Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, octubre 30, 2020
  • Siguenos!

Para ti salmodiaré, Señor – Belleza y riqueza de los salmos 

Hablar de la riqueza y belleza de los Salmos nos lleva a sondear la espiritualidad vivida por Jesucristo, que, en cuanto hombre, estuvo sujeto al crecimiento normal de su condición humana, desarrollándose no solo corporalmente sino también espiritualmente: “Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52).

En los salmos encontramos lo que podríamos llamar la Escuela de Oración y de Fe, en la que los hombres piadosos de Israel enriquecieron tanto su espíritu que aprendieron a hablar con Dios cara a cara como una persona habla con su amigo, igual que lo hacía Moisés: “Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,11).

bajo las alas divinas

A la luz de esta realidad, podemos imaginarnos a Jesús sumergiéndose en el abismo insondable de amor que son los salmos y, desde ellos, arrojarse en los brazos de su Padre. Pensemos en aquellos momentos en los que el rechazo y el desprecio actuaban sobre él como cuchillas afiladas minando sus fuerzas hasta el desfallecimiento. Eran sus ojos fijos en el Padre lo que indudablemente le sostenía

En este sentido, vamos a penetrar en el salmo 91, con la intención y el atrevimiento de sondear los pálpitos del alma de Jesucristo en sus peores momentos: rechazos, desprecios, persecución y, por fin, su condena a muerte.

Este salmo empieza con una especie de enunciado que abre todas las puertas de la esperanza y plenitud de vida al hombre orante que en él se nos describe: “El que mora en el secreto de Yahvéh pasa la ‘noche a su sombra diciéndole: Refugio mío y fortaleza mía, mi Dios, en quien confío” (Sal 91,1-2).

Imaginemos a Jesucristo haciendo carne de su carne y alma de su alma la Palabra de Dios impresa en este poema oracional. Es consciente de que mora, es decir, de que ha plantado su tienda en el secreto-intimidad de Dios, su Padre. El Dios oculto no tiene velos ni secretos con Jesús: se le manifiesta y le muestra su Rostro, como Él mismo atestigua (Jn 5,19). Ello hace que deposite en Él su confianza, que se refugie en Él por  más que su vida no valga nada a los ojos de su pueblo. En este abismo de belleza e intimidad, su alma se abre en un susurro estremecedor que proclama: “ ¡Tú eres mi refugio, en ti confío! ¡Tú eres mi Padre, hacia ti aprieto todo mi ser!”

la Verdad revelada a los humildes

A estas alturas y con los ojos fijos en el Señor Jesús (Hb 12,1-2), tengamos presente que toda la Palabra por supuesto también los Salmos se cumple en Él. Sabiendo esto, nos acercamos a su Evangelio y constatamos con indecible gozo que el Hijo de Dios nos llama y capacita nuestro espíritu para poder penetrar e intimar también nosotros en los secretos de Dios.

El apóstol Pablo subraya que el Misterio-secreto de Dios ha sido revelado y manifestado al hombre por Jesucristo, su Hijo. Misterio que, como bien puntualiza, es impenetrable e inaccesible a la sabiduría humana: “Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder… Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Co 4,7).

Es la sabiduría de Dios concedida por su Hijo la que abre los sentidos de nuestra alma, como dice san Agustín, para poder conocer, amar e intimar con Dios. Es entonces cuando, al igual que Jesucristo, el discípulo pasa sus noches-pruebas con Dios, planta su tienda en Él, y Él mismo lo adentra en sus secretos o, como dice la esposa alma del Cantar de los Cantares, lo introduce en su bodega (Ct 2,3-4). Es entonces cuando tiene la suficiente luz y experiencia de Dios como para repetir, igual que lo hiciera su Hijo: “¡Tú eres mi refugio!…, pase lo que me pase, ¡confío en ti!”

Jesús penetró en su total inmensidad en los secretos de Dios, su Padre, por lo que tiene autoridad para proclamar que sólo Él es el Maestro (Mt 23,8), el único que puede enseñarnos, conducirnos y enriquecer nuestro espíritu hasta la altura de poder descubrir y reconocer a Dios vivo en su Palabra. Recordemos que después de su resurrección abrió el espíritu de sus discípulos, para que pudiesen comprender el Misterio de Dios y su Encarnación, ocultos en las Escrituras (Lc 24,45).

