Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, diciembre 17, 2018
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¿POR QUÉ VA MAL EL MUNDO? 

Dos viejos monjes, cisterciense uno, el otro monje de Cluny, comentaban entre ellos a mediados del siglo XI, preguntándose ¿por qué el mundo andaba mal? “Por la concupiscencia” –repuso decididamente Pedro de Cluny–. “No basta, Pedro –respondió Esteban de Citeaux–, cuando una torre se desploma no hay que mirar las paredes sino los cimientos; cuando se amustia una planta, no hay que fijarse en las hojas sino en las raíces. Lo mismo sucede con el mundo. Muchas cosas van mal y las atribuimos al orgullo, el afán de poder, o a toda clase de concupiscencias. Pero la raíz de todos estos males es la falta de fe”. “Pero, ¿cómo puede ser, Esteban?, estamos en la época de la fe, –replicó Pedro–. “Así se dice, pero es una ironía… Si los cristianos tuviéramos verdaderamente fe”, ¿se estaría dando la apostasía que se está produciendo hoy en la vieja cristiandad? “La verdad es que la gente no cree realmente en aquello que dice que cree”.

Es la pregunta que debemos hacernos nosotros hoy día: ¿Creemos realmente?, ¿está nuestra vida centrada exclusivamente en Cristo? Cuando era joven, estando en el seminario, me hacía algunas preguntas que me dejaban perplejo: “¿Por qué, si lo hemos dejado todo por Cristo, nuestra vida no es significativa?, ¿por qué la gente no se siente admirada y atraída por nuestra forma de vida?”

Volviendo a nuestros dos monjes, Pedro se preguntaba: “Es cierto, ¿estoy yo verdaderamente al servicio de Dios? Cuando rezo la Liturgia de las Horas, ¿estoy haciendo lo que hacen los ángeles en el cielo?, ¿y cuando celebro la Eucaristía?”. “La gente no cree en el primer mandamiento –continuó Esteban sacándolo de sus cavilaciones– necesitamos vivir la tremenda verdad que la gente considera tan superficialmente. Dios nos ha creado para la adoración. ‘Que nada se interponga en la obra de Dios’, decía san Benito, y la obra de Dios para nosotros, creados al sexto día, es la contemplación y la adoración”.

¿Por qué nos ha creado Dios? Para ser amados y poder, así, amar; para recoger la invitación divina a entrar en el divino juego de la creación. Este es el primer mandamiento. Como decía san Ireneo: “Hemos sido creados para la gloria de Dios, y la gloria de Dios es que el hombre viva”. Lo que realmente hace que el mundo quede estupefacto –como me preguntaban en mis años jóvenes– es el ardor sincero de la fe. Así fue en los primeros siglos –aunque también hubo debilidades y pecados. Basta pensar en las cartas de san Pablo, en las del Apocalipsis o en el problema de los “lapsi”–. Pero el mundo quedó admirado de que la gente vivía la fe que profesaba. Y la fuente de esa fe, que se traducía en amor, es la inmensidad del amor de Dios que se nos ha mostrado en la cruz de Cristo. Los cristianos son amantes o no lo serán. El secreto de la vida cristiana está en Cristo, en que Él me ha amado y se ha entregado por mí, como dijo Pablo. De este modo, podemos entender aquellas palabras: “Cuando sea elevado a lo alto, sabréis que yo soy”, y sus complementarias: “Cuando sea elevado a lo alto, atraeré a todos hacia mí”. Es necesario que prenda ahora en nosotros la llama del amor de Cristo. Entonces, y sólo de ese modo, el mundo irá un poco mejor.

Concluyendo con  la conversación de nuestros dos viejos monjes, el de Cluny terminó por entender el secreto de Citeaux: “Vuestra iglesia mira hacia el Oriente, así que vuestro rostro está vuelto hacia donde sale el sol, hacia el sol de justicia, hacia el Hijo de Dios; por eso estáis plenamente absortos en Dios, fijos en Cristo Jesús… Citeaux está orientado hacia Dios”.

Mientras nosotros mismos y nuestros feligreses no estén “orientados hacia Dios”, no podemos sentirnos satisfechos. Y no vale decir que no hay que exagerar y que hay que obrar con moderación. En Cristo hay poco de moderación y mucho de radicalidad. Lo mostró en el discurso del pan de vida y lo demostró en el Calvario. Cristo nos pudo redimir con una sola gota de su sangre, pero murió completamente desangrado, ¿y todavía podemos seguir predicando moderación? El mandamiento de Cristo va dirigido a todos sus seguidores, y el evangelio  no distingue entre mandatos y consejos, porque todos –clérigos y laicos, célibes y casados– estamos llamados a la perfección del Padre, que es la misericordia. Si pudiéramos vivir de ese modo, y podemos con la gracia de Dios, si las pasadas generaciones cristianas hubieran vivido de ese modo, hoy día el mundo tendría otra cara, no estaría inmerso en la angustia y la desesperanza; si pudiéramos vivir como cristianos habría esperanza para esta generación, si pudiéramos ofrecernos como víctimas cargando, como Cristo, con el pecado del otro, para quitar el pecado del mundo, si pudiéramos. Pero, “todo lo puedo en Aquel que me conforta” y si “para el hombre es imposible, no para Dios, Dios lo puede todo”. Basta que lo creamos y lo acojamos pues, somos cristianos no por lo que hacemos sino por lo que recibimos.

Para que esta generación pueda tener vida, hemos de predicar el Evangelio en su totalidad, sin dejar de lado los temas impopulares, ni hacer componendas con el mundo. Cristo no lo hizo; nosotros no debemos hacerlo si queremos serle fieles. Hay una palabra del evangelio a la que hemos prestado poca atención, pero que resulta imprescindible para poder seguir a Cristo. Él nos ha dicho: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y servirá al otro o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero” y, “cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Cualquiera que se reserve un “bien” es un poseedor, y todo poseedor, por el hecho de serlo, se convierte en un asesino, ya que si alguien pretende apoderarse de sus bienes, los deberá defender matando, aunque sea en su corazón, al invasor. Los poderosos de este mundo encienden guerras por defender unos derechos, sean dinásticos o buscando un espacio vital, o pretendiendo lavar afrentas anteriores. Lo mismo hace cualquiera que posea riquezas que salvaguardar. Cristo, en cambio, se despojó de cuanto tenía; siendo Dios no retuvo ávidamente su divinidad, no defendió sus derechos, sino que se anonadó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo ha exaltado y lo ha puesto por encima de todo nombre, de modo que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para la gloria del Padre.

Es el camino para la vida, no hay ninguno otro, ni se pueden buscar atajos.

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