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Que la sal no se desvirtúe 
12 de Junio
Por Valentin De Prado

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Más si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

«Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (San Mateo 5,13-16).

COMENTARIO

En el evangelio de hoy recibimos una importante explicación sobre la misión de la Iglesia, a través de unas bellas y sugestivas imágenes. El cristiano nos dice hoy el Señor tiene que ser sal de la tierra y luz del mundo. La sal no existe para sí, sino para dar sabor a la comida. La luz no existe para sí, sino para iluminar el camino. La Iglesia no existe para sí, sino para servir al mundo.

Frente a un mundo pagano y descristianizado sin más perspectiva que el placer y pasarlo bien… donde muchos han perdido el sentido de su vida y dicen que no vale la pena; que está llena de disgustos, dificultades y sufrimientos; que pasa muy deprisa y que tiene como perspectiva final —y bien triste— la muerte, el cristiano ha de dar el gusto ,el sentido a la vida, el sentido al mundo, ser como la sal, que da gusto y sabor a los alimentos, aun perdiéndose en ellos.

Por otra parte, la sal, a lo largo de los siglos ha sido un elemento fundamental para la conservación de los alimentos por su poder de evitar la corrupción. Jesús nos dice: —Debéis ser sal en vuestro mundo, y como la sal, dar gusto y evitar la corrupción. Si los cristianos perdemos ese sabor… pues no tenemos más que recordar lo que también hoy nos dice el evangelio: “si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres”.

El cristiano y la iglesia leemos también deben ser luz, iluminar. La luz, como antes decíamos de la sal, no existe para sí, sino para todos los hombres, iluminando su vida y su existencia con la luz del amor y misericordia de Dios. Y así ha de ser la iglesia: no puede quedarse encerrada en sí misma. “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

El cristiano es esa antorcha que, con su testimonio lleva la luz de la verdad a todos los rincones del mundo, mostrando el camino de la salvación. Alli donde sólo hay tinieblas, incertidumbres y dudas, nace la claridad, la certeza y la seguridad. “Si el cristiano pierde esta luz, su vida no tiene sentido. Es un cristiano sólo de nombre” , así dice el papa Francisco, porque  “ser lámpara encendida,  es la vocación cristiana”, para que así el mundo y los hombres : “glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. Es nuestra vocación y nuestra misión de cristianos.

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