Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, agosto 12, 2020
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Parábola de las ramitas de boj (I) por Ángela C. Ionescu 

Carta a mi Señor

El Domingo de Ramos echaba yo de menos  a dos personas  queridas que estaban lejos de mí.  A una de ellas tenía esperanza de verla relativamente pronto; a la otra, no, pues estaba a mucha distancia. Me preguntaba si se acordarían de mí. En un impulso, quizá por mitigar la nostalgia, de los ramos amontonados en la puerta de la iglesia cogí uno frondoso, separé dos ramitas diminutas y dediqué una a cada persona de estas que añoraba. Era un ingenuo intento de tenerlas más cerca y pensé que hacía algo simple e infantil; pero como nadie podía enterarse, yo sola me entendía.

En cuanto pude, les dije lo que había hecho y que esperaba que las ramitas les llegaran pronto. Pero nunca fue así. Una de las personas pareció no hacer demasiado caso y la otra, que daba señales de cierto aprecio, no sabía cómo hacerse con ella. Pasaban los días; primero las guardé a la sombra, en lugar fresco, y luego las puse en un diminuto vaso con agua. Y por fin, cansada de verlas en el vasito, las hinqué en una maceta con otra plantita que no se decide a prosperar y que tenía muy a mano. La tierra estaba mullida, esponjosa y adecuadamente húmeda y las ramitas penetraron con toda facilidad. No tuve ninguna intención de plantarlas en serio. Simplemente quería quitarlas del vasito y librarme de verlas allí.

Y me olvidé casi por completo de ellas. Las recordé y las reencontré ayer por la mañana, cuando quitaba hojas secas de las plantas que están alrededor y las regaba un poco. Esperaba que estuvieran amarillentas, con las hojas acartonadas, rígidas y quebradizas. Pero no; estaban verdes, derechas, flexibles,  y en la punta se habían hinchado las yemas, rodeadas de hojitas de color entre verde tierno y plateado. Las estuve mirando largamente, negándome a entender lo que veía. ¿Qué me querían decir con su vida aquellas dos ramitas, símbolo del amor que vive en la ausencia y hasta en la ignorancia? ¿Qué me indicaban con su vida esas ramitas que persisten y duran pese a haber sido desdeñadas y rechazadas? Del desprecio y del abandono habían sacado la savia para afianzar su existencia y permanecer, para seguir simbolizando mi recuerdo que no  se desvanece.  “El amor no pasa nunca ni deja de crecer”, escucho en la clase de Biblia. Y me quedo dándole vueltas. Pase lo que pase, hagan lo que hagan con él, ¿sigue viviendo y creciendo? ¿Incluso cuando se descubre en algún caso algo que duele mucho? Miro las ramitas que cogí con amor y que nunca alcanzaron su meta; ahí están a pesar de tanto.  Y sigo regándolas…

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