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Prejuicios humanos 
01 de Mayo
Por Juanjo Calles

Jesús fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: “¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su Madre María, y sus hermanos Santiago, José,  Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?”. Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: “Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta”. Y no hizo allí  muchos milagros, por su falta de fe (San Mateo 13, 54-58).

COMENTARIO

Los conciudadanos de Jesús se admiran al ver cómo enseña en la sinagoga y los milagros que realiza. Entonces, en vez de reconocer su divinidad ante la evidencia de los signos en los que apoya su actuación, recurren a sus prejuicios y sacan a relucir su parentela, como si eso fuera argumento suficiente para no reconocer su superioridad divina; aunque no hallan respuesta a la pregunta que se formulan: “¿De dónde saca todo eso?”. La reacción ante esta situación de perplejidad en la que se encuentran es muy humana, aunque, no sirve de nada y, desde un punto de vista lógico, resulta totalmente absurda: “Se escandalizaron.”

Esto mismo ocurre hoy día a muchas personas que se empecinan en negar a Jesucristo y son capaces de rebuscar mil ingeniosos argumentos pseudocientíficos para justificar su postura. En el fondo, se engañan a sí mismos y en lugar de indagar cuál es la verdad, únicamente pretenden obtener una justificación que les permita seguir con su vida de pecado sin necesidad de arrepentimiento, de cambio de dirección, ni de ser incomodados por su propia conciencia.

Efectivamente, si Jesucristo no es Dios, si queda reducido a la figura de un profeta más o menos importante, pero simplemente humano, los Evangelios y cuanto en ellos se enseña son otras tantas cuestiones filosóficas, producto de la opinión de sus autores, por lo que en ningún caso pueden obligar a nadie.

Pero, si, por el contrario, una indagación objetiva, libre de prejuicios, realizada sin segundas intenciones soterradas, ni intereses previos irrenunciables, lleva al convencimiento de que Jesucristo es el Hijo único de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad; en definitiva: es Dios; entonces, el Evangelio y toda la Escritura es palabra de Dios y, por lo tanto, cuanto en esos textos se contiene sirven a todo hombre para orientarlo de manera que sea feliz y camine en esta vida hacia el destino para el que fue creado: su salvación eterna, la realización de su felicidad plena, su unión definitiva con Dios, para siempre.

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