Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 17, 2019
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Perseguidos por causa de la Justicia 

Hacía tiempo que no quedábamos con mi amiga Lucía y su marido… ayer nos juntamos las dos familias con su respectiva prole (trece chavales en total) y pasamos la tarde del viernes en el parque Juan Carlos I, aquí en Madrid.

Al principio nuestros hijos mayores se mostraron reacios al “plan”. No les apetecía pasar la tarde con niños más pequeños que ellos; con padres que “hablan de sus cosas”…, aburridos, teniendo en casa el ordenador, la consola, la tele, etc.

Vinieron obligados, pero se les pasó el mosqueo en cuanto vieron las tirolinas, las bicis, la pirámide de cuerdas… el tren (gratuito) que recorría todo el parque…

Lucía y yo hablamos largo y tendido de nuestras cosas… Ella es profesora de instituto, y me contó algo de su vida personal que yo desconocía: lleva varios años en un Instituto de Toledo donde sus compañeros le hacen la vida imposible.

—Estoy sometida a una presión muy fuerte. No te digo más que el primer día que pisé ese Instituto tenían planeado repartir preservativos entre los alumnos; alumnos que en primero de ESO tienen doce años. Naturalmente, me opuse.

La mayoría de los profesores son de ideología de izquierdas, bastante radicales y manipulan a los chavales descaradamente.

—En el consejo escolar he mostrado mi postura discrepante en varias ocasiones. Ellos me dicen que hago proselitismo; pero, sencillamente, lo que hago es no seguirles el juego.

Mi amiga es creyente, católica para más señas, y claro, una no se quita el traje de cristiana, y se pone el de profesora de instituto público así como así. La condición de cristiano abarca todas las facetas de la vida, también la laboral; así que la entiendo perfectamente. Hay circunstancias por las que no se puede pasar de puntillas.

Lucía no es una persona visceral, esto lo digo, para los que ya la estén tachando de “retrógrada”; lo que ocurre es que a veces la verdad, que nos hace libres, también nos cierra puertas.

Creo que los cristianos tenemos derecho a expresar nuestra forma de entender la vida, tenemos no sólo el derecho, sino también la obligación de proponer otra forma de ver las cosas, según Jesucristo.

Y esto se puede hacer (o se debería poder hacer) en un Estado aconfesional como el nuestro, que no laico, como dicen algunos.

En democracia se deberían aceptar de buen grado todas las propuestas, también las que vienen de parte de los cristianos, que no tendrían que ser perseguidos, vilipendiados o ignorados desde las instituciones públicas, sencillamente, por mostrar su forma de concebir el mundo.

Mi amiga es profesora de filosofía, y se está jugando su puesto de trabajo, por ofrecer a sus alumnos una esperanza.

—Yo como profesora trato de abrirles la mente, el pensamiento, que razonen, que conozcan; que valoren lo que es la persona humana, que se valoren a sí mismos, que conozcan a los distintos filósofos de todos los tiempos, cómo se acercaron ellos a la gran pregunta: ¿Existe Dios? ¿Por qué estoy aquí?

Pero me encuentro con la irracionalidad, con el pensamiento dominante, con el desprecio.

—¿Y no hay nadie, ningún profesor que te apoye?

—Ninguno. Hay algunos que no están de acuerdo con estos otros; pero les siguen la corriente, no quieren ser señalados; temen perder su puesto de trabajo, su consideración personal.

Yo lo he pasado muy mal: casi me cuesta una enfermedad. Ahora, antes de ir a trabajar, me pongo todos los días “la malla y el escudo”: es una lucha continua; pero de este Instituto no me voy, mis alumnos me respetan, me aprecian, saben que trabajo mucho por ellos, les he organizado conferencias, he traído personajes de primera fila al Instituto, me preparo las clases a conciencia. Sinceramente, creo que tengo una misión que hacer allí, la de ser luz en medio de la oscuridad., y no puedo defraudarlos.

Tras escuchar todo lo que me decía, y cómo le habían hecho el vacío, me acordé de las palabras del cardenal de Perú, don Luis Cipriani, quien señalaba en una entrevista reciente:

“El Papa Benedicto XVI, al igual que Juan Pablo II, ambos en diferente modo, están llamando a todos, cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y, por supuesto, laicos, a no tener miedo a lanzarnos a ese martirio de la cruz: la cruz del que no tiene miedo de afirmar la verdad en el trabajo, en la política, en la economía (…).

Necesitamos santos, que, caminando por las calles y dirigiendo sus familias, y trabajando en los oficios más humildes o siendo grandes economistas o políticos, irradien una luz tan fuerte, su sal sea de tal sabor, que volvamos a ver esa primavera de la que nos hablaba Juan Pablo II, de hogares, de escuelas.

No es una utopía, es una posibilidad al alcance de la santidad. Si no tomamos la decisión de ser santos, no entenderemos el mensaje de San Pablo”.

Mi amiga creo que ha tomado la decisión firme de ser santa, y yo la respeto por ello.

“Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos será el reino de los cielos”.

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