Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, julio 19, 2019
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¿Pasa Dios de los hombres? 

Veamos Mc 6,45-52: se trata de la conocida tempestad del lago que tanto atemorizó a los apóstoles. Debió ser una tempestad mortal porque despiertan al Señor con urgencia y angustia: ¿Te da igual que perezcamos? El experto Pedro no era hombre que se atemorizara fácilmente por vientecitos y mareas, por eso la cosa debió ser grave. A Jesucristo parece no afectarle e incluso, para sorpresa de todos, “hizo ademán de pasar de largo”. Si pretendía socorrer…, ¿cómo hace este gesto tan doloroso?

Para ser santos no es necesario saber hebreo ni griego ni latín, pero si hay oportunidad de iniciarse un poco en el conocimiento de estos idiomas bíblicos y clásicos uno descubre nuevos horizontes y una mayor profundidad en la inteligencia del mensaje revelado. Algunos protestantes antiguos afirmaban que la Biblia es como una especie de chicle que se adapta a toda boca, no en el sentido de que dice algo a todos, sino de que cualquiera pueda dar una interpretación válida de la misma, haciendo decir al texto sagrado lo que se quiera o mejor convenga. Cierto que la Palabra tiene sabor de maná, pero no debe confundirse este carácter universal de la misma con un cierto subjetivismo dogmático o escriturístico. El asunto tiene su interés y suscita interrogantes que invitan a un estudio hermenéutico serio…; pero no es el momento de repasar la historia de la cuestión, ni siquiera de ensayar avances en la materia.

Hemos de contentarnos con presentar, a modo de ejemplo, una cita de la Sagrada Escritura, acercándonos desde esta óptica filológica y ante todo espiritual. Igual que la Filosofía se ha considerado durante siglos la sierva de la Teología, así la Filología viene en auxilio de la Espiritualidad.

El episodio de la tempestad del lago tiene lugar después de la primera multiplicación de los panes, y nos lo refieren también tanto el evangelista Mateo (Mt 14,22-33) como Juan (Jn 6,16-21). Para nuestro comentario usamos indistintamente los tres textos sinópticos.

bueno es lo que a Él conduce

Tras la multiplicación del bien (panes) viene la multiplicación de la prueba (terrores del mar). Todo responde a un plan misterioso de Dios. En el texto que nos ocupa el Señor ve que lo están pasando mal, fatal, y empieza su travesía a pie por el lago con intención, según parece, de acercarse a ellos para auxiliar y consolar. Pero la sorpresa es la siguiente: “hizo ademán de pasar de largo”. Si pretendía socorrer, ¿cómo hace este ademán tan doloroso? La reacción inmediata fue la de dar un grito porque se creían en presencia de un fantasma y porque su fe se desinflaba por momentos a golpe de ola. Dios nos ha abandonado, pensarían. El susto proviene de la espuma marina (circunstancias difíciles de la vida) y de la supuesta ausencia de Dios.

No andaban mal encaminados. Dios parecía querer jugar con ellos; primero se acerca y luego se aleja. Este movimiento del Señor da vida sobrenatural al alma. El corazón funciona con movimientos de sístole y diástole. Este “juego de Dios” fue vivido por Santa Teresa de Lisieux de un modo admirable. Ella se ofreció al Señor —dice ella misma— como un juguete, una pelotita para que el Niño hiciera de ella lo que quisiera: meterla en un bote de cristal, darle una patada, pincharla con un alfiler…

La expresión “hizo ademán de pasar de largo” está bien traducida pero suavizada. El texto original es más fuerte en su expresión: ezelen parelzein autous. El verbo ezelo es de rico contenido en el mundo helénico. Significa —según el diccionario de J. M. Pavón— “querer, estar dispuesto, determinarse, tener propósito o resolución; desear, apetecer, tener gusto”. Distintos matices que se enriquecen entre sí. Es un verbo de voluntad, de firme propósito, de intencionalidad, de fuerte apetencia.

El segundo verbo usado por el evangelista es: parelzein, que proviene de paraerxomai, palabra de inmenso contenido, que, cuando va acompañada de acusativo (autous), significa: pasar de lado, dejar a un lado, omitir, no hacer caso, escapar. La Vulgata traduce volebat praeterire eos. Es de significación clara. Jesucristo tenía intención de preterirlos. Dicho en lenguaje coloquial: quería pasar de ellos.

Este sencillo análisis filológico esconde una profunda teología no aparente a simple vista. Cuando Dios pasa del “hombre”, le provoca la santidad. Es la espiritualidad de los grandes hombres de la Iglesia y, a la vez, una de las últimas etapas de perfección en la vida de todo cristiano que es introducido en la vida de santidad. Jesucristo, a punto de culminar su obra de redención, se siente abandonado del Padre, no siente el calor del Padre. Cuando el Padre “olvida” a su Hijo, la Iglesia florece. Naturalmente, que esta frase ha de entenderse en el contexto que estamos presentando.

