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Por amor nos quiere abrir el Cielo 
06 de Junio
Por Ernesto Julía Díaz

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» Jesús les respondió: «Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados» (San Marcos 12,18-27).

COMENTARIO

El Señor durante su estancia en la tierra ha querido vivir y palpar hasta los mínimos detalles de la miseria humana, para abrirnos la perspectiva de nuestra mirada a la Vida Eterna.

Los saduceos no creían en la resurrección final de los muertos. ¿Qué les puede importar si los muertos se casan o no se casan? Salvadas todas las distancias, estos hombres son como algunos ateos de hoy que se preguntan porque Dios puede permitir el sucederse de muchas tragedias y desgracias.  ¿Por qué plantean esa pregunta a alguien que, según ellos, no existe?

Jesús tiene paciencia, y en su afán de abrir el alma de aquellos hombres, y de nosotros mismos, a la realidad de la vida eterna y de la grandeza humana y sobrenatural de la familia, acoge con serenidad la pregunta.

El Señor quiere servirse, y de hecho se sirve, de cualquier circunstancia para ampliar el horizonte de nuestra inteligencia y de nuestra comprensión de sus planes sobre el hombre: por amor nos creó y por amor nos quiere abrir el Cielo después de vivir nuestra muerte en la tierra.

“¿No estáis equivocados por no entender la Escritura ni el poder de Dios?”

¡Cuántas veces nos sucede esto a nosotros! No descubrimos el amor de Dios escondido en los acontecimientos más naturales que nos suceden cada día; no vislumbramos ese amor y ese anhelo de Dios de vivir con nosotros, en nosotros, en situaciones más difíciles y comprometidas en las que nos podemos encontrar; y mucho menos descubrimos ese Amor de Dios escondido en las alegrías y en las penas de nuestro vivir familiar.

Jesús invita a los saduceos a elevar la mirada:

“Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán, ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán cómo ángeles del cielo”.

El Cielo no es la continuación de la vida en la tierra. Los esposos, en el momento de unirse en matrimonio, se han prometido fidelidad “todos los días de su vida” en la tierra; y vivirán esa fidelidad y unión “hasta que la muerte los separe”. En la vida eterna ya no se dará ninguna de las situaciones que hemos vivido en la tierra. La unión con los seres queridos no será ya una unión matrimonial. Será unión eterna de vida con Cristo, en Dios. Las imaginaciones y cualquier ensueño que nosotros podamos engendrar en nuestra mente, jamás nos acercarán a la realidad de esa Vida Eterna.

En el evangelio de la Misa de hoy, Jesús no hace referencia a toda la perspectiva de Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, que configura la plena realidad de esa vida sin fin.  El Señor se limita a llamarles la atención para que no pierdan de vista que la vida del hombre no se termina en la tierra; y para abriles la mente a la verdad de la resurrección:

“Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, en Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados”.

La muerte es una realidad que nos encontramos con relativa frecuencia a lo largo de nuestro vivir. En ocasiones nos podemos obsesionar con el pensamiento de nuestra propia muerte. Como la muerte es fruto del pecado, si morimos al pecado, de alguna manera morimos también a la muerte; y ya nuestra vida está “escondida con Cristo en Dios”, con Cristo vivo en la Eucaristía.

Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2, 9), nos recuerda san Pablo.

La Virgen Santa María ya ha resucitado y, en su Cuerpo Glorioso nos espera a sus hijos en el Cielo. El matrimonio es unión en la tierra de hombre y de mujer; y también un camino de unión con Dios en la tierra, un camino de santidad que abre las puertas del Cielo.

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