Esta acción del Señor Jesús se ha perpetuado y seguirá perpetuándose a lo largo de la historia en todos sus discípulos. Este “nuevo conocimiento y comprensión” fue prometido por el mismo Jesucristo como don de lo alto a los pequeños… tan pequeños que desdeñaron todo apoyo y soporte humano, y decidieron refugiarse y confiar en Él, como Él lo hizo con su Padre. A esta multitud de hombres y mujeres, pequeños por opción, Jesús los consideró dignos de conocer el Misterio de Dios (Mt 11,25-27).

como a la niña de mis ojos te he de cuidar

Volvemos a nuestro salmo al que ya no vemos lejano, sino muy familiar a nuestra vida, a nuestra experiencia de Dios. En un principio hemos reconocido a un fiel israelita que representa en parte a todos los hombres y mujeres orantes de Israel; ahora reconocemos en él a Jesucristo en su relación confiada con Dios. Es el momento de ver cómo le responde.

La respuesta de Dios la encontramos hacia el final del salmo, del versículo 14 al 16. La intensidad y magnitud de lo que Dios le responde, sobrepasa toda la belleza poética que nos han legado los poetas a lo largo de la historia.

No se trata de desmerecer a nadie ni pretendemos establecer un arco de comparación, sino que nos referimos a que cualquier hermosura literaria que, en definitiva, se diluye la mayor parte de las veces en un simple deseo o se apaga por el paso del tiempo, queda palidecida ante el hecho de que la belleza de las palabras con que Dios responde a este hombre orante, ¡se cumplen!, ¡se cumplen en plenitud en su Hijo y, por extensión, en la innumerable multitud de hombres y mujeres que han creído, creen y creerán en Él.

Dirijamos con temblor y gozo estremecedor nuestros espíritus hacia esta belleza increada, oigamos lo que Dios responde al salmista: “Porque él se abraza a mí, yo he de librarle; le exaltaré, porque conoce mi nombre. Me llamará y le responderé; estaré a su lado en la desgracia, le libraré y le glorificaré…” (Sal 91,1-15).

Dios está testificando a favor del salmista, ya que, al recurrir éste a Dios como su único defensor (versículo 9), en realidad, lo que ha hecho es abrazarse a Él. Esta acción le mueve al Señor a acudir en ayuda del hombre. Estará con él en la desgracia, lo librará, lo exaltará, y, como broche de oro de su amor por él, lo glorificará, que esto fue lo que le pidió Jesús en la noche de su pasión: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti” (Jn 17,1).

en Dios mi alma se gloría

Continuamos embebiéndonos con esta incomparable respuesta de Dios y observamos una puntualización enormemente sorprendente: Dios formula la razón del porqué de su asombrosa solicitud con este hombre fiel. Dice que se volcará en él porque como expresa textualmente “conoce mi nombre”.

Conoce mi nombre, es decir, me conoce de tú a tú, cara a cara. Me conoce tan fondo que no ha dudado en fiarse de mí. Sabe que no defraudo a nadie, que no dejo a nadie en la estacada, que cumplo mi palabra y que, cuando digo que salvo, es que salvo de verdad. Me conoce y no de “oídas”, sino en lo más profundo de su ser, porque su espíritu guarda mi Palabra. A estas alturas oímos a Jesús decir a los judíos: “Mi Padre es quien me glorifica, de Él vosotros decís: es nuestro Dios, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco…, le conozco, y guardo su Palabra” (Jn 8,54-55). Conocer así a Dios, conocer su secreto, su Misterio, sólo es posible gracias a Jesucristo. Él tomó nuestra carne y, precipitado por el hombre a la Pasión, desde la cruz tomó impulso y, a su vez, se lanzó confiadamente en las manos del Padre diciéndole: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! (Lc 23,46).

La salvación de Dios pasa por hacer nuestra esta experiencia de su Hijo. Éste, en su amor por el hombre, sigue cumpliendo su misión de darnos a conocer al Padre tal y como lo prometió: “Padre santo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,25-26).

Bienaventurados todos aquellos hombres y mujeres que, de la mano del Señor Jesús, entran en la inmensurable espiritualidad de los salmos, pues ellos contienen aquel alimento al que Jesús hizo alusión y que sus discípulos aún no conocían (Jn 4,31-32).

Añadir comentario