Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, abril 2, 2020
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Que nunca me falte tu mirada 

Señor, si hoy estoy aquí fue por tu mirada. En tus ojos vi ternura, bondad, compasión, perdón; un perdón que me acogía sin juzgarme, sin preguntas ni doblez. Una mirada que me daba la oportunidad de empezar de nuevo, de cambiar de vida, de encontrarte.

Tu mirada, Señor, me amó tanto que curó mis heridas…, que hizo olvidar agravios y ofensas, y enderezó mi vida. Tu mirada Señor me hizo buscarte, me hizo amarte; tu mirada me hizo seguirte y encontrarte.

Y hoy veo tu mirada reflejada en la gente empobrecida, esclavizada y humillada. La vi en el niño explotado que en el centro de Santa Cruz, con un casete a su lado, no dejaba de bailar.
La vi en ese otro niño que, sin apenas alcanzar tres años, estaba solo en la “ventita” comprando su pañal. La vi tirada en el suelo, en un borracho que apenas podía levantarse. La veo en la mujer que alza su mano por un trozo de pan para dar de comer a sus hijos; la veo en los abuelos que, afanados, me quieren contar su historia de vida.

Pero también Señor veo miradas de esperanzas, de sueños, de confianza, de acogida. Veo miradas profundas, penetrantes, amigas.

Tu mirada, Señor, me hizo cambiar de vida, sentirme amada; me hizo darme a los demás.
Y hoy quiero pedirte, Padre, que nunca me falte tu mirada, medida de mi amor, para mirarme en ella, cruzar fronteras y ser testigo de tu amor.

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