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Pero la excelencia radica en la virtud 

Tres mentes lúcidas —Séneca, en la Edad Antigua; Dante, en la Edad Media; y Cervantes, en la Edad Moderna— coinciden en este punto: la nobleza radica en la virtud, no en la sangre. La bondad, la excelencia no se transmiten por los genes: radican en la virtud, es decir, en la conquista personal de sí mismo que hace posible el amor al prójimo. No es bueno el hijo de aristócratas por el mero hecho de serlo, sino el prudente, el justo, el fuerte y el templado, o sea, el virtuoso. Ya se entiende que la virtud es algo dinámico, que siempre puede crecer, y en lo que hay que comenzar y recomenzar de continuo. Pero no es la sangre, en definitiva, la que nos hace buenos, sino las buenas obras.

En la Edad Contemporánea otros sucedáneos han pugnado y pugnan por sustituir a la virtud como causa de excelencia: la raza, la lengua, el Estado, el bando político (izquierda o derecha), la democracia, la sexualidad. Sí. Para unos hay razas superiores; para otros, la propia lengua posee una sublimidad casi sacra, que, como el rey Midas, convierte en oro lo que toca; para muchos, el Estado y lo público son el ámbito de lo justo frente a la oscura mezquindad de lo privado. Por lo demás, la bipolaridad izquierda-derecha se emplea para demonizar a unos y angelizar a otros. La democracia, en fin, no como participación en la cosa pública, sino como religión y moral, se transforma en un dios mundano que santifica al servidor y condena al crítico. Finalmente, la exaltación de la libido, la reducción del cuerpo a reclamo sexual se presentan como sello de lo que en otro tiempo era la distinción nobiliaria.

Por el contrario, la excelencia se encuentra en la virtud. Solo las buenas obras hacen buenos o en vías de serlo a hombres y mujeres. La raza, la lengua, el funcionariado, ser de izquierdas o de derechas, votar religiosamente o la decisión de cambiar de sexo no garantizan la honestidad. Se puede ser todo eso y, a la vez, un perfecto indeseable. No, en cambio, puede suceder así con la virtud. No se puede ser prudente, justo, fuerte y templado y, al mismo tiempo, mala persona. No es posible. Pueden tenerse defectos y pueden perderse en todo o en parte las virtudes; pero, el virtuoso es, en el buen sentido de la palabra, bueno.

El ser humano no es fragmento de placas que chocan entre sí en el curso de la historia, ni miembro de una manada; no pertenece a una raza que, más fuerte, se sobrepone a otras; no es un soporte del Estado; no es un hablante santificado por su lengua; no es un elemento del partido a la cabeza del progreso; no es sensato ni justo por el hecho de votar. No. No es eso. No es solo eso, no es, sobre todo, eso. Es un ser racional y libre, que vive ante el dilema de la prudencia y la imprudencia; de la justicia y la injusticia; de la fortaleza, la temeridad y la cobardía; de la templanza y la intemperancia.

Somos buenos, malos o regulares por nuestras buenas, malas o regulares obras. Somos excelentes o execrables por nuestra conducta, que puede ser racional o irracional. Somos responsables: no completamente responsables, pero tampoco completamente irresponsables.

La ideología de género —marxismo aplicado a la diferencia sexual (ya nos conocemos)— presenta como conquista la supresión de la identidad sexual “recibida” y propugna la sexualidad “decidida”. Pero se sea hombre, mujer, heterosexual, homosexual o transexual, no se es “excelente” o “bueno” por eso. Como no se es “excelente” o “bueno” por ser rubio, moreno, o pelirrojo; alto o bajo; calvo o peludo; escuálido o protuberante. La excelencia no radica en la corporalidad, sino en la “gestión” de lo corporal, o sea, en las obras. Un cuerpo lacerado, mutilado y avejentado puede reflejar un maravilloso ser humano.

La excelencia radica en la virtud, y la virtud, como repite Séneca, es camino de felicidad; felicidad que no cae del cielo por nuestra raza, identidad cultural, Estado, partido o sexualidad. La felicidad será consecuencia de nuestras buenas obras, de nuestras virtudes, o no será.

Todos los sucedáneos de la virtud menosprecian a la persona humana, a la persona concreta que es inteligente, libre, pasional. Los sucedáneos entregan al hombre en manos del grupo. Son darwinismos materialistas, deterministas. Frente a ese monismo, frente a ese gregarismo, zoologismo… repetimos con Séneca, con Dante, con Cervantes: Sí. Somos libres. Somos artífices de nuestro destino. Podemos obrar bien, ser virtuosos, ser felices…

La Biblia abona la percepción de Séneca, Dante y Cervantes. Dios creó a un hombre y a una mujer; los creó a su imagen, libres y responsables. Dios no creó un colectivo. Y en el Evangelio se ensalza y se condenan las buenas y las malas obras (tuve hambre y me diste o no me diste de comer); no la raza, ni la condición sexual, ni el bando político, ni los convencionalismos sociales… “Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre, no el comer sin haberse lavado las manos” (Mt 15,19-20). En el interior del hombre se gesta el bien y el mal, la virtud y el vicio, la excelencia y la corrupción.

Séneca, Dante y Cervantes contrapesan los colectivismos, determinismos y zoologismos contemporáneos, esa imagen del hombre como grupo de simios liberado por el iluminado de turno. Y nos recuerdan qué bella y alegre es la virtud.

Antonio Barnés

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