”;  en los que “caen en las redes de gente sin escrúpulos”, en quienes están “absorbidos en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la prostitución y la trata, quedan privados no solo de futuro sino de presente”.

“El vía crucis de tu Hijo – rezó el Papa a Dios – se prolonga en jóvenes con rostros fruncidos que perdieron la capacidad de soñar, de crear e inventar el mañana y se ‘jubilan’ con el sinsabor de la resignación y el conformismo, una de las drogas más consumidas en nuestro tiempo”.

Ancianos, pueblos originarios, descartados y la madre tierra

El Papa siguió enumerando el sufrimiento de los hombres y mujeres, espejo del Calvario del Señor que se prolonga “en el dolor oculto e indignante de quienes, en vez de solidaridad por parte de una sociedad repleta de abundancia, encuentran rechazo, dolor y miseria, y además son señalados y tratados como los portadores y responsables de todo el mal social”. “En la resignada soledad de los ancianos abandonados y descartados”. “En los pueblos originarios, a quienes se despoja de sus tierras, raíces y cultura, silenciando y apagando toda la sabiduría que pueden aportar”. “En el grito de nuestra madre tierra, que está herida en sus entrañas por la contaminación de sus cielos, por la esterilidad en sus campos, por la suciedad de sus aguas, y que se ve pisoteada por el desprecio y el consumo enloquecido que supera toda razón. Se prolonga en una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor”.

“¿Qué hacemos?”  – preguntó el Santo Padre- “¿Cómo reaccionamos ante Jesús que sufre, camina, emigra en el rostro de tantos amigos nuestros, de tantos desconocidos que hemos aprendido a invisibilizar?”

Ser Iglesia que como María sabe decir “Aquí estoy”

Fue en María que el Papa marcó la vía, en ella que es la “gran custodia de la esperanza”, y porque como ella, también nosotros “queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña y sabe decir: ¡Aquí estoy!”

En María, dijo el Santo Padre, “aprendemos la fortaleza para decir «sí» a quienes no se han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección”. “En María aprendemos a recibir y hospedar a todos aquellos que han sufrido el abandono, que han tenido que dejar o perder su tierra, sus raíces, sus familias y trabajos”. “Como María”, queremos ser “la Iglesia que propicie una cultura que sepa acoger, proteger, promover e integrar; que no estigmatice y menos generalice en la más absurda e irresponsable condena de identificar a todo emigrante como portador de mal social”. Queremos ser “una Iglesia de la memoria que respete y valorice a los ancianos y reivindique su lugar”. “Como María – dijo Francisco – queremos aprender a estar“.

“Enséñanos Señor – concluyó el Papa su oración – a estar al pie de la cruz, al pie de las cruces; despierta esta noche nuestros ojos, nuestro corazón; rescátanos de la parálisis y de la confusión, del miedo y la desesperación. Enséñanos a decir: Aquí estoy junto a tu Hijo, junto a María y a tantos discípulos amados que quieren hospedar tu Reino en su corazón”.

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