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Predicaban y curaban enfermos 
06 de Febrero
Por Ernesto Juliá Díaz

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. y decía:
«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban (San Marcos 6, 7-13).

COMENTARIO

“En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”.

¡Maravillosa lección la que el Señor quiere darnos a todos los cristianos, a todos los creyentes en Él, en el evangelio de hoy!   Estas palabras seguirán vigentes a lo largo de los siglos, hasta que el Señor ponga fin a la aventura del hombre sobre la tierra.

Jesucristo prepara a los apóstoles para que cuando Él resucite y suba al cielo, ellos puedan seguir la misión que Él ha venido a realizar en la tierra: que todos, mujeres y hombres, “tengan vida (la Gracia de Dios) y la tengan en abundancia” (Jn 10. 10). y cuenta con ellos, y también con cada uno de nosotros según nuestro estado, para llevar a cabo esa misión.

Cristo dio poder en esos momentos a los Apóstoles sobre “los espíritus malignos”, sobre el demonio, en definitiva.  En la Última Cena les dará la Gracia de ser sacerdotes y el poder de perdonar, en su nombre, los pecados. A cada uno de nosotros nos da la gracia de participar en esa labor sacerdotal y podamos, así, ayudar a amigos y conocidos para que se acerquen al sacramento de la Reconciliación, pidan perdón de sus pecados, y se alegren recibiendo el perdón; y con el perdón el Amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

“Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”.

Todos, sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, podemos desanimarnos al  meditar sobre la inmensa grandeza de la misión que Cristo ha puesto sobre nuestros hombros, sobre nuestro corazón, y las dificultades que podamos encontrar al llevarla a cabo.

La indicación de no confiar en sus fuerzas, en sus proyectos, en sus capacidades, está muy clara. Y también nosotros hemos de procurar llevar a la práctica de cada día ese buen consejo del Señor: confiar en Él, en su ayuda; y no solamente en nuestras propias fuerzas.

“Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”.

Los doce invitan a la gente a arrepentirse. Disposición previa para recibir la gracia de Dios, y para que esa gracia caiga en terreno bueno, dispuesto a germinar y dar fruto. Si no somos conscientes de nuestros pecados, del mal que nos hacemos a nosotros mismos, al amor de Dios en nosotros, tampoco nos podremos darnos cuenta del amor con el que Cristo muere en la Cruz por nosotros.

En la Iglesia todos somos apóstoles, todos somos mensajeros de Cristo para transmitir a quienes encontramos en el caminar de nuestros días el mensaje de perdón y de misericordia que el mismo Dios hecho hombre, Jesucristo, ha traído a la tierra.

¿Qué enfermos podemos curar los cristianos, las mujeres y los hombres de Fe, de Esperanza, de Caridad?

A los tristes y abatidos por las dificultades que se han podido encontrar en su vida, porque el camino del vivir se hace muy cuesta arriba, no pocas veces a lo largo de los años. A los pobres de espíritu y enseñarles a rezar, a dirigirse con plena confianza a Dios, sabiendo que es un Padre amoroso, que se alegra de “estar con los hijos de los hombres”, y que nos acogerá siempre, como el padre del hijo pródigo.

Al encontrarnos con esas personas, el Señor nos invita a recordar sus palabras: “Venid a mi todos los que estéis agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11, 28-30).

La Virgen Santísima estará siempre a nuestro lado, y también nuestro Ángel de la Guarda en todo el palpitar de nuestro vivir cristiano, y nos darán la alegría de transmitir el “buen aroma de Cristo” en nuestras familias, con nuestros amigos, a nuestro alrededor.

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