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Puerta abierta a la eutanasia 

El debate sobre  la eutanasia es, por encima de todo, de índole religioso y moral, sin que ello suponga pasar por alto las evidentes implicaciones humanitarias, legales, médicas, sociológicas y económicas. Su disputa es una discusión entre sordos cuando unos creen en Dios y la vida eterna y otros no tienen más meta que la felicidad en esta tierra. Las leyes que se están implantando al respecto pretenden confinar el problema de la muerte a una mera cuestión sanitaria y de derechos,  que los gobiernos buscan solucionar por decreto. Y es que  en el  fondo subyacen los términos emocionales del orden de: “Yo no puedo más ver sufrir a mi madre”, “No quiero ser una carga para mi familia”, “¿Cómo es posible no tratar de abreviar los días de sufrimiento inútil e insoportable de mi padre?”, “Su calidad de vida es bajísima”… Sin embargo, como nos enseña el Papa Benedicto XVI[1], “la eutanasia es una falsa solución al drama del sufrimiento, una solución no digna del hombre”.

La respuesta frente a la eutanasia es tajante. El Mandamiento de la Ley de Dios resume de modo simple, perfecto y terminante todo lo que se debe decir respecto a ella: el don de la vida es un beneficio irrenunciable dado por Dios. Está inscrito en la naturaleza humana, por un recto amor a sí mismo y se manifiesta en el instinto de conservación, que todo ser humano posee y debe preservar.

La eutanasia implica un homicidio en el caso de quien coopera con ella y un suicidio cuando la víctima lo solicita. Se peca contra Dios, ya que se usurpa su dominio exclusivo sobre la vida del hombre; se peca contra la sociedad, privándola injustamente de uno de sus miembros; y  quien pide la eutanasia peca, además, contra sí mismo, pues todo hombre está obligado a cuidar de la propia vida.

Matar o acelerar la muerte de heridos graves, ancianos, enfermos incurables o moribundos para que no sufran más es una suprema injusticia que “clama al cielo” por tratarse de la muerte de un inocente. Es el mayor pecado que se puede cometer contra los derechos del prójimo, puesto que quien quita la vida a otro le priva, ipso facto, de todos sus derechos[2].

Solicitar la eutanasia para sí mismo es un acto de cobardía y de falta de confianza en la Providencia, quien nunca dejará de dar las fuerzas naturales y sobrenaturales para sobrellevar dignamente y con paz de alma los sufrimientos que Ella misma permite para nuestra purificación.

El Consejo de Ministros, a propuesta de la Ministra Leyre Pajín, ha dado luz verde a la llamada Ley Reguladora de los Derechos de la Persona ante el Proceso Final de la Vida, con el propósito de poder ser votada cuanto antes por si hubiera elecciones anticipadas. Con esta ley, España se colocará al borde del abismo de la eutanasia más radical, aunque expresiones como “muerte digna” y “derechos del paciente” traten de camuflarla.

Nadie en España necesita una ley para morir con “dignidad”, menos todavía un cristiano, que ama y respeta la vida en cualquier circunstancia. Debemos aliviar todo lo posible los sufrimientos, pero siempre aceptando lo que Dios permite para nuestro bien, pues sabemos que la completa felicidad solo la alcanzaremos en la vida eterna.

Tenemos el ejemplo de Holanda, donde el proceso de implantación de la eutanasia ha llegado a extremos increíbles. En ese país, conocido por sus posiciones “avanzadas” y permisivas, los ancianos tienen pánico de ser hospitalizados porque saben que pueden no salir vivos, pues la ley permite que esa “solución” se aplique corrientemente.

avanzando en la muerte, retrocediendo en la vida

Para no levantar sospechas, la eutanasia es implantada gradualmente. En primer lugar, en los años que van desde el 2000 al 2006  se aprobaron leyes sobre un ambiguo testamento vital. Los obispos españoles vieron entonces la necesidad de redactar y proponer un texto de testamento vital para los católicos,  justamente para evitar fórmulas que indujesen a prácticas eutanásicas.

En el año 2002, se aprobó la Ley de Autonomía del Paciente, la cual no autoriza el suicidio asistido, pues tal autonomía nunca puede contrariar  la ley penal, la ciencia y la ética profesional. Sin embargo, poco a poco se fue introduciendo la idea de los derechos del paciente cada vez más absolutos, hasta llegar en el 2010 y 2011 a la aprobación de tres leyes autonómicas de “muerte digna”, en Andalucía, Aragón y Navarra.

