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Que llega el Esposo 

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ‘¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!’. Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: ‘Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas’.  Pero las sensatas contestaron: ‘Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él respondió: ‘Os lo aseguro: no os conozco’. Por tanto, velad, porque no sabéis el  día ni la hora”». (Mt 25,1-13)

Jesús Esteban Barranco

Después de que San Mateo se despacha a gusto en el capítulo 23 refiriendo las siete invectivas de Jesús contra el fariseísmo, enfrentándose directamente con aquellos fariseos y escribas que representaban el hondo sentido hipócrita y vacuo de la religión oficial, pasa a relatarnos algunas parábolas en que el Señor adoctrina a sus oyentes sobre los acontecimientos escatológicos, por lo cual es indispensable la vigilancia, ya que nadie sabe «ni el día ni la hora» en que acaecerán. Así, el evangelio de ayer y de hoy insisten en la necesidad de estar vigilantes ante la venida del Señor (el Esposo), valiéndose para ello de dos parábolas, como la de las diez vírgenes, que contemplamos en este día final de agosto.

Para no ser iterativos, pasaremos por alto este argumento (el de la vigilancia) para detenernos mejor en el contexto de este evangelio: la celebración de unas bodas. A los novios les solía acompañar una comitiva de amigos y amigas íntimos. Aquí nos encontramos con diez jovencitas encantadas de participar en la fiesta, que podía durar varios días: cinco eran prudentes y cinco necias. La imagen es parecida a la de la fábula de la cigarra y la hormiga: la primera vive alegremente cantando todo el verano, mientras la segunda suda la gota gorda trasladando provisiones al hormiguero, para cuando llegue el invierno. Estas cinco alocadas eran de esa categoría de chicas, alegres como cascabeles, que, despreocupadas de todo, no se cuidan de coger aceite para que sus candiles no se apaguen: les basta con «cantar», como la famosa cigarra. Llamarlas despreocupadas sería muy benévolo y descafeinar el evangelio que las llama necias, que es usar palabras mayores, porque el necio no es que no vea ni oiga con los ojos y oídos del alma, es que incluso ignora que el alma tiene esos ojos y oídos espirituales: y así les va. De pronto callan los cantos y se quedan en tinieblas. Los interpretes de esta parábola, en general, coinciden en que el candil es la fe y el aceite las buenas obras, que en las cinco necias brillan por su ausencia. Pero vengamos al contexto de la boda que se iba a celebrar.

Hay aquí una evocación a otras nupcias, en las que es sabido que, «desde el principio» se pretende que ambos esposos sean una sola carne. La revelación nos ha descubierto, graciosamente, que el Hijo eterno de Dios Padre, su única Palabra, se hizo carne, una sola carne, en el misterio inagotablemente hermoso de la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María, que por eso es Madre de Dios. Él fue el primero que se hace una sola carne en la carne de aquella mujer bendita —y bendito también el fruto de su vientre (Santa Isabel)—; él fue el primero que asume así y en sí toda la naturaleza del hombre creado a imagen de Dios, como nuevo Adán (y por eso, a partir de entonces, todos son imagen de Jesucristo), haciéndose uno con toda la Humanidad, comenzando por la pequeña Iglesia de los Doce hasta la nueva Iglesia de la Jerusalén celeste, que baja del cielo como una esposa engalanada para celebrar las bodas eternas con el Cordero (ver Ap 21,2 y 19,7), representadas por las cinco vírgenes prudentes que entran en la fiesta con el Esposo.

La Iglesia mantiene viva esta lámpara encendida con el fuego y luz inextinguibles del aceite que es el Espíritu Santo, porque el Esposo, ahora, está viniendo: de hecho, está anunciando su venida en la Eucaristía que celebra continuamente desde donde sale el sol hasta el ocaso. En ella (en la Eucaristía) es el mismo Cristo el que actualiza hacerse una misma carne con la virgen prudente, que, vigilante, lo recibe no para que el Esposo se transforme en ella, sino más bien para que la esposa se transforme en Cristo, de modo que, como San Pablo, pueda decir con verdad: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gá 2,20).

De repente, «a medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”» (Mt 25,6). Esta voz ya se ha oído, ya se ha cumplido la plenitud del tiempo» (Gá 4,4), ya no hay más tiempos, más «kairói» (ver Ef 1,10); ya no hay «otro» Cristo, otro Mesías, otra revelación: es este «mismo» Cristo el que volverá (ver Hch 1,11): este es el tiempo de la Iglesia, tiempo escatológico, el último tiempo, donde el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo hasta que vuelva este para juzgar a vivos y muertos, está formando en nosotros vírgenes prudentes que mantengan encendidas sus lámparas (las buenas obras), para salir al encuentro del Esposo que viene —«el Espíritu y la esposa dicen ¡Ven!» (Ap 22,17) —, para celebrar estas nupcias eternas con Jesucristo, el Verbo de Dios.

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