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¡Qué lío con el año litúrgico! 

EL TIEMPO ORDINARIO

Tengo un familiar de escasa formación y cultura religiosa, pero de buen natural y mejor corazón, que en cierta ocasión me decía:  “¡Pobre Jesús, que todos los años nace, en seguida se bautiza de mayor y a los pocos meses muere en la cruz…!”

El año litúrgico, en principio y al principio, consistía solo en el memorial de la Pascua. Poco a poco, con el correr de los años y de los siglos, se fue rellenando y enriqueciendo con otras celebraciones, hasta llegar a la estructura actual, básicamente constituida por los ciclos de Adviento-Navidad-Epifanía, Cuaresma, Pascua con su cincuentena pascual coronada por Pentecostés, luego la Ascensión…, añadiendo después de Navidad y de Pentecostés el ciclo que llamamos tiempo ordinario, dividido en dos partes: desde después de la Epifanía hasta empezar la Cuaresma y desde el lunes de Pentecostés hasta Adviento. Para aumentar la confusión, ese relleno o enriquecimiento se fue completando con numerosas fiestas del Señor, de la Virgen y los santos; por otra parte, el año litúrgico no coincide nunca con el año civil, en cuanto que la fiesta de Pascua varía de un año a otro, coincidiendo con el fin de semana del tercer plenilunio del año.
Para la mentalidad popular no es necesario dar muchas explicaciones sobre el sentido del tiempo de Navidad y de Semana Santa, y, por eso, no nos entretendremos aquí, si bien en los últimos años se va haciendo hueco el tedio y el aburrimiento en estas fiestas, que la sociedad de consumo aprovecha para escapar de su contenido e irse de vacaciones.
No ocurre lo mismo, por ejemplo, con el tiempo de Adviento: tan pronto nos parece que sus cuatro semanas son un resumen de toda nuestra vida entendida como espera del Señor en su segunda venida al fin del mundo, como conmemoramos el aniversario de su nacimiento hace dos mil años, o mezclamos ambos aspectos. Incluso hablamos de una tercera venida, que no tiene nada que ver directamente con ninguna de las dos parusías: la “visita” de Jesús al alma, que puede ocurrir en Adviento o en cualquier otro tiempo, momento, día, semana, mes o año.
Y si hablamos del tiempo de Pasión-Pascua, estamos diciendo principalmente que hacemos memorial de lo ocurrido en el Gólgota o al alba del domingo de Resurrección, y lo celebramos cada vez que nos reunimos a “partir el pan”, semana tras semana, y sin cesar, de oriente a occidente, de modo que continuamente es tiempo de cruz y de gloria.
Si nos referimos a Pentecostés, una vez que Jesucristo torna al seno del Padre, es el Espíritu Santo el protagonista de la historia de la salvación; Él es quien ocupa el tiempo hasta que vuelva otra vez el Señor y conduce con seguridad a la Iglesia sin que las puertas del infierno prevalezcan contra ella, haciendo que los creyentes puedan confesar que Jesús es el Señor, atraídos a Él por el Padre.
Así pues, parece que cualquier día del año puede ser Adviento, Cuaresma, Pascua…, pues, ¿qué impide que un día cualquiera de Adviento me concentre en la celebración gozosa y festiva de la eucaristía o que un día de la cincuentena pascual llore por mis pecados? ¿Acaso el día de la Ascensión no podré añorar la ausencia del cielo y esperar ardientemente a que este mismo Jesús que sube a los cielos vuelva?
No podemos ser tan asépticamente intocables o químicamente puros que no podamos mezclar nuestros sentimientos más profundos, de manera que en los días pascuales no quepa un resquicio de dolor o que en Cuaresma no me atreva a saltar de júbilo porque Jesucristo ha vencido el pecado, la muerte y a Satanás. Esto sería desconocer la naturaleza humana, que por causa de nuestra finitud, está compuesta por un mosaico de sentimientos múltiples y, a veces, contradictorios: ¿quién no conoce, por ejemplo, la sutil frontera entre el odio y el amor? No somos una línea continua y, como un sismógrafo a cámara lenta, trazamos muchos altibajos, de modo que, alcanzada una experiencia fruitiva, propia por ejemplo del tiempo de Navidad, la podamos mantener por largo tiempo sin pagar tributo a nuestra condición de finitud y caducidad con una mezcla de tristeza o angustia. La verdad, la realidad, es que nos hacemos a nosotros mismos a base de baches en el camino recto o curvo, con trompicones, escarpaduras y, también, con tramos rectos.
De aquí que, por una parte, cualquier tiempo litúrgico podría parecerse a los demás; mas, por otra, necesitamos distinguirlos, necesitamos sus signos litúrgicos distintos, para mover nuestra inestable antena o actitud hacia un horizonte marcado concretamente por el calendario.
La acción litúrgica se desarrolla según el contexto preciso de cada tiempo y lugar.
Y el tiempo ordinario, entonces, ¿qué es y qué pinta en nuestras vidas? Negativamente respondemos que el tiempo ordinario (que todos saben que no quiere decir vulgar) es el resto del año que no se identifica con ninguno de los otros tiempos, que llamamos fuertes (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua…). Positivamente diremos que es un tiempo uniforme, sin distinciones especiales, como una autopista sin mojones, sin algún que otro monumento artístico al lado, lo que no significa que el paisaje deje de ser igualmente agradable, confortable y sosegado. Es el tiempo en que, asimismo, cabe hacer memorial de algún mojón u obra de arte pasado o por llegar, es decir, tiempo en el que podemos revivir aspectos esenciales, por ejemplo, de Navidad del Señor, de su Encarnación o Pasión y, evidentemente, hacer Pascua con Él cada semana, entrando así en el tiempo santo creado por Dios: necesitamos dejar todo de lado para entrar en el día del Señor.
Al llamarlo tiempo ordinario estamos llamando tiempo extraordinario al resto de los tiempos del año litúrgico. Vista esa interacción entre los diversos tiempos litúrgicos, caemos así en la cuenta de su aspecto acomodaticio, dado que en cualquier momento del día y en cualquier día del año podemos hacer penitencia, dar gracias, hacer fiesta, vestirnos de saco y ceniza, saltar de alegría o ayunar estrictamente, cantar himnos de alabanza o lamentarnos por Jerusalén, aparte de que siempre es tiempo de oración y limosna. Porque, en el fondo, de lo que se trata es que en cada uno de nuestros “aquí y ahora” entremos en la voluntad de Dios: se trata de aprovechar la intromisión divina en nuestra historia (o lo que es lo mismo, que Dios se mete en nuestras vidas hasta en la caída de un cabello, por lo que es justo y saludable que nosotros lo metamos hasta en la sopa, deshaciendo de una vez por todas aquel dicho popular de que “no hay que meter a Dios hasta en la sopa” –pues ¡claro que sí!–) y santificar ese “aquí y ahora”. Nuestro día de 24 horas está repleto de miles de momentos de “aquí y ahora”, en los que somos solicitados a engancharnos a la locomotora de la gracia o a dejarnos, acaso, arrastrar por el tractor demoníaco que nos empuja denodadamente al mal.
El tiempo litúrgico, ordinario o extraordinario, nos ayuda con sus signos específicos a mover nuestros pies y nuestras manos para ascender/trascender a ese tren divino que pasa en todo momento ante nosotros. Somos como las plantitas que cuidamos en nuestra casa, cuyo desarrollo marcan las estaciones climáticas con cuidados diversos: las exponemos al sol o las dejamos a la sombra, las regamos abundantemente o las dejamos sin gota de agua varios días, les cortamos una hojita seca o les echamos algún abono…