En ellas, el testamento vital o las voluntades anticipadas deben ser obedecidos por los médicos aunque sean contrarios a la ética profesional y a lo que les indique la ciencia. En estas leyes se contemplan sanciones a los profesionales sanitarios, calificadas como “muy graves”, por obstaculizar el cumplimiento de la voluntad del paciente.

El actual proyecto de ámbito nacional que se espera en breve sea aprobado consolida la idea del derecho del paciente a disponer de tratamientos, sedación y a eutanasia por omisión, al tiempo que contempla la restricción de la libertad de conciencia y de ciencia de los profesionales. De ahí las graves reservas a este proyecto manifestadas por la Conferencia Episcopal Española[3].

Se trata, sin duda, de una obra ingeniería social preconcebida, pues no podemos imaginar que haya sido pura coincidencia el establecimiento gradual en España de todas las leyes contrarias a la institución familiar y a la vida.

Así, el aborto comenzó solo para ciertos casos extremos y hoy día este crimen se puede llevar a cabo libremente, por menores de edad y, para mayor barbaridad, se enseña obligatoriamente a los niños que se trata de un “derecho”. De igual modo aconteció con la educación sexual, que se ha pasado de una mera y recatada información a los adolescentes a las más depravadas iniciaciones en niños desde los seis años. Las leyes de divorcio también fueron hechas paso a paso, hasta llegar al amor libre y la degradación total del sentido del matrimonio que actualmente sufrimos.

Pienso que por eso, con toda razón, el presidente del Foro Español de la Familia, Benigno Blanco, ha declarado que es necesaria una “tolerancia cero” respecto de esta nueva ley de eutanasia. Si se permite ahora la eutanasia “pasiva” en “casos muy especiales”, tarde o temprano, terminaremos en las prácticas nazis, estableciendo la eutanasia eugénica (personas con taras o malformaciones) y la eutanasia económica (costosos para la familia o el Estado).

eutanasia no es ayudar a bien morir

La “muerte digna” se presenta con aires de compasión para evitar sufrimientos a los enfermos. Si fuera esto verdad, no tendría nada de nuevo; ningún médico hoy desconoce ni deja de aplicar los cuidados paliativos,   y todos evitan el encarnizamiento terapéutico. Lo único que los profesionales precisan de la Administración Pública es una mejor formación y los medios económicos necesarios para avanzar aún más en los cuidados paliativos de los enfermos terminales. Es también lo único que al proyecto de ley en discusión no le preocupa y tampoco regula.

La serenidad, la fortaleza y la esperanza cristiana, como virtudes que caracterizan  una muerte digna, nadie las va encontrar por una ley. Los cuidados paliativos y los analgésicos nos podrán ser de gran ayuda en determinado momento, pero acortar cobardemente nuestras vidas nunca será la solución, sino que aumentará nuestra desesperación y sufrimiento. Sin embargo existen otros cuidados paliativos y analgésicos insuperables, que consisten en morir en paz, reconciliado con Dios y con los hombres; con los seres queridos y con los que hice algún mal en mi vida. Pidiendo perdón y perdonando.

Rectificar en unas horas o minutos los caminos errados de una vida entera, es posible. Es fácil, porque Alguien ya pagó por mí esa deuda. Alguien fundó una Iglesia Santa dispensadora de los sacramentos del perdón y de la unción de los enfermos. Un poder divino me confirmará para siempre: “Tus pecados te son perdonados”. Los óleos serán el bálsamo santo que aliviará mis heridas de alma, cuando no de cuerpo.

Por la intercesión y la misericordia de la Santísima Virgen tendré la muerte de los bienaventurados, en la paz y serenidad, aunque sea en medio de sufrimientos. Ellos serán soportables, porque no son los de una persona desesperada con mala conciencia, sino de quien la misericordia de Dios le ha perdonado las culpas y sabe que después de la muerte gozará de la felicidad eterna.

San José es el patrono de la buena muerte porque fue un hombre justo y tuvo en su última hora los cuidados de María, su santa esposa y la bendición de su Hijo adoptivo, el propio Dios Nuestro Señor. Morir reconciliado con Dios e invocando a Jesús, María y José nos asegurará la inefable paz y tranquilidad que ninguna ley humana nos puede conceder.

¡Entonces sí que tendremos una buena muerte, una santa muerte!


[1] Ángelus, 1-2-2009.

[2] Cf. Fray Antonio Royo Marín, O.P. Teología Moral para Seglares, tomo I, B.A.C., Madrid, 1961, núms. 449 y 562.

[3] Declaración con motivo de Proyecto de Ley reguladora de los derechos de la persona ante el proceso final de la vida. 22-6-2011.

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