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Porque sin mí no podéis hacer nada… 
13 de Mayo
Por Jeronimo Barrio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos» (San Juan 15, 1-8).

COMENTARIO

Siempre que reflexiono sobre estas palabras de Jesús no puedo evitar mirar el mundo que me rodea, repleto de actividades y proyectos, muchas veces magníficos y realizados completamente al margen de Dios. El mundo entero es una gigantesca actividad humana en su inmensa mayoría ajena a Cristo. ¿A qué se referiría entonces Jesús con esa expresión: “sin mi no podéis hacer nada”?, porque lo cierto es que se hacen muchas cosas sin contar con El.

La conocida parábola de la vid y del sarmiento nos invita a reflexionar sobre todo esto.

El sarmiento unido a la vid pero que no da fruto representa a ese individuo, oficialmente católico y por lo tanto unido en teoría a la vid por el bautismo, educado en valores cristianos, incluso de misa dominical,  pero que en su vida cotidiana no sabe, o se le olvida, que está unido a esa vid que es Cristo y que en su frenética actividad cotidiana sus obras empiezan y terminan en él mismo y no en el Señor. Cree que esas obras brotan de su savia, por su esfuerzo personal y por sus propios méritos. Produce muchos frutos, pero no son en Cristo, son simplemente frutos de el y para el. Puede sentirse cristiano ideológicamente hablando pero a la hora de obrar, de convivir de trabajar y de actuar, no tiene en cuenta realmente su fe, no vive en Cristo.

¿Cuánto tiempo de nuestra vida vivimos así, desconectados de la vid? Disfrutando de nuestras propias uvas, que nos parecen suculentas porque además son nuestras y eso hace que sepan mejor…

Todos hemos vivido y vivimos aun en esto. Ese sarmiento será arrancado, dice el Señor. Cuidado con esa actitud de sarmiento autónomo, puede acabar definitivamente en el suelo de la viña y no darnos ni cuenta.

Pero quien no se olvida de su fe en su quehacer cotidiano, quien se esfuerza por vivir unido al Señor en cada instante y siente que su vida y sus talentos dependen de la vid de la que brota, reconoce que su vida al pleno depende de esa unión a la vid. De ese modo de ver la unión con Cristo brotan frutos: las obras cotidianas. Y así se vive en Cristo la profesión, el matrimonio, la amistad, el ocio, las responsabilidades sociales, la educación de los hijos y hasta poner un clavo en la pared. De esa permanente unión con la vid, trabajada en los sacramentos y la oración constante, surgen los frutos que son obras de amor en Cristo en cada uno de esos ámbitos.

¿Cómo puedo saber si estoy o no unido a la vid del Señor, si mis frutos son de Dios o son sólo míos, de mi cosecha?

Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mi lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que de mas fruto

Esta es la respuesta. Claro que podemos dar muchos frutos, y hacer cosas maravillosas a los ojos del mundo e incluso objetivamente buenas, pero si no están hechas en unión con Cristo, no son de El, son del mundo, o peor aun, son solo mías. La poda es el sello de que soy un sarmiento unido a la vid verdadera. La poda me obliga a aceptar que muchas veces mis esfuerzos diarios por hacer las cosas bien, no dan frutos aparentes o no son visibles o no son aplaudidos. La poda me hace contemplar como lo que hice un día bien se derrumba y se me pide que empiece de nuevo con el mismo espíritu y redoblado esfuerzo para conseguir mayores frutos aun, frutos de virtud interior. Esa es la viña del Padre, es una viña de frutos para la vida eterna no para el mundo y sus resplandores. Por eso Cristo dijo con toda claridad: sin mí no podéis hacer nada…

Sin Cristo claro que se pueden construir imperios, grandes obras y gigantescas empresas, pero no son frutos ni obras de Dios, empiezan y terminan en este mundo. A Dios no le hacen falta esas uvas. Todo lo que Dios nos pide hacer, los frutos que espera son para la eternidad. Sólo lo que hacemos unidos a la verdadera vid, tiene un auténtico valor, aunque a los ojos del mundo sea insignificante o incluso ridículo, porque esas pequeñas acciones son los verdaderos frutos para la vida eterna que el padre quiere cosechar en su viña.

Si pretendemos y nos empeñamos en vivir la cotidianidad al margen de nuestra fe no podremos alcanzar a comprender que cada acción diaria en nuestra vida, desde la más pequeña e insignificante, a la más notoria, tiene valor de vida eterna y es un fruto de los que Jesús habla en esta parábola.

“Sin mi no podéis hacer nada…”, nada de lo que realmente importa de cara a la eternidad. Sin Cristo, se pueden hacer muchas cosas pero al final todas ellas acabarán y solo fueron eso, frutos limitados que se comen y sarmientos que se echan al fuego. Tienen un fin porque brotan de una cepa propia, son cosecha del mundo no de Dios.

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mi y yo en el ,ese da fruto abundante…”

Pues adelante. ¡Permaneced en Cristo!

Yo creo que está muy claro…

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