Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, septiembre 19, 2019
  • Siguenos!

¡Qué señorío el tuyo, Jesús de Nazaret! 
22 de Octubre
Por Manuel Requena

 «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos”». (Lc 12,35-38)


Te vas a la boda, vuelves del largo viaje, comidas, fiestas…, y, encontrando a un siervo tuyo que te espera despierto, no le pides que te sirva él a ti, que te lave los pies, que te cambie la ropa y te ofrezca una sopa caliente, conversando contigo en la intimidad, de cómo te ha ido en la boda, sino que te ciñes tú, le haces sentar a la mesa, te acercas y le sirves. ¡Eres incansable! Y eso después de la boda a la que te has ido, en el vehículo cansino de la cruz. Con razón Pedro, aquella última tarde de la Cena, se asustó al ver que tú les lavabas los pies a todos, mientras él se quedaba sentado en su poltrona. Realmente tu promesa y tu comportamiento incita al que te ama —aunque solo tuviese un poco de amor—a esperarte despierto, a estar atisbando el menor sonido de la puerta donde has de llamar, por donde has de entrar a tu casa querida, ya eterna, que es el corazón del hombre. Y lo más seguro es que no vengas solo, sino con esos dos amigos de la boda que siempre te acompañan: el Padre y el Espíritu, con los que haces morada junto al siervo vigilante, que tiene la lámpara encendida. 

Lucas ha plasmado la realidad que vive tu esposa, la Iglesia, desde que te fuiste de su vista y su tacto, y plantea, como fundamento de su Evangelio, la Esperanza. Y aún esperamos tu vuelta de la larga boda que te retiene. Aquí, cuando llegues, también habrá un encuentro de amor para el que te espera.

Debió ser una frase tuya muy repetida: «Estoy a la puerta, llamando, si alguno me oye y me abre, entraré y cenaré con él». Dos mil años llevamos esperándote, y esta tierra tiene aún encendidas las luces de fe que prendiste con tu sangre, para que sepan los ángeles, cuando vengan delante de ti, dónde están los tuyos, como lo supieron en aquella noche trágica de Egipto, por la marca de sangre del cordero de la primera pascua.

«Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela» es la esencia de toda bienaventuranza. Esperar tu paso, esperar que vuelvas, abrirte la puerta y cenar contigo, que vendrás repleto de todos los amores que has visto y provocado en las bodas eternas.

Nuestras propuestas dominicales explicativas de la Buena Noticia proclamada, casi siempre se traducen en reclamos y reglas conductuales: «¡Qué malo soy yo, que malo eres tú…, que horribles nosotros, vosotros insoportables para Dios, y ellos… ni para qué decir!». Y lo peor es que ese reclamo tiene una realidad palpable en la que apoyarse. Pero la fe en el Evangelio y la «metanoia», el cambio de la mente, la conversión, no se puede fundar en el pecado, en la maldad, en la mentira, ni en otra conducta humana. La bienaventuranza de hoy, aún en tiniebla, en soledad, en oscuridad, es la del siervo que espera a su Señor, o la de la novia que espera al novio, en su silencio, en su encendida intimidad, en la incertidumbre de la hora, pero en la seguridad de que viene. Su esperanza firme florecerá en encuentro de amor. No recuerdo quién decía que los relojes los inventó el diablo, pero hasta alguna razón tendría, porque «del día y de la hora nadie sabe, ni siquiera el Hijo, sino el Padre».

¿Será que esperarte es ya la vida misma, Señor-que-estás-viniendo? ¿Será que la propia esencia del Evangelio, que tiene fuerza para orientar la conducta del hombre, es simple y llanamente que «estás a la puerta llamando»? ¿Será que el encuentro contigo, que vienes de las bodas, es todo el sentido de nuestro hacer cristiano? ¿Por qué no lo decimos y lo gritamos claramente? ¡No tenemos ya más Rey que el Hijo de Dios que se fue, esperamos su vuelta inmediata, y ya está aquí! ¡No tenemos más Patria, que su compañía, en esa longitud de onda que nos ha preparado para vivir con Él! ¡No tenemos más Ley que su amor que fecunda el nuestro a los hermanos! El mundo desde luego nos llamaría extremistas.

Si pudiera entender que quien llama a mi puerta, aunque parezca un pobre, eres tú, que avisas así tu llegada, viviría con las puertas abiertas, para que no tuvieras ni que llamar. Si pudiera entender que cada niño es como un hijo mío, cada mujer como la madre, cada hombre como mi hermano íntimo, querido, seguramente ese amor me avisaría de tu llegada a la primera vigilia, a la segunda o a la tercera. Sus voces, serían aquel clamor —nos dice otra parábola—, que avisó a las vírgenes necias y a las prudentes «¡que viene el Esposo!».

La Esperanza viva de que estás a punto de llegar, aunque no sea eterna como el amor, es el estado de conciencia más seguro de que nuestra fe tiene un objetivo real, codificable en palabras, acciones y gestos hacia ti y hacia el mundo.

Manuel Requena 

Responder a ¡Qué señorío el tuyo, Jesús de Nazaret!

  1. maria auxilio titos

    Hola manuel y -carmen gracias por tenerme en cuenta y compartir con nosotros su reflexiones
    Esta muy bien y nos hace reflexionar a todos.
    ojala estemos preparados para las bodas cuando nos llegue la hora.

     

Añadir comentario