Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 25, 2019
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Peregrinos y hambrientos de Dios 

Hablamos de una Presencia que no solo ilumina las tinieblas sino que, como si fuese un nuevo éxodo, abre amorosamente las aguas de nuevos mares y ríos que pretenden impedir, y hasta bloquear, sus pasos. Ante tantas maravillas hechas en su favor, va conociendo a Dios como Padre y, como tal, a Él se dirige: “Mi lealtad y mi amor irán con él, por mi nombre se exaltará su frente; pondré su mano sobre el mar, sobre los ríos su derecha. Él me invocará: ¡Tú, mi Padre, mi Dios y roca de mi salvación! (Sl 89,25-27).

A estas alturas, Dios es ya para el peregrino de la fe un verdadero anfitrión que prepara para él un banquete: “Preparas una mesa para mí, me unges con óleo perfumado, mi copa rebosa” (Sl 23,5). Es la abundancia de Dios, la abundancia de la vida dada por el buen Pastor (Jn 10,10) a costa de la suya: “El buen Pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Es la copa de la salvación que se levanta con acción de gracias, aunque en realidad no hay acción de gracias que esté a la altura de lo que Dios hace por los que le buscan. Cojamos de la mano este testimonio insuperable: “¿Cómo podré pagar a Yahvé todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocaré su nombre” (Sl 116,12-13).

Es la abundancia del vino nuevo guardado por el Novio hasta el momento oportuno (Jn 2,10). Signo visible de la Palabra del Padre guardada por el Hijo: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica… Yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra” (Jn 8,54-55).

A continuación nos confiesa el salmista una peculiaridad única de este banquete preparado por Dios para los suyos: es eterno. Se prolonga a lo largo de los días, lo cual es lo más normal ya que Dios no deja nada a medias. Todo lo que tiene un final, por muy maravilloso que sea, es un bien que se queda a mitad de camino de la plenitud. No sucede así con Dios. Su don, su banquete, que a final de cuenta es Él mismo, se prolonga “por días sin fin”.

De este banquete, anunciado proféticamente en numerosos textos del Antiguo Testamento, se habla también, y no pocas veces, en el Nuevo. Entre tantos pasajes, escogemos uno del libro del Apocalipsis que creo tiene un especial encanto por su simplicidad así como por su naturalidad: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Me ha apetecido señalar este pasaje por la intimidad que se refleja en sus palabras. Hagamos un recorrido catequético por ellas. Lo primero que vemos es que el Hijo de Dios está a la puerta no para juzgar sino para amar. Está como amigo, y como tal golpea con sus nudillos la puerta que establece la separación y la distancia. Es un llamar por medio de la predicación del Evangelio, como dice el apóstol Pablo (2Ts 2,14).

No es ya, pues, una llamada exclusiva como fue la que recibieron los patriarcas, jueces, profetas, etc. que jalonaron la historia de fe y salvación del pueblo elegido. En Jesucristo la llamada de Dios no conoce ningún tipo de frontera, alcanza por la predicación del Evangelio hasta los confines de la tierra. Es la fe, el conocimiento del amor de Dios que nace de la predicación (Rm 10,17), y cuya acogida implica, o más bien supone para el hombre, un abrirse a Dios, un confiar en Él. Dios aparece así como digno de confianza porque sus palabras son fiables.

En esta acogida, uno se levanta de donde está y abre la puerta a fin de que entre Dios por medio de su Palabra. Entre en todo lo que este hombre es: lo bueno y lo malo, lo ordenado y lo desordenado, lo que podría enorgullecerle o bien avergonzarle. Nada de eso importa ya; Él le ha llamado, y sabe que poderoso es para hacer de su existencia una luz para el mundo.

Llegamos al culmen del encuentro. Puerta abierta, cercanía del Señor Jesús: el cara a cara. Ambos están aún en el umbral, sobran las presentaciones, los dos se conocen perfectamente. El que huyó conoce al Señor pues sabe bien de quién se alejó. Como cualquier protocolo está de más, el Señor Jesús toma la iniciativa: “Comeré con él y él conmigo, cenaremos juntos”.

Antonio Pavía

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