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Permaneced en mi Amor 
17 de Mayo
Por Mº Nieves Díez Taboada

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».(Juan 15,1-8)

La vid, una plantación habitual en el entorno en que Jesús se movía, se ha  presentado muchas veces en el antiguo testamento como imagen  del pueblo de Israel, “ la vid creció” fecunda y “sus pampanos cubrían los cedros”. (Sal 79, 9-12)  y el mismo Jesús habla en una parábola del  Señor que plantó una vid la regó la cercó y  cuidó amorosamente, y vemos  en el evangelio  otras referencias a ella.

Aquí la Vid es el mismo Jesús y deja claro lo que  quiere decirnos: el que pretenda ser su seguidor tiene que estar unido a él en su vida personal y en  su labor de apóstol  de la buena noticia.  Y nos advierte de que no es posible que haya  fruto si los sarmientos se separan de la vid,  porque caen y se pudren.

Por tanto lo que se nos propone no es solamente  una fe en Cristo como persona, en su vida ejemplar, o la admiración por lo  hermoso de su mensaje. No, es mucho más.  Lo que Jesús nos pide es una unión, una identificación con él como la de los sarmientos, para que pueda extenderse la savia del amor que alimenta y da vida a todo el proyecto cristiano.

Desde lo más íntimo de nuestro ser tiene que producirse este sentimiento de pertenencia, una unión total a esta Vid.

La vida cambia ante esta propuesta del Señor, ya no vivimos  para poseer, para gozar, para sentirnos satisfechos de nuestras obras proyectos y realizaciones.  Ya no soy yo, como dice Pablo, es Cristo que vive en mí.  Sentimientos, ilusiones, deseos estarán ya irremediablemente vinculados a Jesús.

Pero el mensaje es en plural. Jesús mismo aclara la alegoría: “ Si permaneceis en mi amor dareis mucho fruto, porque sin mí no podeis hacer nada.”  “Si permaneceis en mí –repìte- y mis palabras permanecen en vosotros, pedireis lo que deseáis y se realizará” Una consoladora promesa.

“Con esto recibe gloria mi padre,  dareis fruto abudante y sereis mis discípulos”.

¿Cual es este fruto abundante que necesita la unión a la Vid?

Es evidente que el discípulo de  Cristo tendrá que vivir   una vida semejante a la suya, como la vemos en el evangelio. Como Jesús, el cristiano deberá estar dedicado al servicio desinteresado y humilde al hermano, en todas sus carencias y necesidades. Ese cristiano unido a la Vid que vive en Cristo y para Cristo, no puede estar desentendido de los problemas del prójimos que le rodean .   Para ello hace falta que Dios nos transmita la savia de su amor,  a través de la oración y la Eucaristía.

Quizá el mundo que nos rodea desconoce cuales son los auténticos valores cristianos, obsesionado con las prohibiciones morales.  También los cristianos somos, a veces, poco abiertos a este mundo y nos mostramos demasiado eclesiales y leguleyos. Pero el mundo y sus problemas son el fin  para el que los discípulos de Cristo tienen que trabajar, sin considerarse superiores, porque nosotros mismos estamos tocados por la debilidad y el pecado.

Jesús, tras su resurrección, dejó en nuestras manos esta misión de dar continuidad a su redención, luchando por la paz  y la justicia, defendiendo la dignidad y la libertad del ser humano.

Es la posición vertical- horizontal del seguidor de Jesús: ascendente hacia Dios,  en el camino de la vida ascética en Cristo, y así mismo expandido horizontalmente hacia el prójimo, cuyos dolores y necesidades nunca pueden serle ajenas.

 

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