Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 29, 2020
  • Siguenos!

Pedro Salinas 

Hay un crucificado que agoniza

en desolado Gólgota de escombros,

de su cruz separado, cara al cielo.

Como no tiene cruz parece un hombre.

Pero aúlla un perro, un infinito perro

-inmenso aullar nocturno ¿desde dónde?-voz clamante entre ruinas por su Dueño.

 “Cero”, Todo más claro.

 Con estos versos culmina “Cero”, la imponente composición dedicada a la bomba atómica en Todo más claro (1949). Es en los últimos libros de Salinas cuando las referencias al Cristianismo se hacen más numerosas o, al menos, más explícitas. De forma un tanto atípica, la inquietud espiritual no surge del miedo a la propia muerte, sino del deseo de una salvación colectiva para el mundo, amenazado por el terror nuclear.

 La bomba increíble (1950) aparece dentro de esta misma línea de rechazo a la guerra y a las armas nucleares 1, a las que se ve como fruto de una sociedad que ha convertido a la ciencia positiva en su único fundamento. En su novela, Salinas construye un país imaginario que, bajo las siglas E.C.T. (Estado Científico Técnico), adora a la ciencia como a un dios.

A ella dedica una impresionante construcción de mármol blanco -la Acrópolis de la Ciencia- que, perpetuamente iluminada gracias a la luz eléctrica, ocupa la colina más elevada de la ciudad.

 En este estado imaginario, se han suprimido de la educación todas las disciplinas humanísticas, por considerarlas inútiles, y la religión se halla marginada de la vida pública, a la espera de que desaparezca en una o dos generaciones.

 De forma paralela, la Constitución del E.C.T. consagra como fin último de su existencia el logro y conservación de la paz.

Por ello “se obliga a sostener el arsenal bélico y el personal militar indispensable a tal fin, y a usarlo sin vacilación y con toda energía cuando el mantenimiento de la paz así lo exigiera 2” (pág. 10).

Es decir, un estado belicista queda transformado en pacifista, merced a la perversión del lenguaje. Este cambio léxico, típico del relativismo moral, acaba afectando a todos los niveles del Estado: Así, ya no existe ejército, sino “Personal de Defensa de la Paz”; tampoco guerras, sino “operaciones dinámicas en defensa de la paz”.

 La pena de muerte ha sido sustituida por la “eliminación científica total”, y así podríamos ir recopilando, a lo largo de las páginas de la novela, el nuevo diccionario forjado por los jerarcas de la nación.

 No extraña, por tanto, que desmontar este juego verbal sea la única tarea del mayor disidente del régimen, Víctor Ensenada, condenado a “reforma perpetua” por sus actividades contra el E.C.T. El primero de sus delitos es la lectura y divulgación de un libro proscrito, la Biblia. Las autoridades, por supuesto, tratan de desautorizar su discurso calificándolo de “sarta de sofismas”:

“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno dicen malo; que hacen de la luz tinieblas y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! 3. Tras de frase tan capciosa, venía una sarta de sofismas. Por ejemplo, que el PDD no era tal, sino un ejército como todos los que habían asolado la tierra; que el “estado dinámico de paz” significaba algo tan horroroso que las gentes tenían miedo a la verdadera palabra que ocultaba: guerra…” (pág. 186).

 Efectivamente, la única resistencia contra el régimen viene del Cristianismo. Éste encuentra su espacio en la Ciudadela, el barrio más antiguo de la capital, donde habitan unas dos mil familias en torno a una docena de iglesias. En ese lugar encontramos a Cecilia, la verdadera protagonista. Se trata de la hija menor de una viuda cuyo hermano, piloto durante la última “campaña dinámica de paz”, fallece debido a un trastorno depresivo después de haber arrasado ciudades enemigas. Tras su muerte “se aferraron las dos supervivientes a su culto; el antiguo culto de la religión católica, tolerado como todos, pero en vías de desaparecer ya”. A pesar de haberse educado “conforme a la pedagogía del nuevo estado”, Cecilia se inclina por la poesía, la literatura y el arte, por lo cual aconsejan a su madre  que la envíe a una “clínica de adaptación social, de las muchas creadas por el Estado” (pág. 83).

Y en este contexto aparece la bomba. De forma inexplicable, un extraño objeto aparece en medio de una sala del Museo de la Ciencia, dedicada a la evolución del armamento.

 Nadie sabe qué tipo de arma es ni quién la ha depositado allí. En un primer momento, las actividades del E.C.T. ocultan el hallazgo, pero finalmente resulta imposible. La conclusión de los ministros es tajante: El estado científico debe investigar el objeto a cualquier precio, incluso detonándolo, a pesar de desconocer su alcance.

Ante las protestas de algunos miembros del gobierno, el profesor Mendía hace el siguiente discurso:

 “¿Perjuicios hipotéticos a los ciudadanos? ¿Qué más desearían los de nuestro país, si algún quebranto les sobreviniera dentro del curso investigatorio, que rendir sus vidas en el altar de la ciencia? Si los cultos bárbaros sacrificaban seres humanos a la superstición, o si el Cristianismo tuvo sus mártires, ¿es que nuestro culto del saber no entregará también los suyos?” (pág. 65).

