Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, noviembre 27, 2020
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Que sean uno, como nosotros 

«En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo:”Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad”». (Jn 17, 11b-19)

 


Con qué ternura y sincero amor Cristo ruega al Padre por nosotros: “Guárdalos en tu nombre, a los que me has dado”. De nuevo aparece el misterio de la elección. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué tú y por qué yo? “¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?”, le preguntaba con insistencia el Fénix de los ingenios, Lope de Vega,  al Señor, como lo hacemos nosotros. Y es que, por mucho que nos lo cuestionemos, nunca obtendremos una respuesta justificada. Dios nos ama porque sí, que para eso es Dios, y no en base a nuestras buenas obras —ni en el supuesto que las hubiese— sino para que seamos uno con el Padre y con el  Hijo, por mediación del Espíritu Santo.

 

Jesucristo veló por sus discípulos y por cuantos se topó en su peregrinar en la tierra  —les enseñó, les instruyó, les procuró alimento, los curó, etc. — del mismo modo que lo hace por nosotros desde el cielo. Pero que lo haga desde la derecha del Padre no significa que nos cuide de una manera figurada o metafórica, cósmica o sugestionada. Nada de eso.  Su presencia es real y cercana, acudiendo al detalle de los hechos cotidianos —de las necesidades, preocupaciones, anhelos…—  como pudiera hacerlo alguien a quien podemos tocar y apretar, como lo hizo la hemorroísa. Esa es mi experiencia y la de otros muchos, tantos como las estrellas del cielo y la arena del mar.

Pero por la libertad que disponemos,  y a la que Dios no quiere que renunciemos, podemos elegir entre los dos caminos, como sabiamente se nos describe en el Libro del Deuteronomio: el camino de la vida y el bien, o el de la muerte y el mal. Ambos enfrentados y opuestos. “Elegid hoy a quién habéis de servir” (Jos 24,15) exhortaba Josué al Pueblo de Israel. Porque en el camino del bien se encuentra  Dios, bondad infinita y suprema, y en el del mal reside el Tentador, aquel que sin tregua trabaja duro para eclipsar este amor paternal, revelado en Jesucristo. “Dios no te quiere, es todo un engaño”, repite importunamente en cuanto le damos  ocasión.

Tomar una opción comprometida por el Hijo del Hombre equivale a ser humillado y vapuleado en este mundo. Pero ello es normal, ¡ay si el mundo condescendiese con los cristianos, qué poco de cristiano tendrían! El mundo aprueba lo suyo y desprecia lo que se enfrenta a él. A nosotros nos ha tocado vivir en una época difícil, pero no me atrevería a decir que más que las anteriores; desde que el mundo es mundo, cada día lleva su afán y su esfuerzo. Amar a Dios y a su Iglesia  comporta implícitamente desestimar las directrices que marca y defiende el mundo, porque se descubre que la alegría cumplida y la vida no se encuentra precisamente en ellas. Quienes han experimentado las mieles del amor de Dios, quienes conocen sus senderos y caminan por ellos, quienes han  visto brotar ríos de la tierra estéril y reconocen a Dios como su único Salvador, a esos ya no le arrastra la corriente ni las llamas hacen pasto de ellos, pues el Señor les sostiene con mano victoriosa. “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”.

Pero el mundo necesita conocer la Verdad, precisa ser transformado  en justicia y caridad, y para ello la Buena Nueva debe llegar a todos los hombres.

Victoria Serrano

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