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Primera Semana de Cuaresma 
06 de Marzo
Por Ernesto Juliá Díaz

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo» (San Mateo 5, 20-26).

COMENTARIO

El tiempo de Cuaresma es una llamada que nos hace la Iglesia para que convirtamos nuestra inteligencia, nuestro corazón, nuestro cuerpo y nuestra alma, al amor de Cristo, a la luz del Señor. Pidamos al Espíritu Santo que nos alcance la humildad de dejarnos guiar por la palabra de Cristo, y cambiemos nuestras acciones para que sean verdaderamente las de un cristiano; las de un hijo de Dios en Cristo Jesús.

El Evangelio de hoy recoge tres claros ejemplos de esas palabras que nos invitan a vivir esa conversión: la misma que Jesús pidió a los apóstoles cuando los preparó para vivir con Él la muerte en la Cruz, su Resurrección, su Ascensión al Cielo: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.

“Habéis oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado”

“No matarás”. La caridad que el Señor nos pide no se refiere solamente a evitar el peor mal que podamos hacer a alguna persona. Nos invita a respetar la vida de los demás; y de manera muy particular la de los enfermos y la, de los no-nacidos.

Quiere también Jesús que manifestemos nuestra caridad, nuestro amor al prójimo, en la vida cotidiana, en las relaciones más normales con nuestro prójimo. No enfadarnos sin causa; no hablar más mal de nadie, no calumniar, no murmurar. Acompañarles en sus alegrías y en sus penas, en sus enfermedades, y acogerlos con cariño en los momentos de mayor soledad que puedan sufrir.

El segundo camino para crecer en el amor a los demás, nos lo señala el Señor con estas palabras:

“Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”.

No podemos vivir la Santa Misa con verdadero amor a Dios, si no amamos a nuestros hermanos; nos indica claramente san Juan (cfr. 1 Jn 4, 19).

El Señor nos recuerda la necesidad de que para ofrecer sacrificios, buenas obras a Dios hemos de estar reconciliados con nuestros hermanos y perdonarles de todo corazón  cualquier ofensa que de ellos hayamos podido recibir. ¿Rezamos por quienes pretenden hacernos mal, por quienes se declaran, con sus obras, nuestros enemigos?

Nuestro corazón no puede estar oscurecido por malos recuerdos del pasado. “Perdono, pero no olvido”, decimos a veces. Si de verdad perdonamos acabaremos también olvidando, o, al menos, no dándole demasiadas vueltas a lo ocurrido.

Para que la acción del Espíritu Santo agrande de verdad nuestros corazones para que podamos vivir el mandato de Cristo; no nos basta perdonar, también hemos de pedir perdón cuando sea necesario, que lo será muchas veces, si somos sinceros.

“Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo”.

Nuestro corazón, movido por el Espíritu Santo, nos mueve a pedir perdón. Todos sabemos que muchas veces nos es más fácil perdonar, que pedir perdón. Reconozcamos con humildad y paz que hemos hecho mal; y una vez reconocido, arrepintámonos por el mal que hemos hecho contra un hermano, y una vez arrepentidos, le podremos pedir perdón de todo corazón.

Nuestra Madre Santa María, madre espiritual y amorosa de todos nosotros, nos quiere ver viviendo ese buen aroma de la familia de Dios, de la familia de Jesucristo. Su alegría es saber que caminamos para “llegar al conocimiento de la Verdad”. Y la Verdad que nos da vida y fuerza para a amar a nuestro prójimo, es el Amor con el que vemos a Cristo morir en la Cruz, dando la vida por cada uno de nosotros.

Aprendamos de la Virgen Santísima a dar nuestra vida por nuestras familias, por nuestros amigos y conocidos, por todas las personas que, de una manera u otra, nos necesitan.

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