Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 22, 2019
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¿Qué entendemos por amor? 

Con la palabra amor estamos acostumbrados a designar una multitud de sentimientos que, curiosamente, son todo lo contrario a lo que es la esencia del AMOR, así, con mayúsculas.

Generalmente, ese sentimiento de complacencia que se tiene cuando se está con amigos con los “que se pasa bien”; cuando se comparten ciertos momentos dichosos con la pareja; cuando se encuentra uno arropado por la familia, en buena armonía; cuando se disfruta de la presencia de un hijo amado; ese sentimiento, lleva aparejada una tremenda carga de egoísmo mediante la cual, lo que suele llamarse amor no pasa de ser complacencia en la propia felicidad.

 A poco que las cosas vengan mal dadas, se diluye la “gratificante sensación” amorosa vivida en el pasado, anegada por una  amargura en el presente que se vuelve en reproches hacia los seres que se creía amar: en la desgracia, cuando más se necesitan los amigos con los que uno se divertía, desaparecen como por ensalmo; cuando la pareja de turno no nos satisface plenamente, se la despacha y se trata de buscar otra; falla la familia en cuanto hay intereses contrapuestos, por ejemplo, al tener que repartir una herencia –no en vano decía Muñoz Seca que “la familia la componen un conjunto de personas que tienen los mismos apellidos y luchan por los mismos intereses”-; cuando el hijo “tan querido”, de mayorcito se deja ver poco, todo se vuelve reproches y victimismo, “porque no me quiere este ser que tanto necesito”. En definitiva: yo, yo y yo como centro que debe ser amado.

 Pues no; nada de esto es amor. Para empezar, el AMOR a lo grande –que no es más que el único amor verdadero- se olvida de sí mismo, siempre antepone el bien del ser amado a cualquier otra consideración; es capaz de dar la vida por el ser amado,  lo que se puede entender en el sentido de aceptar la muerte física por el bien del otro, en el de sufrir cualquier tipo de sacrificio heroico a favor del amado o en entregarse día a día a un completo ceder en todo para que el otro sea feliz.

 Todo ello sin pasar “factura”, con naturalidad, sin decir nada a nadie, sin buscar ninguna recompensa. Y, entonces, paradójicamente, el que ama se siente infinitamente feliz. Esto es así, porque el Espíritu Santo habita en el que ama de verdad, ya que Dios es amor.

                                                                                                                                                                                                                     Juan José Guerrero

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