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¿Qué es lo más importante? 
14 de octubre
Por Pedro Barrado

«En aquel tiempo, dijo el Señor: “¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo!”. Un maestro de la Ley intervino y le dijo: “Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros”. Jesús replicó: “¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!”». (Lc 11,42-46)


La escena que presenta el evangelio de hoy es parte de una mayor que va desde el v. 37 al 54 del capítulo 11. En esta, el evangelista ha situado una serie de denuncias contra los doctores y maestros de la ley. Y lo hace además en el marco de una comida en casa de un fariseo, que ha invitado a Jesús a su mesa. En esta ocasión, Jesús pronunciará seis “ayes” o lamentos, de los cuales cuatro se recogen en nuestro pasaje. (Hay que recordar que las cuatro bienaventuranzas lucanas van seguidas por otros cuatro “ayes”, 6,24ss.)

Aunque nada se dice al respecto, podemos suponer que el fariseo ha invitado a Jesús para conocer cuál es su opinión con referencia a determinadas cuestiones de la Ley. De hecho, en la casa no está solo Jesús y el fariseo que le ha invitado; al menos también hay un «jurista» o «maestro de la ley» (nomikós). Los evangelios recogen alguna otra ocasión en que a Jesús le preguntan precisamente sobre lo más importante de la Ley, es decir, que establezca una jerarquía entre todos los preceptos que encerraba la Torá. Por ejemplo, en Mc 12,28, «uno de los maestros de la ley […] se acercó a él [Jesús] y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”».

Con el tiempo, el judaísmo establecerá que los mandamientos (mitzwot) de la Torá se pueden sintetizar en 613: 365 negativos (correspondientes a los días de un año solar) y 248 positivos (correspondientes a los miembros del cuerpo humano), es decir, la Torá debe ser observada con todo el ser todos los días de la vida.

Así pues, lo que tendríamos en principio es una especie de discusión de escuela: algunos querrían saber la postura de Jesús a propósito de la interpretación de la Ley. De hecho le llaman «maestro». Pero lo que vemos es que Jesús se desmarca de esas cuestiones «escolares» y va a la raíz del asunto: hay que saber situar las cosas en su sitio y discriminar entre lo importante y lo accesorio, o entre lo primero y lo segundo. No se puede discutir sobre el diezmo de la hierbabuena y de la ruda —tan insignificante que ni siquiera es mencionado en la Ley, por eso probablemente algunos discutían si había que pagarlo o no— mientras se descuida lo más importante: el amor y el derecho.

Es verdad que el diezmo —la obligación de pagar una décima parte de los «ingresos»— es una prescripción legal que tiene mucha importancia, porque de ese diezmo comen tanto los levitas como los emigrantes, los huérfanos y las viudas de la comunidad (cf. Dt 14,28-29), pero más importante aún es la actitud del corazón que debe mover a pagar ese diezmo. Sin duda estamos ante la eterna cuestión de la lucha entre el espíritu y la letra de la ley, de modo que la tentación del hombre religioso —sea de la religión que sea— es cumplir las prácticas legales sin implicarse interiormente. De ahí a utilizar la religión, o el prestigio que proporciona la religión a sus representantes oficiales o más conspicuos —sean los que fueren—, en provecho propio hay un solo paso. El mismo que se da también cuando la religión se emplea para someter a los otros y poder así manipularlos.

Pedro Barrado

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