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¡Qué derroche de Amor…! 
Por Manuel Ortuño

«En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”». (Lc 1,67-79)


Tanto en Belén como en Nazaret destaca la humildad con que Dios quiere manifestarse en Jesús. La cueva de Belén y el establo en que es recostado el Niño se convierten en una auténtica cátedra que nos habla de humildad. También la vida sencilla de Nazaret enseña la misma lección. En los dos lugares Dios nos habla silenciosamente a gritos para que nadie se equivoque, y pueda seguir un camino distinto al de la humildad.

Después, durante su vida pública, enseñando como Maestro, explicará de muchos modos a vivir la humildad; pero, como mejor lección, se pondrá a sí mismo como modelo: “aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón”. Toda su vida pública, aunque esté llena de hechos prodigiosos, de milagros y de masas que le siguen, es una vida humilde en lo externo y en lo íntimo. El hecho final de su vida pasible será una gran humillación: morir en la cruz como un malhechor.

Pero, ¿qué es la humildad? ¿Por qué es tan necesaria para vivir moralmente bien? ¿Por qué Dios le da tanta importancia en la Redención, incluso en los detalles más pequeños? La respuesta es clave para entender la lógica nueva que Dios quiere restablecer en el mundo.

Después del pecado de Adán surge con fuerza el orgullo, soberbia de la vida la llama Juan. En un primer paso podemos decir que la humildad es lo contrario al orgullo, al amor propio, al egoísmo, a la soberbia, modos diversos de llamar a esta mala raíz de muchos pecados. La soberbia es rebeldía ante Dios; búsqueda de la superioridad ante los demás. La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia como la definía Santo Tomás. La soberbia es la afirmación aberrante del propio yo. Ese desorden libre es la raíz de su maldad.

La humildad es vivir en verdad, como decía Santa Teresa de Jesús. Por eso la humildad se opone a esa mentira radical que es la soberbia. El humilde ve la realidad como es, sin engaños ni deformaciones egoístas. Supera la visión deforme del vanidoso que se resiste a reconocer los propios defectos o limitaciones.

El humilde ve lo bueno como bueno, lo malo como malo y lo mediano como mediano. En la medida en que un hombre es más humilde crece una visión más correcta de la realidad. Cuando localiza algo malo en su vida puede corregirlo, aunque el diagnóstico o la cura le resulten dolorosos. El soberbio al no aceptar o no ver ese defecto no puede corregirlo, y se queda con él. El soberbio no se conoce o se conoce mal.

La lucha por ser humilde consistirá en intentar conocerse cada uno como Dios le conoce. Verse como Dios le ve. Dios ilumina a los hombres de buena voluntad. Los hombres hemos de mirar la verdad a la luz de Dios. Diversos santos han descrito los grados de humildad con una gran sabiduría. Aquí podemos reducir este proceso a un subir escalonado en el que los escalones son: conocerse, aceptarse, olvido de si, darse…

Manuel Ortuño

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