Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, junio 19, 2019
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Predicar con el ejemplo 

«En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito y, cuando lo conseguís, lo hacéis digno del fuego el doble que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: “Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga”? ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro? O también: “Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga.” ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? Quien jura por el altar jura también por todo lo que está sobre él; quien jura por el templo jura también por el que habita en él; y quien jura por el cielo jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él”». (Mt  23, 13-22)

 
Pedro Estaún
 

La misión de los escribas y fariseos consistía, en buena medida, en orientar a los judíos en la interpretación de la Ley y marcarles el modo de seguirla y, lógicamente, ellos deberían ser un modelo. Les correspondía ser los primeros en vivir lo que predicaban para, de este modo, tener autoridad para exigir a los demás. Pero estos hombres no se aplicaban sus propias palabras: exigían sin exigirse a sí mismos, y esto era manifiesto ante los demás. Jesús, conocedor profundo no sólo de los hechos externos, sino también de las intenciones, les desenmascara y manifiesta abiertamente la realidad de su cínico comportamiento, y lo hace con un reproche, el más duro que el Señor hace de de los fariseos y el más tremendo que sale de sus labios: han cerrado el camino a aquellos que tenían que guiar. Ni pasan ellos, ni dejan pasar.

El Señor pone al descubierto toda la falsedad de esas prácticas farisaicas. Señala aquí con claridad la diferencia entre una adoración viva y personal a Dios y un culto vacío y deformado, basado en hechos externos, a la vez que una exigencia sin caridad. El Señor pone al descubierto un aspecto de su fariseísmo: gran celo por fuera y despreocupación por los hermanos de la fe. Es un culto sin piedad, sin amor. Hay una palabra que Jesús repite con fuerza: ¡Ciegos! Ciegos para sí y ciegos para los que tenían que guiar.

Este reproche podría ser igualmente actual y aplicable a muchos de los cristianos de hoy, para muchos de nosotros. Los hombres continúan necesitando guías para llegar a su Tierra Prometida y esos hombres hemos de ser, en muchas ocasiones, nosotros. Hay muchos desorientados junto a nosotros y nos corresponde a los que nos tomamos en serio la vida cristiana, orientarles. Suenan duras aquellas palabras del Deuteronomio: Hemos estado dando vueltas alrededor de la montaña, perdidos por el desierto, sin rumbo ni dirección. Uno de los compromisos de los bautizados es el de ser guías de otros muchos que andan desorientados sin encontrar sentido a su vida. Cada cristiano tiene el cometido de abrir camino a otros, porque “la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado, nos recuerda el Concilio Vaticano II (Decreto Apostolicam actuositatem, nº 1).

Y esto es el apostolado: abrir camino, despejar obstáculos, descubrir nuevos horizontes a las personas a las que se trata habitualmente, pero hemos de ser nosotros los primeros que vivamos lo que tratamos que los otros vivan. Las gentes se fijan más en los ejemplos que en las doctrinas. Hemos de predicar con el ejemplo. Y no hemos de sugerir únicamente prácticas externas, sino sobre todo un verdadero culto a Dios que se tiene que manifestar en la vida de piedad. Solo un corazón lleno de piedad verdadera puede guiar a los demás, porque conoce todos los caminos de Dios y además está en condiciones de recibir las mociones divinas.

 Todo este pasaje que recoge aquí el evangelista se podría resumir en llevar una profunda vida de piedad y trato con Dios para, de este modo, transmitir este ideal a las demás personas. Lo demás sería fariseísmo.

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