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Para que el mundo se salve 
22 de Abril
Por P. Tomás González a.a.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (San Juan 3, 16-21).

COMENTARIO

Jesús está conversando con Nicodemo, magistrado judío que ha venido a verle de noche. Hay quien deduce cierta clandestinidad por el hecho mismo. Es posible, pero más sencillo es pensar que el hecho de la nocturnidad entre orientales sugiere deseo de tranquilidad, de pausa, sin prisa, deseo de disfrutar sin límite el placer de la conversación en confianza. Nicodemo ha percibido en Jesús un maestro fuera de lo común, alguien con un mensaje único y quiere conocerlo de primera mano.

Jesús no parece inclinado a decepcionarle. Al contrario, ante los preámbulos de Nicodemo, Jesús le invita a lo profundo, al grano. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Palabras de maestro. Habla de Dios como quien lo conoce a fondo. No es un amor cualquiera, es “un amor hasta el extremo”.

¿En qué se sabe que es un amor fuera de lo común? En que entregó a su Unigénito, con una finalidad: que el que crea no perezca.  Más cosas en menos palabras es difícil de decir.

Primero que Dios, además de amar con locura al mundo, tiene un Hijo único. Y que lo entrega para que el que se adhiera a Él por la fe, reciba la vida eterna.

Porque Dios ha enviado su Hijo al mundo. Y lo ha enviado por amor al hombre. Y además lo ha entregado. Solo ha puesto una condición: creer en El. Cuando le pregunten los de Galilea: ¿Cuál es la obra que Dios espera de nosotros? Jesús les responderá: “La ora que Dios quiere de vosotros es que creáis”. Con eso ya tenéis vida, una vida eterna. Lo contrario es condenación, no tener vida.

 Porque es cierto que hay una vida eterna y una condenación, un juicio.

¿Cuál es la diferencia? Acoger la luz o preferir la tiniebla. “El juicio está en que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”.

Dios no condena a nadie. Ya lo dijo al principio: “Hoy pongo ante ti la vida y el bien, la muerte y mal. Elige la vida” (Deut 30, 19). Lo que nos debe inquietar no es si Dios me salva o me condena, sino ¿prefiero la luz o la tiniebla? Por eso es importante saber que es luz y qué es tiniebla en nuestra vida. Jesucristo, el Unigénito, ha venido a nosotros como luz, a mostrarse como don, como regalo de amor. Rechazarlo es nuestra perdición. Nadie lo rechaza conscientemente. Pero sí es posible estar tan encerrado en la tiniebla que no seamos conscientes de lo que nos conviene. Entonces es que nuestras obras son malas y por ello no queremos acercarnos a la luz.

Es la peor amenaza que puede pender sobre nosotros.

En este tiempo de Pascua en que la luz de Jesucristo brilla por encima de toda oscuridad adhiramonos a ella con perseverancia. Como en la noche pascual digamos: Luz de Cristo y respondamos: Demos gracias a Dios.

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