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¿Podemos caminar sin fatiga? 
19 de Julio
Por Tomás González aa.

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (San Mateo 11,28-30).

COMENTARIO

“Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados que yo os aliviaré”.

Palabras misteriosas estas que pronuncia Jesús. Como dice san Agustín: “Si yo no puedo estar sino en ti, ¿de dónde puedo ir a ti? ¿De dónde me llamas para que vaya a ti?”  Agustín parte del hecho de que Dios está en mí. Pero ha de reconocer que él no estaba en Dios porque no estaba en sí mismo sino fuera. “Estaba fuera de mí y lejos de ti”

Por eso necesita escuchar la llamada: Venid a mí, los cansados y agobiados.

¿Qué es lo que cansa? Caminar lejos del Señor.

¿Cómo puede ser eso? Caminar lejos del Señor es buscar la felicidad lejos de su voluntad. No cansan tanto las ocupaciones, las fatigas de la vida, como realizarlas lejos de la voluntad del Señor.

Dios nos creó para amar y ser amados, o mejor dicho, para ser amados y amar en respuesta. Nuestra energía se gasta, se dispersa cuando buscamos la felicidad en hacer nuestra voluntad, lo que nos place, sin tener en cuenta si es para eso para lo que estamos hechos. Porque nuestra voluntad está desgarrada, queremos y no queremos, es como un cesto agujereado para transportar el agua.

Venir a Jesús es retornar a nuestro centro. “Todo fue creado por él y para él y todo se mantiene en él” (Col. 1, 16).

De otra manera nos lo dice san Juan: “Cuando yo sea elevado atraeré a todos hacia mí” (Jn, 12,32).

Ir a Jesús, es, pues, ir a nuestro centro. Y cuando uno está bien centrado la fatiga es menor. Querer lo que él quiere, amar lo que él ama, gozar con lo que él goza. Así podemos caminar sin fatiga, porque el peso lo lleva él por nosotros.

“Mi yugo es suave y mi carga ligera”. El yugo y la carga son las cruces que nos toca llevar. Ay cruces pesadas, imposibles para nosotros, pero llevadas cerca, a la sombra de Jesús, se tornan suaves y ligeras. ¿Cómo?

Una cruz con sentido, es decir, sabiendo por qué y para qué, se torna llevadera. Insoportable cuando no tiene sentido.

¿Qué diferencia a mi cruz y la de Jesús? Él sabía por qué y para qué la llevaba. Su cruz era nuestra cruz, a de toda la humanidad que no puede llevar.

“Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus cardenales hemos sido curados” (Is. 53,4-5).

“Como un cordero llevado al degüello era llevado, y como oveja ante los  que la esquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is. 3, 7).

“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.

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