En el alma de Santa Teresa de Lisieux, al final ya de su vida, se desata una tormenta de “ateísmo” que la hizo sufrir mucho. Santa Ángela de la Cruz es introducida en el infierno místico donde siente blasfemias espontáneas contra su Señor. Santa Gema Galgani siente los terrores del infierno en su interior. Teresa de Calcuta se lleva unos cuarenta y ocho años sin sentir la presencia de Dios.

amor envuelto en cruz

¿Es Dios Padre que pasa de su Hijo y del hombre? ¿Le da igual que perezcamos en medio de terribles sufrimientos? ¿Hay rebrotes de un cierto sadismo en Él? Nada de eso. Aquí está el centro de la cuestión. La densidad de la felicidad a la que Dios nos quiere llevar pasa por la densidad de la cruz. Cuando Dios decide (ezelo) crucificar a una persona es para llevarla a la más alta felicidad posible. Misterio de pecado (Adán) que lleva aparejado este misterio de gracia y redención. Cuando el escultor decide dar golpes al mármol no es para castigarlo, sino para darle su mejor forma. Voluntad salvífica de Dios envuelta en golpes de tormenta y soledad.

Cuando Jesucristo hace ademán de pasar de largo, cuando “pasa” de ti es señal de que quiere hacer algo grande en uno. Ese pasar de Dios es signo del mayor amor de Dios y de la mayor cercanía, traducidos en términos de purificación y vaciamiento. Si Dios te introduce en noches horrendas es para transformar lo bruto en bello, la roca en imagen. Es la delicadeza de Dios que está pasando por tu vida. La vivencia psicológica del olvido de Dios no debe empañar la realidad. Dios no solo no te abandona ni un segundo (iría contra su misma esencia de amor) sino que no puede dejar de pensar en ti porque ha dado la vida por ti. Te lleva tatuado en sus manos, como dice el profeta (ver Is 49,16).

La riqueza del castellano puede ayudarnos a profundizar en el entendimiento de este pasar de Dios. Cuando decimos de un modo real pero a la vez también literario que Él pasa de ti, estamos queriendo decir en realidad que pasa sobre ti, colmándote de bendiciones, de su presencia y de su amor. San Juan de la Cruz nos habla de este pasar rápido de Dios por la creación dejando todo sembrado de su gracia y hermosura. En el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos a Jesucristo que pasó haciendo el bien (ver Hch 10,38).

Yo soy tuyo y para ti

Dios no está capacitado para hacer el mal. Si lo hiciera ya no sería Dios. La cruz es el aspecto ascético de la educación de Dios, que quiere el bien para sus hijos. Efectivamente, cuando Cristo quiso pasar de largo provocó inflamación de amor en el alma, ansias de enamoramiento, estupor en el corazón. Divinos comienzos de escultor, que comenzaba a transformar a pescadores de mar en columnas talladas de la Iglesia.

El Evangelio que comentamos acaba con una expresión que manifiesta la realidad torpe del hombre, la miseria humana. Este pasar duro de Dios, que es un tallar, un dulcificar, un ennoblecer al hombre, no siempre es entendido por la raza humana. Ante el dolor, unos optan por pensar que Dios no existe; son las filosofías ateas de todos los tiempos. Otros se apuntan al grupo de los que afirman que Dios existe pero que no se preocupa de lo creado, como un relojero se desprende de su reloj; son los deístas del siglo XVIII francés. Otros se lanzan a elaborar toda una teoría de sentimientos y afectos, vaciando de contenido la realidad de la existencia de Dios. Y ahí tenemos a Unamuno, para quien creer es crear. Así podíamos hacer una interminable lista de distintas reacciones ante el misterio de la cruz.

La Filología nos ayuda de nuevo a comprender. Dice el texto que los apóstoles “eran torpes para entender”. La idea está captada, pero ganamos en riqueza si acudimos al griego original, que dice auton e kardia peporomene, es decir, “su corazón estaba endurecido”, encallecido. La Vulgata traduce erat cor illorum obcaecatum. Es interesante la observación. No estamos ante un problema de pocas luces, de carencia de entendimiento, sino ante un problema de corazón cerrado a la luz de la fe. Cuando el corazón se cierra, todas las puertas quedan bloqueadas.

No se trata, en la mayoría de los casos de ateísmo explícito o implícito o de un problema intelectual, sino de un problema de amor, de corazón. Al cerrar el afecto inteligente al amor, dejamos de entender los misterios de Dios. La cruz ya no es cincel divino que me perfecciona y me colma de felicidad, sino mero instrumento de tortura que me aparta del Señor, que es justo lo contrario. Es en el corazón del hombre el nido del mal y de la felicidad; bastaría con abrirlo a la Verdad, con dejarlo correr por los itinerarios de Dios, por sus planes siempre misteriosos para el hombre.

Ante un problema de cruz, yo opto por abrir el corazón para que se me llene de luz. La oscuridad y la distancia son devoradas por la persona que tiene fe, que no es otras cosa que la apertura de mi amor a su Amor. Dios no solo no pasa de ti sino que ha muerto por ti. No existe mayor amor. Entendamos su lenguaje.

Francisco Lerdo de Tejada
Capellán de la Universidad CEU San Pablo-Montepríncipe 

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