Sin embargo, y ante el temor a los disturbios, se consulta a los ciudadanos a través de un referéndum si están dispuestos a asumir el riesgo de detonar el misterioso artefacto. Antes de votar, Cecilia y su madre oyen misa en una de las iglesias góticas de la Ciudadela. Es allí donde la joven advierte que el corazón de la Dolorosa tiene la misma forma que el extraño artefacto. Presa de una gran confusión, Cecilia opta por atentar contra el profesor Mendía, sin éxito 4. En la cárcel tendrá sucesivos sueños, protagonizados por las figuras de la vidriera del Apocalipsis -rota en pedazos- y por la imagen de la Dolorosa, ahora privada de su corazón.

Tras el plebiscito, el “objeto X” es estudiado a fondo en una base militar; pero los científicos están desconcertados: la báscula no es sensible a su peso; su forma y color cambiantes no permiten establecer sus dimensiones exactas; no responde a reactivo químico alguno y, golpeado por un percutor, no devuelve vibración alguna. Una realidad ajena a lo mensurable -es decir, algo sobrenatural- suscita diferentes reacciones entre los técnicos. Algunos de ellos dudan ahora de sus convicciones materialistas. Otros, en cambio, no pueden aceptarlo y enloquecen. Es el caso de Mendía quien, en un arrebato de enajenación, asesta siete puñaladas -como las del corazón de la Dolorosa- al “objeto X”.

En ese momento, se inicia el “fenómeno”: de cada “herida” manan chorros de pompas rojizas, acompañadas de gemidos humanos: “cada una añadía un “ay”. Y como no paraban de brotar, de ocuparlo todo y de entrarse por doquiera, el espacio se iba convirtiendo en puro espacio sonoro de dolor, en un pavoroso ¡ay! total” (pág. 156).

 La “zona afectada” por el “fenómeno” se extiende día a día sin que ninguna medida del E.C.T. pueda detenerla ni retrasarla. Ningún ser humano -ni siquiera los sordos- puede resistir la estridencia de los gemidos, y la población entera se retira hacia la costa en un éxodo sin precedentes.

 En medio del caos, los locos y los presos se ven libres de su reclusión, y es ése el momento en que se encuentran Víctor Ensenada y Cecilia Alba. Pronto se les une la doctora Contreras, miembro del equipo técnico que examinaba la bomba y que, al igual que Mendía, ha perdido el juicio.

Sin embargo, en su enajenación ha comprendido el origen del fenómeno: son los gemidos de cuantos fueron “eliminados, permanente o temporalmente” en las últimas “tres grandes operaciones de pacificación” (pág. 218). Pero la exactitud estadística, que le permite fijar el número exacto de víctimas, no alberga ninguna compasión.

Por el contrario, Cecilia parece tener claro cómo enfrentarse al “fenómeno”, y se dirige impertérrita hacia el laboratorio militar donde se encuentra la bomba, mientras toda la población huye en dirección contraria. Ni siquiera Víctor Ensenada es capaz de seguirla y, desfallecido, tiene que detenerse. Sólo ella comprende el sentido de esa misteriosa queja coral:

 “Lo que pedía era la comunión en el sufrir, la dolorida conciencia de que había existido una innumerable humanidad que agonizó y murió por malquerencia de sus hermanos […] Tantas voces ululantes retornaban a su origen, a una sola, la voz clamante del moribundo que a todas las representa: el ¡ay! de Abel (pág. 242-243).

 Iluminada por ese convencimiento, Cecilia se acerca al “objeto X” y lo abraza. En ese momento, las siete heridas se cierran y el gemido cesa. Agotada, la joven se desvanece y tiene un nuevo sueño, en el que la Dolorosa aparece con el corazón restituido en su pecho.

 Llegados a este punto, cualquier explicación resulta superflua. Salinas ha compuesto una parábola muy clara, en la que el materialismo radical, la adoración de la ciencia y la tecnología, sumadas a lo que hoy llamaríamos el relativismo moral, abocan a la humanidad al Apocalipsis. Una destrucción que sólo puede ser detenida por el amor, que aparece como fuerza salvadora. Ahora bien, Salinas, que podría haberse conformado con hablar del amor y la solidaridad en un sentido amplio, ha escogido hacerlo desde una perspectiva espiritual. No ha sido el mero amor humano el que ha evitado el desastre, sino el amor de una protagonista cristiana inspirada por la fe. En otras palabras: en un mundo conmocionado ante las ruinas Hiroshima y Nagasaky, el poeta –al igual que el perro que clama por su Dueño en “Cero”- vuelve los ojos a Dios en busca de esperanza para la humanidad.

 

1 El tercer vértice de este triángulo antinuclear compuesto por Salinas podría ser Caín o una gloria científica (Teatro Completo, Sevilla, Alfar, 1992) en la que un eminente físico prefiere la muerte antes que crear un arma de destrucción masiva. Todas las citas de La bomba increíble están tomadas de la edición de Aguilar, Madrid, 1988.

 2  En una carta dirigida a Jorge Guillén, fechada en marzo de 1951, explica Salinas las enormes reticencias que encontró su novela entre editores y traductores americanos, que vieron en ella una clara alusión a los Estados Unidos. Está recogida por Andrés Soria Olmedo en Pedro Salinas / Jorge Guillén, Correspondencia (1923-1951), Barcelona, Tusquets, 1992.

 3 Isaías, 5, 20. No es una cita especialmente conocida, por lo que debemos suponer a Pedro Salinas una cierta familiaridad con las Escrituras.

 4 Más adelante tendrá ocasión de expresar su arrepentimiento por ese acto, que considerará un terrible error, y que será igualmente condenado por Víctor Ensenada.

Añadir comentario