Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, diciembre 4, 2020
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«En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: “¡Animo, hijo!, tus pecados están perdonados”. Algunos de los escribas se dijeron: “Este blasfema”. Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: “¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados están perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —dijo dirigiéndose al paralítico—: ‘Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa’”. Se puso en pie y se fue a su casa. Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad». (Mateo 9,1-8)

Mucho se podría decir acerca de este pasaje del evangelio según San Mateo. Una vez más los escribas muestran una actitud hostil a Jesús, atacando, desde la mentira y la maldad, a su Palabra y sus milagros. Al igual que lo hacían los saduceos, los fariseos y los sumos sacerdotes. No podía ser de otra forma en personas que no veían a Jesucristo como al Mesías, al hijo de Dios, sino como a un impostor que amenazaba sus cuotas de poder. Le odiaban y, a la vez, le tenían miedo, porque su Palabra prendía en muchos corazones, y eso resultaba peligroso para ellos. Jesucristo, a lo largo de su vida pública, pasa por muchos episodios similares.

Pero esta vez me gustaría detenerme en otro aspecto de esta «curación del paralítico».

Es importante, primero, tener en cuenta que para los judíos la enfermedad estaba estrechamente ligada al pecado. Por eso al «ciego de nacimiento» se le pregunta si había pecado él o sus padres.

A Jesús le traen un paralítico para su curación, e inmediatamente, sin necesidad de que abran la boca, ve la fe de aquellos que le transportaban; esta es una de las causas que le mueve a realizar el milagro. Pero Jesús, que conoce y escruta la realidad del hombre, no desde la superficialidad sino en la profundidad que proporciona la posesión de la Verdad, sabe que la fuente del sufrimiento de ese paralítico no está en su enfermedad sino en el pecado que habita en él. Por eso le dice: “¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados”.

Destruido el aguijón mortal del pecado, la enfermedad pasará a ser un “yugo suave y ligero”, porque el Señor irá con él, compartirá la carga. Después, ante la insidia de los escribas y para demostrar a la estirpe de los incrédulos y duros de corazón que Él era el Mesías, el Hijo de Dios, realiza el milagro de curar su parálisis. Muchos de los que lo presenciaron, no pudieron por menos que dar gloria a Dios.

Hemos visto cómo entre Jesucristo y el corazón del hombre no existe la posibilidad de secretos: descubre el pensamiento de los escribas, los pecados del paralítico y la fe de los que le llevaban, sin necesidad de que estos manifestaran previamente nada. Sabe de las debilidades y necesidades del hombre, porque tuvo un cuerpo como el nuestro. Por eso cuando rezamos no son necesarias muchas palabras ni explicaciones, solo tener fe. Se pueden presentar al Señor a muchos «paralíticos» como el de este evangelio, a través también de la oración.

No es difícil ver, en el día a día, la estrecha relación que existe entre el pecado y los males que padece el hombre. El pecado engendra la muerte, una muerte espiritual que convierte al hombre en un «paralítico» incapaz de donarse a los demás, de amar. El amor se manifiesta en el «movimiento» de salir de ti para entrar en el otro, en el estar pendiente y al servicio de los demás. El pecado coloca al hombre en el centro del Universo, esperando que los demás giren a su alrededor, que le sirvan y le gratifiquen continuamente.

La sociedad en la que vivimos está amarrada por tres grandes ídolos: el dinero, el sexo y el poder. Está gravemente enferma por todos los pecados que generan estos falsos dioses. Es urgente la misión de revertir esta situación, de llevar al «enfermo» a la presencia del Señor. Es vital ofrecer a este mundo una vía de salvación, mostrarle a Jesús para que pueda experimentar que la vida no está en ofrecerse todo a sí mismo, ni en entrar en una espiral de consumo y experiencias de todo tipo, dirigidas a evadirse de la realidad, hasta llegar al estado de ser incapaz de saciarse con nada de lo que ofrecen esos dioses de barro. Pero para llevar a cabo esta misión es necesario primero tener fe, esa fe que Jesús aprecia en este Evangelio y que se necesita para cumplir la misión sacerdotal que confiere el Bautismo. Un ciego no puede guiar a otro ciego.

La fe de cada uno, que el Señor da gratis y sin merecer, está también en función del «otro». Pero el llevar la fe a los demás, siempre conlleva una serie de riesgos y sufrimientos. Nuestra debilidad puede llevarnos fácilmente al miedo, al desánimo y a la impotencia. La pregunta que debemos hacernos ante todo esto, es: ¿Verdaderamente quiero llevar a cabo esta misión? No valen ambigüedades. Si decimos que sí el Señor nos dará fuerza para ello.

 Hermenegildo Sevilla Garrido

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