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Para Dios nada hay imposible 
25 de Marzo
Por Francisco Jiménez Ambel

 

En el sexto mes, el ángel Gabriel fué enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David: el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, <porque para Dios nada hay imposible>”. María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel se retiró. Lc 1 26-38

En este momento, dentro de la paz augusta, en el que se cambió la historia de la Humanidad, aparece una impresionante galería de nombres propios:

– Gabriel

– Galilea

– Nazaret

– José

– María, por cuatro veces

– El Señor, dos veces

– Dios, cinco veces, si incluimos “hijo de Dios”.

– Jesús

– El Hijo del Altísimo

– David

– Jacob

– El Espíritu Santo

– El Altísimo, dos veces si contamos “hijo del Altísimo”

– El Santo

– Hijo de Dios

– Isabel

Esta densidad y calidad de intervinientes es proporcionada a la trascendencia del acontecimiento y a la historicidad de lo ocurrido. No es un mito: el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Dios mismo ha resuelto hacerse persona humana y manifestarse así.

Lo paradójico, el drama para nuestra Fe, es el enfoque reduccionista: Si Dios se ha hecho hombre es que no existe el Todopoderoso creador del cielo y de la tierra. O, por el contrario, el hombre así engrandecido tiene derecho a creerse Dios. Son las dos herejías invisibles que nos envuelven; no hay un Dios que merezca alabanzas si adopta nuestra condición, o, mejor, hagamos al hombre tan grande y divino como podamos, porque estamos solos en el Universo.

El “combate” de la Fe se hace cada vez más virulento y total; no hay escapatoria. Como sintetizó el observador laico que asistió al Concilio Vaticano II, un filósofo amigo de Pablo VI, el problema del mundo es que los hombres creamos “religiones materialistas” y “materialismos religiosos”. Religiones ateas aplicadas a la filantropía, o ideologías tan fideístas que se comportan como si fueran religiones. Entre esas dos tensiones se sitúa la Iglesia, y la Fe que ha de ser “confirmada” por el sucesor de Pedro.

Pero en la lista de nombres propios del Evangelio de hoy, que me he permitido resaltar, falta uno muy importante. Está elíptico pero implícito. Cuando el relato de San Lucas entrecomilla la sentencia “porque para Dios no hay nada imposible”, se está citando el coloquio de Yahveh con Abrahán, después de que a Sara le diera risa la promesa sobre su maternidad. La historia de Abrahán estaba rediviva.

Con toda seguridad este argumento de cierre -para Dios no hay nada imposible- dicho ya en el Génesis (18 14) terminó de convencer a María. A fin de cuentas ella misma era hija de aquella concepción inconcebible, era descendiente de Abrahán y Sara. Su propia existencia era la evidencia. No necesitaba más; ella sabía de dónde provenía. Era innegable que Dios lo puede todo, lo dice y lo hace; ya lo había demostrado con sus padres Abrahán y Sara.

Abraham no sólo es el padre de la Fe, o en la Fe; es con toda seguridad el padre en la carne y en la sangre. María no puede negar la evidencia y se rinde ante esta “nueva promesa”. Sin duda más importante, más inimaginable, que el embarazo de una estéril, sea Sara o sea Isabel, pero fruto del mismo poder; Dios aconteciendo libérrimamente. Precisamente porque es imposible para el hombre, por eso mismo, es una manifestación del poder de Dios, pero en forma insuperable, porque es la manifestación de Dios mismo.

Es el argumento de los argumentos; Dios lo puede todo, hasta encarnarse y hacerse uno de nuestra raza humana. Ingente misterio, el que celebramos hoy, y que trajo la luz al mundo y la esperanza a lo más profundo del corazón.

Pero hay aquí también algo más que la Fe de Abrahán, quien no pasaba de ser un iluso para su mujer Sara. Abrahán, cuando iba a sacrificar a su hijo estaba seguro -esto es la Fe- de que Dios lo rige todo bien. Gabriel también hace como Abrahán, y no duda de que Dios acontecerá, lo cual pasa por la aceptación de María: “El Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios”. No tenía duda: “va a nacer”.

La propuesta es descomunal, inabarcable, impensable…compartir paternidad con Dios, abrir mi cuerpo a la llegada del Mesías, unirme al destino del Siervo de Yahvé… Pero hay una consistencia o experiencia incuestionable; con nuestro padre Abraham Dios ya demostró que nada hay imposible para Él; esta concepción supranatural no ha de ser la excepción. El hágase en mí según tu palabra, es, esencialmente, descansar en la potencia de “esa” palabra, ya hecha carne-historia; que para Dios no hay nada imposible. En eso confío, en que Dios es Dios.

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