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Patrono de los laicos mexicanos 

La piedad popular suele adscribir a determinados santos unas “misiones” para las que están “especialmente cualificados”, o poner bajo su protección determinados colectivos, poblaciones o actividades. San Judas Tadeo es patrono de las causas difíciles y desesperadas, a San Antonio lo ponen de cabeza las mujeres solteras para conseguir novio, San Lucas es patrón de los médicos y San Patricio de Irlanda. Recientemente los obispos de México han nombrado oficialmente al Beato Anacleto González Flores patrono de los laicos mexicanos.

Resulta oportuno precisar el término “laico”, pues tiene diferentes acepciones. Así, cuando la Constitución Mexicana dice que “la educación deberá ser laica”, se refiere a que no se debe transmitir ninguna religión. Es un concepto negativo, equivalente a “no-religioso”. Los laicos son aquellas personas que no son religiosas, por no tener un estado de vida definido por la religiosidad, como los sacerdotes y las monjas. Otras veces “laico” toma un cariz anticlerical, pues se utiliza para denotar aquellos que se oponen a toda manifestación pública de fe. Es decir, el laico es el que se opone al hombre religioso, entendido este último no como aquel que tiene un determinado estado de vida, sino simplemente como aquellas personas de fe, que gustan expresarla públicamente, no solo en privado. Por último, “laico”, tiene un sentido teológico preciso: designa a la mayor parte de los fieles cristianos, que no han cambiado de estado de vida por la profesión de los consejos evangélicos (es decir, los votos de pobreza, castidad y obediencia) y tienen una precisa misión en la Iglesia: ordenar los asuntos temporales según Dios; es decir, contribuir a preparar el Reino de Dios en el mundo, a través de su trabajo, su vida social y familiar. O, más simple y llanamente, empeñarse por construir un mundo mejor, a través de sus actividades ordinarias, sabiendo que esa es la misión que Dios les ha confiado en esta vida.

Anacleto es patrono de los “laicos” en el sentido del término apenas enunciado. Se entiende que los laicos forman la inmensa mayoría de los fieles, y su misión es medular en el seno de la Iglesia; “es la hora de los laicos” dirá Francisco, y no le falta razón. La Iglesia, poco a poco, ha ido tomando conciencia de su protagonismo, tras siglos de preponderancia clerical. En ese proceso han existido hitos fundamentales, los cuales han devuelto el papel principal a los seglares, colocando al estado clerical en su sitio: al servicio de Dios, al que sirven en sus hermanos laicos. Piezas fundamentales en esa toma de conciencia han sido San Josemaría, testigo de la llamada universal a la santidad, el Concilio Vaticano II, san Juan Pablo II con su exhortación Christifideles laici, y por último Francisco, con su exhortación Gaudete et exsultate, sobre la llamada a la santidad en medio del mundo.

Ahora bien, ¿quién es Anacleto?, ¿por qué le han dado tan codiciado patronazgo? Fue un seglar, esposo, padre de familia, abogado, escritor y activista político. Destacó particularmente en la lucha por la libertad religiosa en México, desde la época de la revolución mexicana y, especialmente, durante la persecución religiosa de los años 20 del siglo XX. Se le conoció como el “Gandhi Mexicano”, pues organizó la resistencia civil y el boicot económico que mantuvo en jaque al Estado de Jalisco durante la conflagración religiosa. Fue contrario al levantamiento armado de los cristeros, pero aceptó la decisión de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa, colaborando en la logística del movimiento. Capturado, murió mártir de la fe, no sin antes decir: “yo muero, pero Dios no muere, ¡viva Cristo Rey!”

¿Dónde estriba la actualidad de su mensaje?, ¿por qué se le propone como intercesor y modelo? La realidad actual de México es muy diversa de la suya: desde 1992 hay una “Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público”. Sin embargo, México continúa encontrándose dentro de la lista de los países en los que los cristianos son frecuentemente incomodados o limitados a la hora de practicar su fe o expresarla públicamente. No se trata solo de tener un alto número de sacerdotes asesinados, sino de que, con la excusa de la “laicidad”, se termina por limitar la libertad religiosa, de expresión, se descalifica política o mediáticamente a una persona por sus convicciones, o se limita drásticamente el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a su fe.

Pero la actualidad de su mensaje no está tanto en la denuncia de un orden hostil a la libre expresión pública de la fe, cuanto en ser propuesto como modelo para los fieles laicos. En efecto, el más grande “pecado”, de la que es la parte más sustancial de la Iglesia, es el de “omisión”; es decir, no cumplir con la vocación del estado laical en el mundo y la Iglesia: el del abstencionismo suicida. El beato Anacleto, por el contrario, estaba plenamente comprometido con la sociedad de su tiempo, participaba y se esforzaba porque su conducta pública y actividad política fueran plenamente coherentes con la fe que profesaba. Por ser un hombre de una pieza, coherente con su fe, ahora es propuesto como modelo e intercesor para los laicos.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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