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Perseverar   
25 de noviembre
Por Valentín de Prado

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”». (Lc 21,12-19)


En el evangelio de hoy, que es la continuación del discurso iniciado estos últimos días antes de la finalización del año litúrgico, Jesús enumera una señal más que acontecerá a sus discípulos: la persecución, la cárcel y el odio por parte del mundo. Pero a la vez, también, la esperanza a no perder la fe en Dios, ni el valor para resistir contra los embates y persecuciones porque al final “ganaréis vuestra vida”.

Varias veces, en los  años que Jesús pasó entre nosotros, avisó a los discípulos que iban a ser perseguidos. Aquí repite lo mismo. Ahora bien, los dolores de parto, aún siendo muy dolorosos para la madre, no son señal de muerte, sino de vida. ¡No son motivos de temor, sino de esperanza! ¡Dios está con nosotros! Jesús no solo describe lo que sus seguidores tendrán que sufrir, sino que ofrece la seguridad de que los apoyará y estará junto a ellos, incluso  siendo él mismo en su cuerpo y en su vida, como acontece a San Pablo cuando perseguí a los cristianos: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Yo respondí: “¿Quién eres, Señor?”. Y me dijo: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues” (Hch 21,6-10).

Jesús no promete que la vida será fácil para sus discípulos… El cristiano ama la vida y todos los dones recibidos de Dios, pero es consciente del  bien supremo. Así lo han comprendido los mártires de toda la historia de la Iglesia, esos hombres y mujeres que fueron capaces de dar su vida con tal de ser fieles a Cristo. Hoy están sucediendo persecuciones similares en muchas partes del mundo y esto es motivo de gran preocupación y sufrimiento, pero la fe y la esperanza nos hace creer que  las lágrimas llevan a la madurez en la fe y que el triunfo del mal no es definitivo, más bien al contrario,  “es semilla de nuevos cristianos”.

Pero la fe y la esperanza en  Dios no se manifiestan solamente en los casos excepcionales. Todos los cristianos necesitamos ejercitarnos en la virtud de la fortaleza, de la fe y la esperanza, en la vida ordinaria… Tantas veces y en tantas ocasiones en que esta se hace difícil y llena de cruces, estas virtudes nos ayudan a superar los obstáculos, y cuando no es posible hacerlo, nos brinda la capacidad de resistencia para soportar las dificultades y sufrimientos.

En esta última semana del tiempo ordinario, la Palabra nos deja un mensaje esperanzador y la certeza plena para aquellos que estamos llamados a ser testigos y mensajeros de la resurrección de Jesús: “Ni un cabello se les caerá de la cabeza”. ¡Él estará siempre con nosotros hasta el fin del mundo! La certeza de esta Buena Noticia es la que nos mueve a ser firmes en la fe y a seguir construyendo su reino, en medio de la desilusión y el sufrimiento, en medio de la incomprensión, de la burla y del cansancio.

El Papa Benedicto XVI nos decía en su encíclica Spe Salvi: «…la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, solo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando “hasta el extremo”, hasta el total cumplimiento… » (Spe Salvi 27).

Valentín de Prado

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