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¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta? 
13 de Abril
Por Francisco Jiménez Ambel

Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús (la resurrección de Lázaro), creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: “¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación”. Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: “Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año,  habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efrain, y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: “¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?”. Los sumos sacerdotes y los fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo (San Juan 11, 45.47-53).

COMENTARIO

Hoy termina la cuaresma y puede que estemos con la misma duda, como aquellos de la región pre desértica, incluso aun cuando hayan subido a Jerusalén a purificarse, como siempre, como es tradicional. Por nuestra parte no hay ninguna innovación, nosotros a repetir “lo de siempre”; los parámetros novedosos y la curiosidad los concita el tal Jesús.

Por una parte se ha difundido la resurrección de Lázaro; y esto es algo digno de verse, que necesita comprobarse, porque sencillamente: “no puede ser verdad”. De modo que iban a casa de María en masa a verificar, de propia ciencia, semejante prodigio.

Por otra parte está la reacción de los poderosos, de los que mandan y reflexionan muy sesudamente: No vamos a negar los hechos, ese Jesús hace muchos signos; esto es subversivo, nos deja como impostores. No es que nos desmonte nuestro tinglado, nuestra holgada forma de vida, es que desataremos la furia de los romanos. Con cordura evaluaron las grandes catástrofes que seguirían a la ruptura de la difícil entente que mantenían: destruirán el lugar santo y la nación. Consideremos en serio riesgo las dos cosas más importantes a las que nos debemos; al templo y a la nación, que son elección de Dios y nosotros debemos vigilar. El diagnóstico era certero. (Pudo ser ya histórico para cuando se redacta el evangelio).

Y tenemos la pseudo profecía del sumo sacerdote, al que algo de inspiración le llegó; era preferible sacrificar al taumaturgo y no atraer la ira de los romanos. Y deciden matar a Jesús.

La resolución capital del Sanedrin era ejecutiva y venía cortejada por una campaña de incentivo de la delación. Jesús por esto y para dar cumplimiento a las Escrituras.

La expectación era máxima; todo buen judío debe subir a Jerusalén (y allí debe morir un genuino profeta), pero ahora el pre-juzgado sabe que lo buscan para matarlo ¿Se arriesgará a comparecer en Jerusalén? ¿Se llegará al templo? “¿Vendrá a la fiesta?”

No lo dudéis: vendrá. “Para esto he venido al mundo”. La muerte no le arredra; va a ser vencida. Y el ambiguo pragmatismo de Caifás, se convertirá en el nacimiento del cristianismo. El hecho histórico más importante que recorre los siglos. ¿Cómo es posible que la muerte de uno solo del pueblo consiga “reunir a a los hijos de Dios dispersos”?

Este es el misterio, la insondable voluntad de Dios, el cumplimiento de las promesas, la gloria de nuestro Dios.

Es sobrecogedor el peso de una tamaña responsabilidad sobre una sola persona “humana”. La contemplación y la proximidad al Maestro, seguirlo, nos obliga a tomar conciencia de la trascendencia que una biografía concreta de cada discípulo ha tenido para la vida de la Iglesia y el bien de la Humanidad. Se me ocurren muchos nombres de santos y personas entregadas a la voluntad de Dios, que si hubieran rehusado acatarla el curso de la Historia hubiera sido muy otro. Comenzando por la Santísima Virgen María, San José, Juan el Bautista, etc…  Un “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” determina la reunión de los hijos de Dios, un atreverse a subir a la Fiesta, una Pascua intensamente vivida y bajada a lo profundo de la existencia de cada uno, puede tener un efecto multiplicador impredecible. Llámese Matías, Pedro, Pablo, Francisco, Domingo, Vicente Ferrer o Juan Pablo II. Son muchos los que con su personal fidelidad han cambiado el curso de los acontecimientos. Y las amenazas ciertas de potencias muy poderosas y bien pertrechadas están cumpliéndose implacablemente. Pero el mal, el pecado y la muerte no tienen la última palabra. En el paganismo no se espera nada, ni de la vida ni de la muerte. Nosotros aguardamos la salvación eterna. El maestro nos ha enseñado a subir a la Fiesta, aunque la muerte se cierna sobre nosotros. Es ella, la muerte, la que va a morir.

Sí. Vino a la Fiesta. No se arredró ante la muerte. Cumplió la voluntad de su Padre y dio cumplimiento total a las Escrituras. Su sangre es el vino nuevo. El sólo piso el lagar. Tenemos la alegría de la Fiesta. El Cordero ha sido degollado, pero está en pié, en el trono de Dios. Él es nuestra alegría y nuestro gozo. Él es la fiesta.

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