LA LITURGIA…

La liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo y su actuación se realiza mediante signos y símbolos diversos según los tiempos: no es lo mismo el color verde que el morado o el rojo; no es lo mismo cantar el aleluya que suprimirlo; no es lo mismo que haya flores en el altar o que esté desnudo; no es lo mismo orar de rodillas que de pie o tumbado rostro en tierra; no es lo mismo el miércoles de ceniza que Pentecostés: cada signo despierta en nosotros actitudes y sentimientos acordes con ellos. En cambio, la Eucaristía sí es la misma el primer domingo de Adviento que el cuarto de Cuaresma, el tercero de Pascua o el décimo del tiempo ordinario… En definitiva, cada tiempo litúrgico nos invita a santificar el tiempo de nuestra vida, cada tiempo, cada momento, cada “aquí y ahora”, mientras llega el instante de trasplantar nuestra flor al Jardín Eterno de donde una vez fuimos expulsados.
El tiempo ha sido lo primero que santificó el Señor al crear el sábado como corona de la creación: a nosotros nos toca entrar en ese tiempo, con la prosa o poesía de nuestra vida, para que su nombre sea santificado en la tierra como en el cielo, dándole gracias en todo tiempo y lugar. Esto es lo que hacemos en los tiempos litúrgicos valiéndonos de sus propios signos específicos y, en el tiempo ordinario, desde el primer segundo del día hasta el último de la noche: nos da esa flexibilidad de revivir en su larga duración el misterio pascual. El tiempo ordinario nos hace presente con monótona insistencia nuestro destino: entrar en el día de reposo y de santidad.

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