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Para salvar al esclavo, Dios ha entregado al Hijo 

“¡Alaba alma mía las anchuras del corazón del mundo!”, con esta exclamación comienza Von Balthasar la primera de las tres secciones que contiene su magnífico ensayo El corazón del mundo (Ed. Encuentro, Madrid 2009). En él se ve una progresión, pues el autor nos lleva primero a contemplar el mundo de lo humano en general, para después introducirnos en el misterio de su Redención y luego en el de su misión como parte del Cuerpo de Cristo que es. Con una asombrosa variedad de imágenes, de metáforas y de analogías, el texto nos va llevando hacia una mirada cristocéntrica de la realidad y del mismo ser humano, pues todo tiene su origen en el Hijo del Hombre, todo lleva dentro de sí esa misma presencia y belleza, y todo tiende hacia Él.

Hans Urs von Balthasar, el genial teólogo y filósofo que siempre intentó tender puentes entre estos dos aspectos (es decir, la teología y la filosofía) y que protestó contra las tendencias un tanto abstractas de esta última que ciertos autores cercanos a él realizaban, nos hace contemplar algo inaudito: que Dios se introduce en la estrechez de una morada humana. Desde ese momento «Dios, con plena libertad, se hace presente a sí mismo en medio de la refriega, comprometiendo en ella las últimas profundidades divinas y humanas del amor» (Gloria, 2, 12). Así pues, la teología no pueden ser meras especulaciones, puesto que Dios se ha revelado a sí mismo en la persona de Cristo que no es solo un hombre cualquiera sino que ha tomado la forma más humillante, la forma de siervo.

La Pasión de Cristo es expresada por el autor con radicalidad, con franqueza, con el mismo entusiasmo con el que una enamorada relata a alguien cercano los detalles de amor que tiene su Amado para con ella. Von Balthasar coloca ante nuestros ojos a Cristo crucificado, Cristo hecho pecado, Cristo abandonado por el Padre y entregado a los hombres como blasfemo y delincuente; y, después de contemplar al Amor entregado hasta el extremo surge la siguiente pregunta: ¿acoger o rechazar?, ¿ beber de la fuente que mana de este Corazón traspasado o permanecer siempre sedientos en busca de cisternas agrietadas que apenas sacian?

El frasco de alabastro se ha roto y el perfume inunda la casa, inunda la Iglesia entera que ha sido formada desde ahora Cuerpo de Cristo. Cual otro Éxodo, la Iglesia ha atravesado el Mar Rojo con los pies secos y las túnicas empapadas de la Sangre del Cordero. Por tanto, no puede quedarse en una religiosidad de puertas para dentro, sino que el Espíritu Santo que se nos ha derramado orienta nuestra propia existencia haciéndonos descubrir nuestra original belleza, verdad, unidad y bondad.

Von Balthasar nos recuerda que, aunque a veces el ser humano se sienta en lo más profundo del cieno, en la más oscura tiniebla, en el más cierto sin sentido y en la más desesperada soledad, siempre podrá llamar a las puertas de este Corazón, donde será bañado y devuelto a su más originaria dignidad, ya que, como dice el Pregón Pascual en una de sus estrofas, para salvar al esclavo, Dios ha entregado nada menos que al Hijo.

La Amada de Cristo, esto es la Iglesia, al estar comunicada con este Corazón, será puesta en el candelero, expuesta a todo tipo de miradas, de mofas, de escándalos. Es esta Esposa, la Amada del Cordero, la que tendrá su centro en el Corazón de Cristo, haciendo así posible la realidad del Amor que no deja nunca de fluir y de llegar a cada uno de sus miembros. Ellos mismos son enviados por el Padre como otros cristos para sufrir su propia pasión por el mundo que los rodea, haciendo posible así que el Cuerpo sea completado por todos los miembros y hacer posible la salvación del mundo, colaborando para completar lo que le falta a la Pasión de su Señor.

Gema Risco
Estudiante de Teología

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